La vida imperial de Rudyard Kipling. La larga retirada

TÍTULO ORIGINALThe Long Recessional. The Imperial Life of Rudyard Kipling.

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Seix Barral. Barcelona (2003). 447 págs. 21 €.. Traducción: Diego Valverde.

Como muy bien encomia la contratapa de esta biografía, Kipling fue “una figura única en la historia inglesa… ganó el Premio Nobel de literatura, añadió más frases a la lengua británica que cualquier otro después de Shakespeare y también fue apóstol del Imperio Británico”. En realidad, Kipling (1865-1936) no pasó tanto tiempo en la India, pero le quedó una honda impresión de la colosal tarea civilizadora del Imperio Británico (aunque no muy desinteresada, ni políticamente correcta para los criterios actuales). Con el tiempo, la admiración algo reticente y crítica de su juventud se convertirían en una pasión nostálgica que sería la más determinante de su pensamiento y de su obra.

Kipling nació en Bombay; tuvo una infancia feliz, aprendió hindi de su aya, y, desde los cinco años, se educó en Inglaterra. Con poco más de dieciséis, volvió y trabajó en Lahore como periodista. Fue un comienzo precoz y determinante de su sino. Hizo reportajes vivos de todo tipo de gentes, con preferencias por los bajos fondos, que visitó, ávido de experiencias literarias. Retrató la administración inglesa y, especialmente, el Servicio Civil (colonizador) y el estamento militar.

Su influencia llegó a ser tan grande que se decía y quedó como tópico que no eran los personajes de Kipling los que se parecían a la realidad, sino que los personajes reales procuraban parecerse a los de Kipling. En 1889, ya aureolado, dejó la India, para vivir en Inglaterra, Estados Unidos y, por temporadas, en Sudáfrica (todo esto es la “larga retirada”). Con venticuatro años, ya era realmente mayor y con un prestigio intelectual, que ejercía aconsejando a los magnates de la prensa. Su matrimonio con una mujer de mucho carácter le hizo sumiso en casa y bastante radical en la política: atacó los sindicatos, el socialismo, la democracia, el nacionalismo irlandés y el movimiento sufragista, e hizo todo lo que pudo por salvar el Imperio, que veía amenazado por la incuria política y el creciente poder germánico.

Fue cantor del trabajo bien hecho y del esfuerzo constructivo. Realzó todos los eventos e intervino apasionadamente en todos los debates, con sus poesías, que intentaban galvanizar, con enorme efecto, el sentir nacional (acción que sólo puede comprenderse en Inglaterra). Perdió un hijo de dieciocho años durante la primera Guerra Mundial en las trincheras francesas. Y entre una infinidad de cuentos y relatos, acertó a escribir: Kim (1901), el primer Libro de la selva (1894) y El segundo libro de la selva (1895), reunidos después en El libro de las tierras vírgenes. Mucho mejores en letra impresa que en el celuloide dulzón de Walt Disney.

Kipling tiene una famosa y pudorosa autobiografía, muy bien escrita, Algo de mí mismo, reeditada no hace mucho (Pre-Textos, 1998). En esta biografía se puede encontrar bastante más, aunque no con el mismo encanto. Con una cierta investigación, Gilmour consigue un buen retrato y una panorámica de su obra. Quizá el texto resulta demasiado salpicado de poesías, género incómodo de leer en traducciones. Pero el conjunto es agradable y eficaz.

Juan Luis Lorda