Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida

TÍTULO ORIGINALGespräche mit Goethe in den letzten Jahren seines Lebens

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Acantilado. Barcelona (2005). Edición y traducción: Rosa Sala Rose. 1.003 págs. 46 €.

Eckermann entró al servicio de Goethe en 1823, cuando este tenía 74 años, y Eckermann, 31; y siguió sirviéndole hasta la muerte del escritor, en 1832.

Aunque se suele decir que Johann Peter Eckermann era secretario de Goethe, lo fue de un modo singular: fue lector de las obras del poeta, y comentarista y crítico de ellas, a viva voz, y ante el mismo Goethe, a quien además ayudaba en las tareas de edición. Pero junto a eso le acompañaba en sus paseos y excursiones, comía a su mesa, era un habitual invitado en sus veladas y conciertos domésticos… El mismo Eckermann escribe que “mi relación con él era muy peculiar y de naturaleza muy delicada. Era la del discípulo con el maestro, la del hijo con el padre, la del que necesita una formación con aquel a quien le sobra”.

Rosa Sala , magnífica traductora, ha añadido, como editora, ilustraciones (objetos, cuadros, paisajes, de los que se habla en estas “Conversaciones”), y ha añadido un índice explicativo. Y otro índice y glosario de las muchas personas que intervienen en estos nueve años, o que de ellas se habla. Y aun un tercer índice de las obras de Goethe citadas, con un breve comentario a cada una.

Con lo que el libro ya es, más todo esto, “Conversaciones” se convierte en un muy interesante documento de la cultura histórica… en letra minúscula. Me atrevo a decir que minúscula porque hablan del día a día minuciosamente: no lo hacen así los libros de historia Mayúscula.

Eckermann divide su libro en dos partes: Primera (1823-1827) y Segunda (1828-1832). Él no sabía que otro peculiar secretario, y traductor, de Goethe (F.J. Soret) había también tomado notas del día a día…, y se las dio, tarde: así que Eckermann tuvo que añadir la parte Tercera (1822-1832). Eso podría suponer que de algún modo el lector, acabada la segunda parte, vuelve a empezar. Sí, pero nada se repite.

Muchas son las cosas que pueden despertar el interés del lector. Es obvio que una de ellas es Goethe; pero también Eckermann. No es menor el interés que despierta Weimar, su Corte, sus actividades políticas y culturales, el recuerdo de todo lo que Goethe había hecho allí, y su amistad con el Archiduque y otras altezas reales… Su trabajo en el teatro de Weimar con Schiller, las descripciones del mismo Schiller, de su modo de ser y de pensar y de trabajar… El paisaje. El hombre culto en el paisaje. Excursiones, cortos viajes…

Eckermann admira a Goethe. Casi cabría decir que a veces le adora. No sólo “Conversaciones” es un inteligente y amenísimo panegírico, sino que en dos ocasiones, dos al menos, dedica una extensa explicación o defensa del patriotismo de Goethe y de su religiosidad. Tratar esa primera cualidad podría dar pie a una tesis doctoral, y a un gracioso comentario: Goethe considera un insulto que le lleguen a llamar demócrata…

Pero sí cabe expresar al menos perplejidad ante la ignorancia religiosa de Goethe. No sabe teología, ni luterana ni ninguna otra. Ni siquiera posee las mínimas bases de un catecismo. De cuando en cuando picotea de aquí y de allá, lo rumia, y con su aguda inteligencia a veces, no siempre, ve con acierto. Su irracional enemistad al catolicismo le lleva a comportamientos humanos impropios de su categoría… incluso social; pero además le oscurece la visión del Más Allá y del aquí de la religión.

Esta línea influye en la redacción de la segunda parte del “Fausto”. Al menos en dos ocasiones Eckermann y Goethe hablan de la Gracia y de la cooperación de la voluntad humana, del irreprimible deseo de salvar la propia alma. Cabe recordar -como en don Juan y doña Inés- el valor de la oración, la súplica de Margarita a Dios Padre para que se apiade del alma de Fausto… Y si en la obra de teatro el momento es grandioso, fruto de la creación poética en belleza, se ve por esas conversaciones que el punto de verdad conocida del que se arranca es mínimo…, suficiente para la creación artística, pero mínimo como participación en la Verdad.

Es interesante y aleccionador ver desfilar tanta figura, importante en su momento, que hoy es casi sólo un nombre. Asistimos a un té ¡con Hegel! en casa de Goethe; y el filósofo -dicen que dijo- suelta que su famosa teoría metafísica de tesis/antítesis… “en el fondo no es más que el espíritu de contradicción, regulado y metódicamente articulado, que reside en todo ser humano”.

Es llamativo ver -el lector la ve, por así decir, la sabe- el momento de la muerte de Goethe. Y, sin embargo, su comportamiento un tanto ajeno al final. Hasta a Eckermann le toma por sorpresa. La imagen de Goethe muerto se queda en la retina.

Y se quedan muchas cosas más en la memoria del lector, enriquecedoras, que aquí ya no caben.

Pedro Antonio Urbina

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