La armonía vital

Covadonga O'Shea

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Temas de Hoy. Madrid (1999). 239 págs. 1.950 ptas.

Hacer compatible la atención de la familia y el trabajo profesional se ha convertido, para muchos hombres y mujeres de finales del siglo XX, en una tensión cotidiana compartida. Covadonga O’Shea aporta en La armonía vital una visión sobre este aspecto, quizás el más prosaico pero también el más real en muchas familias. Para esto, conjuga la reflexión y el recorrido histórico con las anécdotas cotidianas, vivencias de empresarios y trabajadores, argumentos de unos y otros. El resultado es un ensayo ameno y ágil, que no da recetas pero aporta pistas sobre ingredientes seguros para situaciones críticas.

No existen recetas predeterminadas. Cada individuo, cada matrimonio, debe plantearse un reto que es personal y colectivo: comprender la diferencia, siguiendo al pensador francés Gustave Thibon, entre equilibrio y armonía. El equilibrio resulta de cierta estabilidad entre fuerzas contrapuestas; en la armonía, las fuerzas ocupan su lugar, pero convergen en un proyecto común, que Covadonga O’Shea compara con los puntos cardinales de la rosa de los vientos. Mujer, varón, hijos, trabajo son los elementos de esta concatenación.

Compaginar dos trabajos es, para la mayoría de las mujeres, más difícil que coser a oscuras. El símil, aunque un poco anacrónico, es clarificador. También resultan anticuadas las posturas que llevan a trabajar fuera del hogar a toda costa para realizarse y el mito de la super-mujer (perfecta madre-esposa-trabajadora-hiperfemenina-modelo para adolescentes modernas). Ambos estereotipos suponen puntos de partida equivocados: en el primer caso, la mera imitación del modelo tradicional masculino y, en el segundo, un más que probable riesgo para la salud física y psíquica.

No es posible generalizar, pero la situación ideal sería que el trabajo extradoméstico fuera una elección, en la que las mujeres pudieran aportar su modo peculiar de ser, enriqueciéndose a sí mismas y a su entorno. La vida vivida, como dicen los italianos, es distinta: jóvenes graduadas que no consiguen encontrar su primer empleo, madres que desearían no depender de un segundo sueldo para mantener a su familia, treintañeras que retrasan su primer embarazo para situarse mejor en la empresa, abuelas que crían a sus nietos, jefas de personal que aprueban una regulación de empleo coincidiendo con la baja de maternidad de una subalterna.

En este ensayo, la protagonista no es sólo la mujer. Las actitudes del varón ante la familia merecen un capítulo íntegro. Es posible que los padres menores de 40 años sepan cambiar pañales y se atrevan con el biberón; es probable que conozcan a qué hora conviene estar en casa para echar una mano con las duchas y cenas infantiles; otra cosa es que lo lleven a cabo. Afortunadamente, las prácticas más o menos voluntarias han creado hábito y es normal verles empujando el cochecito del bebé o acudiendo a las reuniones del colegio. Según Covadonga O’Shea, el ejercicio cotidiano de la paternidad puede alejar el fantasma de los niños sin padre (rupturas matrimoniales, nuevos emparejamientos); otro peligro más frecuente y cercano es el que acecha a la relación interna entre marido y mujer: la armonía no depende sólo de la bonanza financiera, de un mero reparto de funciones, ni sólo de una vida sexual gratificante; una de las claves es el diálogo, la conversación, no sólo sobre cuestiones como la factura del teléfono o las futuras vacaciones, sino sobre las notas de los niños, la rebeldía del adolescente o la atención de los abuelos.

La armonía vital pasa revista a cuestiones trascendentales y cotidianas de la familia, destacando los cambios y perspectivas del trabajo extradoméstico femenino. Una cuestión que, obviamente, no afecta sólo a la mujer, sino a su familia y a toda la sociedad.

Beatriz Comella