Imaginarios sociales modernos

Paidós. Barcelona (2006). 226 págs. 14,25 €. Traducción: Ramón Vilà Vernis.

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Charles Taylor lleva muchos años dedicado a la filosofía política y a la antropología y ha logrado hacerse un merecido nombre como destacado representante del comunitarismo. Esta corriente reivindica la importancia de los lazos sociales y culturales en el desarrollo de la identidad individual, en contraposición al neoliberalismo, pero se enfrenta también a la socialdemocracia con un ideario bastante equilibrado.

“Imaginarios sociales modernos” constituye una excelente aplicación de algunas de las principales propuestas comunitaristas a la evolución social. Su objeto de estudio es la modernidad. Taylor se pregunta si las sociedades pueden seguir caminos diferentes de modernización o si el único posible es el emprendido por Occidente. Acuña el término “imaginario social” con el que se refiere al acervo cultural de las sociedades, algo que, según el autor, determina en cada caso el alcance y el tipo de evolución.

Más allá de esta pregunta -y de la respuesta de Taylor, en la que afirma el valor de cada cultura, aproximándose al multiculturalismo-, el libro es un análisis de la modernidad occidental. A su juicio, ésta se inicia tras los cambios teóricos del racionalismo. El nuevo orden moral, impuesto gracias a la labor propagandística de los ilustrados, se “mundaniza”, es decir, elimina toda referencia trascendente y supone, al mismo tiempo, “una ruptura con todo límite ontológico”.

Sin embargo, para Taylor no hay una transformación radical; más bien la evolución es paulatina y lenta. Se plasma en tres realidades: la economía, la esfera pública y el poder soberano del pueblo. Dedica bastantes páginas a profundizar en estos tres puntos, aunque tal vez sus reflexiones sean poco originales y deban demasiado a otros autores: Weber se desliza cuando Taylor rastrea los orígenes religiosos del capitalismo y el mismo concepto de “imaginario social” tiene concomitancias con la conciencia colectiva de Durkheim. En cualquier caso, realiza un esfuerzo por resumir y sistematizar el ideario moderno, sin llegar a enjuiciarlo -en realidad, esto último es una característica que le diferencia de otros comunitaristas, como por ejemplo MacIntyre, generalmente más críticos-.

En este ensayo se pone en cuestión la supuesta superioridad cultural de Occidente, explicando que pueden existir múltiples modernidades. De hecho, se advierte que en el mismo seno de la civilización occidental fueron varias las sendas tomadas; no guarda mucha relación, sostiene Taylor, la historia de la democracia americana con la de Revolución Francesa. Sin embargo, quizá debería ser más explícito a la hora de fijar ciertos logros innegociables, como los derechos humanos o la idea de democracia.

Lo más interesante de estas páginas son las afirmaciones comunitaristas que contiene, siempre que se advierta su tendencia al nacionalismo -no en vano, el autor es miembro del Movimiento Nacional de Québec-. Taylor otorga primacía a la cultura frente a la política y es consciente de que el hombre no se agota en su experiencia individual.

Inusual, al menos, es el capítulo dedicado a la secularización. Sin discutir la separación de la Iglesia y el Estado, reconoce la influencia de las religiones en la conformación de la identidad individual y colectiva. Cree que la fe puede tener implicaciones políticas (“Dios puede ser esencial para la identidad política”, dice) y que olvidar su papel sería desconocer un aspecto importante de las sociedades. Una conclusión bastante alejada de la neutralidad que propugna el laicismo actual.

Josemaría Carabante

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