Dios, el Hijo de María

Pedro Antonio Urbina

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Rialp. Madrid (1995). 518 págs. 3.500 ptas.

De la veintena larga de obras literarias de Pedro Antonio Urbina, ésta es la que más esfuerzo y tiempo aúna. No es un estudio reflexivo de la vida de Cristo, ni una meditación teórica sobre el Nuevo Testamento; no es tampoco una biografía de infinitas anotaciones. Más se parece al viaje espiritual de un escritor que revive la vida de Jesucristo. Ésta es una biografía del Hijo de María en la que, junto al seguimiento fiel de los textos originales de los cuatro evangelistas, aparecen muchas de esas otras cosas que hizo Jesús, esas que -según el apóstol Juan-, “si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros”.

En las antípodas del absurdo apócrifo, la obra de Urbina transparenta estudio e imaginación sobre Jesús de Nazaret, así como un trabajado estilo literario. El hecho de que el escritor se sujete a los textos de los evangelistas le fuerza a contener su desenvoltura verbal, en beneficio de la veracidad histórica. Por eso, tal vez sea el capítulo menos atado por la letra escrita -el que abarca desde la resurrección de Cristo hasta la asunción de la Virgen- el que da mayores alas al espíritu poético.

No obstante, la sujeción a la Escritura no es cadena; esos textos hirieron al autor en su día y luego han guiado su visión de los personajes evangélicos. Así, los textos se funden con consideraciones y descripciones de los tiempos muertos, no narrados, de acontecimientos de la “prehistoria” cercana (Isabel, Zacarías…), la historia de Jesús y de los primeros cristianos (Esteban, Saulo, Bernabé); sucesos que bien pudieron ocurrir como el autor escribe, a pesar de que no haya de todos prueba documentada.

No hay que olvidar tampoco que Urbina -desgranando frase a frase el Evangelio-, no persigue ante todo el rigor científico. Presenta, por ejemplo, la vida pública de Jesús con tres Pascuas -algunos críticos hablan sólo de una- y la cronología de los meses que llenan estas páginas saltean, en pro de la unidad de su relato, el texto seguido de los relatos evangélicos. E incurre alguna vez en exageraciones al hablar de Cristo, en cuanto Dios o en cuanto Hombre, como cuando describe la Pasión del Señor.

Como era de esperar, se da vida literaria también a los coetáneos de Jesús, siquiera mentados una vez en el Nuevo Testamento. El desafío del libro es vivificar al lector con la vida biografiada: que leer Dios, el Hijo de María contribuya a releer los evangelios con la luz tamizada por la visión del autor.

José María Garrido

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