Filosofía mínima

José Ramón Ayllón

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Ariel. Barcelona (2003). 322 págs. 15 €.

Con frecuencia, las cosas buenas tienen efectos secundarios perversos. Pero también sucede lo contrario: las cosas malas pueden tener efectos secundarios positivos. En los sucesivos planes de estudio del bachillerato, la enseñanza de la filosofía ha sido constantemente reducida. De tal forma, que hoy se concentra en un solo curso: primero de bachillerato. El efecto imprevisto bueno de esta tendencia -sin duda, perversa- es que ha obligado a decirlo todo en un solo libro de texto. Y a hacerlo, además, con un esfuerzo supletorio de claridad y amenidad, porque se dirige a un público totalmente novel en la materia, y se lo tiene que ganar.

No es fácil de conseguir. Muchos textos han salido complejos, ineficaces, desmadejados o ideológicamente escorados. También han surgido algunos textos felices. Ya hace unos años, el de César Tejedor, Filosofía (SM), mejorado en sucesivas ediciones. Y ahora, el de José Ramón Ayllón. El de Tejedor acentúa el aspecto didáctico, con numerosos cuadros y noticias curiosas. El de Ayllón acentúa el aspecto narrativo, con una construcción clara y amena, y hermosas citas. Le avalan los ensayos y manuales que ha publicado en los últimos años, recorriendo distintas áreas del pensamiento y la moral. Así consigue un trabajo equilibrado y grato de leer; que se acompaña de unas sugerentes “Invitación a la lectura” e “Invitación al cine”, de un amplio glosario y de una útil “Guía para profesores”, que contiene preguntas y respuestas.

Se equivocaría quien pensara que un libro de bachillerato queda circunscrito a chicos y chicas de diecisiete años. Las síntesis inteligentes y claras sobre temas importantes son provechosas en todas las edades. Primero, porque se dejan leer. Después, porque facilitan una visión sintética de los temas, que de otra forma es difícil de alcanzar. No hay que olvidar la lección de la Historia del arte de Gombrich, nacida para enseñar a niños y convertida en manual de referencia universitario, en casi todo el mundo.

Juan Luis Lorda

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