De los archivos literarios del KGB

Anaya & Mario Muchnik.
Madrid (1994).
550 págs.
1.900 ptas.
Edición original: Laffont, París, (1993).

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En 1988, en pleno apogeo de la perestroika, el poeta ruso Vitali Shentalinski se atrevió a proponer a la Unión de Escritores de la URSS la publicación de manuscritos de autores que fueron víctimas del estalinismo. Desde entonces pudo tener acceso a los archivos del KGB, primero de forma restrictiva y luego de manera más amplia, hasta el fallido golpe de Estado de 1991.

El trabajo de Shentalinski se compone, en buena parte, de documentos del KGB y de escritos censurados; sacarlos a la luz es un buen servicio a la historia y a la opinión pública. Pues se sabía que los escritores rusos fueron manipulados y perseguidos, obligados a hacer de correa de transmisión de las ideas comunistas; pero no se conocían los detalles, ni los métodos, ni los nombres de muchas de las víctimas.

Shentalinski califica a los escritores de “maestros de almas y espíritus”, y en su propia producción –y en el trasfondo de este libro– parece abrirse una puerta a lo trascendente. Él mismo experimentó en sus obras cómo la censura suprimía palabras como “Dios”, “alma”, “crucifixión” o “plegaria”. Y es que los portavoces del optimismo oficial –el del realismo socialista o el actual– siempre han considerado oscuros y negativos semejantes términos.

Las páginas del libro son el crudo testimonio de cómo una poderosa maquinaria estatal puede rebajar al hombre hasta límites insospechados, forzándole a inculparse y a delatar a otros. Bábel, Bulgákov, Pilniak o Platónov son algunos de los escritores que pagaron con la vida o la prohibición de publicar su enfrentamiento con el poder. Pero más de medio siglo después, la exhumación de los archivos del KGB permite asistir a la resurrección de sus palabras y ver confirmada la célebre y lapidaria frase de Mijaíl Bulgákov: “Los manuscritos no arden”.

 

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