Corrientes del pensamiento histórico

Luis Suárez Fernández

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EUNSA. Pamplona (1996). 332 págs. 1.700 ptas.

Luis Suárez, catedrático -ahora emérito- de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Real Academia de la Historia, ofrece en esta obra como un precipitado de su experiencia de investigador. Según el autor, el trabajo del historiador consiste en conocer el pasado para poder comprender el presente.

Fiel a esta premisa, intenta exponer de forma sencilla las diferentes líneas de reflexión que han informado la labor del historiador desde la antigüedad hasta nuestros días. Para ello distingue varios puntos de inflexión o cambios de tendencia. El primero sería el cristianismo, que superó la consideración de la Historia como repetición de ciclos y el antropocentrismo dominante en la antigua Grecia, además de introducir un elemento fundamental: la libertad humana como don de Dios, de modo que el progreso de la humanidad y su destino no son ya ineluctables, sino que dependen del uso que el individuo haga de esa facultad.

La doctrina cristiana permaneció indiscutida hasta el siglo XII. A partir de aquí comenzará un proceso de “secularización de la Historia” que se inicia con el humanismo, lo que supone una vuelta, al menos parcial, a las ideas superadas por el cristianismo. Este proceso alcanzará su punto álgido con la Ilustración. Desechado el providencialismo, surge la necesidad de buscar una explicación alternativa al orden de los acontecimientos humanos. De este modo, la ciencia y sus métodos de conocimiento serían el vehículo del progreso, el cual nada tendría que ver con los planes de Dios.

A partir de este momento, la necesidad de someter el conocimiento de la Historia a métodos similares a los de las ciencias naturales, para tratar de objetivizarla, trajo una radicalización del pensamiento; los historiadores se especializan tanto que pierden la visión global de la Historia, y cuando ésta les es exigida, aducen que no es ésa su labor. En consecuencia, su papel fue asumido por ideólogos y filósofos, cuyo dominio de la Historia es cuando menos discutible, y que propusieron tres respuestas: naturalista, positivista y marxista. Al final del libro se exponen las doctrinas más recientes y la necesidad de una renovación profunda en el estudio de esta disciplina.

El libro resulta fácil de leer y da una visión muy completa de las distintas etapas por las que ha discurrido (y algunas veces “sufrido”) ese intento de conocer el pasado. El lenguaje utilizado es deliberadamente sencillo, aunque quizá se echa de menos la explicación de algunos términos que el autor considera generalmente conocidos. En cualquier caso, este libro puede ser de gran utilidad para aquellos que quieran iniciarse en la materia; de igual modo, cumple perfectamente el papel de libro básico de consulta, pues la claridad de su estructura simplifica la labor de búsqueda a la hora de resolver dudas sobre las distintas etapas del pensamiento histórico.

Amelia Gomá