Las aventuras de la vanguardia

Juan José Sebreli

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Editorial Sudamericana. Buenos Aires (2002). 493 págs. 17,90 €.

El ciclo de la vanguardia artística ya estaba agotado hace mucho tiempo. Pero ahora, con el final del siglo XX, lo que queda de la vanguardia ha desaparecido. Al menos eso es lo que quiere demostrar el ensayista argentino Juan José Sebreli. Para él, ese movimiento artístico, que reúne en sí otros muy dispares, tenía los pies de barro y todos sus principios (el interés por lo exótico y primitivo, por los niños y los locos como expresión de lo “auténtico”, por la igualdad social a través del arte, la arquitectura y el urbanismo) no son sino banderas enarboladas con impostura.

El punto fuerte de este libro es que resulta extraordinariamente útil porque establece con claridad los temas de la vanguardia. Pero también tiene su cruz: cada uno de estos temas se presenta con una amplia colección de ejemplos que adolecen de tres puntos débiles: no se ilustra ninguno de ellos, pues es un libro sólo de texto, con el riesgo de dejar algo perdido al no especialista; generalmente, no se menciona la fuente de la que proceden, con el peligro de que algunos suenen a apócrifos, pese a manejar una cantidad de títulos apabullante, si bien algo añejos; cuando los ejemplos son de artistas españoles, que nos resultan más familiares y endebles, y lo son, tendemos a extender su flaqueza a los otros ejemplos: nadie cree a estas alturas que la “locura” y el interés por el esoterismo de Dalí no estuvieran pulcramente calculados, lo que los invalida como ejemplo de nada que no sea el marketing.

Con todo, los tres primeros capítulos y el quinto (de nueve) tienen un verdadero interés, porque indagan en el origen filosófico, político y literario de la vanguardia. Sebreli, en consonancia con la corriente en boga, llega siempre a un mismo origen para todos los males: el romanticismo, individualista, inconformista, consiguió imponerse en forma de vanguardia y ahogar al realismo y al clasicismo, conceptos que se deben entender de una forma amplia (caben ahí Kafka y Matisse) y sin los prejuicios del siglo anterior. Por eso, están de enhorabuena con este libro quienes jamás entendieron las vanguardias por más que otros se esforzaran por aclarárselas.

El inconveniente mayor que presentan estas voces es que proponen olvidar el siglo XX. Y si también tenemos que saltarnos a los románticos, llegaríamos a un barroco que, por desgracia, lleva en sí el germen del romanticismo. Podríamos seguir retrocediendo y dando vivas a otras épocas, pero siempre nos encontraríamos como en las vanguardias: intentando deshacernos del pasado inmediato y viajando hacia el más remoto. Se descubre entonces que elegir un viaje u otro no es más que una opción estética o, más bien, política.

José Ignacio Gómez Álvarez