Un joven sacerdote cena con un profesor agnóstico

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Duración lectura: 3m. 33s.

En su libro En la belleza ajena (ver servicio 18/04), el escritor polaco Adam Zagajewski cuenta una vieja anécdota de Juan Pablo II cuando era sacerdote en Cracovia (edición española de Pre-Textos, Valencia, 2003, págs. 108-110).

Otra tía mía, cuyo marido era profesor de filología clásica -y, por aquel entonces, agnóstico y anticlerical-, vivía justo al lado de la iglesia de San Florián, en la calle de Varsovia. (…)

Mi tía era una persona piadosa a la que le llamó la atención un joven, simpático y culto sacerdote, vicario de San Florián. Qué cosa más natural que invitar a un sacerdote pobre a cenar. Al cabo de un tiempo, el joven sacerdote se hizo amigo de la familia. El agnosticismo del inteligente profesor de filología clásica debía de despertar su curiosidad, exasperarlo y tal vez incluso inspirarlo. Las cenas se convertían a menudo en discusiones apasionadas, en las que lo que estaba en juego era la existencia de Dios. Estos dos hombres cultos debían de encontrar satisfacción es esas conversaciones; a fin de cuentas, el joven sacerdote no temía que pudiera perder la fe en las disputas con el filólogo (aunque, cuidado, los profesores de filología clásica pueden ser sumamente peligrosos; en cada uno de ellos hay un Nietzsche en potencia) Y mi tío, por su parte, seguro que veía con buenos ojos al joven sacerdote, pues era un hombre de gran encanto, uno de esos clérigos que aciertan a armonizar la fe e incluso la disciplina con la libertad interior, con la soberanía de un hombre libre.

Me imagino que mi tía quizás estaba un poco celosa por el hecho de que el joven sacerdote dedicara tanta atención a las conversaciones con su marido, ¡un agnóstico! Pues era ella quien había traído a casa a un invitado tan encantador, y éste, por su parte, se enfrascaba apasionadamente en conversaciones con su oponente ideológico, como si lo atrajese más un enemigo que un aliado. A decir verdad, el joven sacerdote también se interesaba por ella, siempre le preguntaba por sus hijos, con los que había hecho amistad -tres hijos-, pero sin duda las conversaciones con el filólogo le interesaban de un modo especial.

Mi tío, al que en la familia llamaban “Espada” y que tenía realmente un temperamento arrojado, no era, por supuesto, un agnóstico de oficio, un enemigo corriente del Señor Dios, pagado por los comunistas (…); era (sé que ya no lo es, que luego recobró la fe, de modo que en las discusiones en el oscuro apartamento de la calle de Varsovia al final acabó triunfando el joven sacerdote) un escéptico, un incrédulo, poco amigo de la Iglesia como institución -¡lo que, empero, no suponía un obstáculo para cantar villancicos con el joven sacerdote!-. En aquellas conversaciones quizá se refiriera a Auschwitz, situado solo a media hora en coche desde Cracovia; ¿dónde estaba Dios entonces, cuando humeaban los hornos de Auschwitz? (…)

Pero puede que su conocimiento de la antigua Grecia, su amor a la tradición griega, también avivara su desconfianza hacia el Dios de los cristianos. O puede que mi tío fuera alguien que se remitía al ideal de la Ilustración. (…)

En cualquier caso, las frugales cenas -pues seguro que mi tía no servía faisanes ni caviar, solo requesón, un poco de fiambre, rabanitos en primavera y tomates en verano, confitura y buen pan de Cracovia- estaban acompañadas de encarnizadas disputas y de algunas miradas celosas de la señora de la casa, que no podía comprender por qué un agnóstico interesaba más al vicario que una feligresa modelo.

Alrededor de aquellas discusiones, en torno a aquellas cenas frugales, se extendía la ciudad provinciana, comunista y subyugada por Stalin. Las limusinas trasladaban a los dignatarios del nuevo sistema, gentes de caras cuadradas y ojos inmóviles. Se pronunciaban miles de conferencias y charlas sobre la inexistencia de Dios.

El joven sacerdote se llamaba Karol Wojtyla.