Parroquias abiertas y “en salida”

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¿Cómo hacer para que cada parroquia sea “una casa en medio de las casas”, que fortalezca la fe de los fieles católicos y lleve el Evangelio a los indiferentes? El 20 de julio, la Congregación para el Clero publicó una instrucción con directrices para hacer de las parroquias comunidades en “estado permanente de misión”. 

El documento, titulado La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia, impulsa una reforma que, si bien incluye la reorganización de ciertas estructuras, mira sobre todo “a la conversión pastoral en sentido misionero” (n. 2). El objetivo último es que “las comunidades cristianas sean centros que impulsen cada vez más el encuentro con Cristo” (n. 3).

El deseo de llevar aire fresco a las parroquias forma parte de ese gran impulso que es la nueva evangelización, querida por los tres últimos pontífices. De hecho, algunas fórmulas organizativas propuestas en el documento llevan años en marcha. Ahora la Congregación para el Clero insiste en seguir avanzando en esa reforma, con unas palabras del Papa Francisco como telón de fondo: “Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (cfr. Evangelii gaudium, n. 49).

Renovar las estructuras

Eso es lo esencial: anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y vivir la caridad (n. 20). Para mejorar en estos ámbitos, el documento formula orientaciones de muy variada índole. En ocasiones, previene frente a las inercias en la labor pastoral y pide evitar tanto “la mera repetición de actividades sin incidencia en la vida de las personas concretas” como las “experiencias desprovistas de sabor evangélico y de impulso misionero” (n. 17). En cambio, subraya “la necesidad de redescubrir la iniciación cristiana” (n. 23); de impulsar una catequesis que no se limite a la mera instrucción, sino que invite al “encuentro personal con el Señor de la vida” (n. 23); de fomentar las peregrinaciones a santuarios (nn. 30-31)…

Otras veces, la instrucción recomienda cambios dirigidos a renovar estructuras parroquiales que considera caducas. Por ejemplo, tras constatar que la movilidad de los fieles es mayor que en el pasado, pide superar –sin renunciar al principio territorial– una comprensión de las comunidades parroquiales demasiado dependiente de la localización geográfica, por otra que las vea como comunidades de adopción (n. 18). En la misma línea va la propuesta de distintas formas de organización pastoral de las diócesis, “que reflejan una nueva relación entre los fieles y el territorio”, tema al que el documento dedica amplio espacio (nn. 42-61).

El objetivo último de la reforma es que “las comunidades cristianas sean centros que impulsen cada vez más el encuentro con Cristo”

La Congregación para el Clero endurece los requisitos para la supresión de parroquias. De un lado, exige al obispo que indique “claramente (…) cuáles son las razones” que le llevan a tomar esa decisión, para la que ya no basta “una alusión genérica al ‘bien de las almas’” (n. 50). De otro, exige que los motivos “estén directa y orgánicamente conectados con la comunidad parroquial interesada”. Y aclara que “no son motivos adecuados, por ejemplo, la mera escasez de clero diocesano, la situación financiera general de la diócesis u otras condiciones de la comunidad, presumiblemente reversibles en el corto plazo (por ejemplo, un adecuado número de fieles, la falta de autosuficiencia económica, la modificación del plan urbanístico del territorio)” (n. 48).

La evangelización es para todos

La renovación de las estructuras en clave misionera se traducirá en diferentes formas de participar en la labor pastoral. El documento insiste en buscar fórmulas que sirvan para “reavivar la vocación común a la evangelización en todos los componentes de la comunidad cristiana” (n. 44).

En el ámbito de la parroquia, corresponde al párroco y a los demás sacerdotes, “en comunión con el obispo”, la tarea de guiar como pastores, celebrando “la vida sacramental para y junto a la comunidad, y están llamados a organizar la parroquia de tal modo que sea un signo eficaz de comunión” (n. 62). Al igual que el Código de Derecho Canónico, la instrucción recomienda la vida en común de los presbíteros, aunque no la prescribe (n. 63). De los diáconos recuerda que “son muchos los encargos eclesiales” que pueden encomendárseles, “como ministerio ordenado al servicio de la Palabra y de la caridad” (n. 82). De las personas consagradas destaca que su contribución a la misión evangelizadora “deriva en primer lugar de su ser (…) y solo secundariamente también de su hacer” (n. 84).

Antes de referirse a ciertos encargos que pueden desempeñar los laicos en el ámbito de la parroquia (nn. 87-114), el documento insiste en superar “la clericalización de la atención pastoral” (n. 38) y recuerda que lo “propio y específico” suyo es la transformación de las realidades seculares “ante todo con el testimonio constante de una vida cotidiana conforme al Evangelio, en los ambientes donde habitualmente desarrollan su vida y en todos los niveles de responsabilidad; después, en particular, asumiendo los compromisos que les corresponden al servicio de la comunidad parroquial” (n. 86).

Las cuentas claras

Entre los encargos posibles a los laicos está la participación en el Consejo de Asuntos Económicos, responsable de la gestión de los bienes de la parroquia, tarea en la que el párroco “no puede y no debe permanecer solo” (n. 101). Dicho Consejo “puede desempeñar un rol de particular importancia para hacer crecer la cultura de la corresponsabilidad, de la transparencia administrativa y de la ayuda a las necesidades de la Iglesia en de las comunidades parroquiales. En particular, la transparencia ha de entenderse no solo como una presentación formal de datos, sino principalmente como debida información para la comunidad y una provechosa oportunidad para involucrarla en la formación” (n. 106).

Respecto a los estipendios ofrecidos por la celebración de los sacramentos, la instrucción recuerda que deben ser actos libres, “no un ‘precio a pagar’ o una ‘contribución a exigir’, como si se tratara de una suerte de ‘impuesto a los sacramentos’” (n. 118). Al mismo tiempo, subraya la importancia de “sensibilizar a los fieles, para que contribuyan voluntariamente a las necesidades de la parroquia, que son ‘suyas propias’ y de las cuales es bueno que aprendan espontáneamente a responsabilizarse” (n. 119).

La construcción de comunidades parroquiales abiertas exige una mentalidad de suma, no de resta. Por eso, no es extraño que el documento se abra con una alusión a la riqueza de “carismas y vocaciones al servicio del anuncio del Evangelio” (n. 1) y concluya con el llamamiento a “una colaboración efectiva y vital entre presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, así como entre las diversas comunidades parroquiales de la misma área o región” (n. 123). Lo importante no son las diferencias, sino que cada comunidad se redescubra a sí misma como “parroquia en salida”, en palabras del Papa Francisco (n. 123).

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