Para qué servirá el Sínodo de la familia en el Tercer Mundo

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Duración lectura: 5m. 23s.

Con la convocatoria de los dos últimos Sínodos de los obispos, el Papa ha querido impulsar la pastoral de la Iglesia a favor de la familia. Pero los contextos culturales y sociales en que habrá de concretarse la ayuda no son idénticos en todo el mundo. En la revista Misioneros (diciembre 2015), José Beltrán repasa algunas de las dificultades más serias que afrontan las familias en los países en desarrollo.

En vísperas del Sínodo, algunos de los participantes procedentes de los distintos países temían que las discusiones fueran a estar demasiado centradas en los problemas occidentales. Pero los miedos se fueron despejando. El cardenal Wilfrid Fox Napier, arzobispo de Durban (Sudáfrica), cree que los llamados “círculos menores” –13 grupos de trabajo distribuidos por lenguas– han permitido “romper las barreras geográficas” y evitar la occidentalización del Sínodo.

El influjo de las culturas locales

En la misma línea, Marcela Mazzini, profesora de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Argentina y auditora del Sínodo, explica a Beltrán que “el Sínodo ha abierto los ojos sobre la realidad de otros continentes. Así, en África y en Asia, la migración se ha convertido en un asunto común de primera magnitud. Cobran especial relevancia la poligamia y la situación de exclusión que viven las viudas, que pierden la herencia en manos de la familia del marido fallecido…”.

La pobreza, las migraciones, el alcoholismo o la violencia contra las mujeres son algunas de las dificultades que afrontan las familias de los países pobres

Otro testimonio ilustrativo es el del salesiano Antonio César Fernández, párroco en Korhogo (Costa de Marfil), que lleva 34 años en África. “Para mí, el gran desafío para la familia africana es la fidelidad”, amenazada por la poligamia, las relaciones extramatrimoniales o las segundas nupcias. “Todas estas situaciones generan que haya una separación de hecho en la pareja, de tal manera que el marido tiene otra vida fuera y sitúa en plena indefensión a la mujer, porque la deja sola con los hijos”.

Otras veces, la soledad se acentúa por las migraciones. “La falta de oportunidades para trabajar hace (…) que el marido tenga que marcharse, lo que propicia una gran inestabilidad”.

A estos problemas se añaden otros como la violencia contra las mujeres, el alcoholismo, el escaso diálogo entre el marido y la mujer, o el miedo al compromiso de algunos varones, reacios a casarse con una sola mujer. Según Beltrán, “el influjo de las religiones tradicionales y un contexto sociorreligioso bastante marcado por el islam hacen que la visión cristiana del matrimonio se contagie de estos elementos”.

Formar y acompañar

En África, la familia extensa funciona como una red de seguridad en situaciones difíciles. Pero también puede ser una fuente de problemas: “Muchas mujeres no tienen libertad para escoger al marido y, en otros casos, las motivaciones que se les presentan para elegir cónyuge no son muy claras”, explica Fernández.

Ante todos estos problemas, “la parroquia constituye una plataforma ideal para ayudar a la familia”. Se habla sobre cuestiones familiares “en las homilías, se dan charlas de formación y conferencias sobre problemas, se tienen encuentros de oración, y se prepara a los catecúmenos adultos que van a recibir los sacramentos de la iniciación cristiana y que van a casarse al mismo tiempo, o que van a regularizar su situación matrimonial”. 

En África, el influjo de las religiones tradicionales y un contexto sociorreligioso marcado por el islam debilitan la visión cristiana del matrimonio

Todo esto se combina con el acompañamiento a las personas excluidas de los sacramentos. En su comunidad preocupa especialmente “el caso de la mujer que es segunda esposa y que casi ha estado obligada a ello por circunstancias, sobre todo, económicas; otras veces, por haber sido abandonada por el anterior marido y no poder hacer frente a las cargas de los hijos ella sola”.

Las virtudes de las familias del Tercer Mundo

Pero el misionero no olvida todas las virtudes que brillan en las familias africanas: “La paciencia y la capacidad de aguante, de sufrimiento y de privación, así como la riqueza que suponen los hijos. También, la solidaridad en caso de infortunio, sobre todo por muerte de un miembro de la familia; una gran capacidad de lucha contra las dificultades; y el espíritu de alegría y de fiesta”.

Algunos de los claroscuros que se ven en África encuentran su réplica en el continente asiático. El sociólogo de las religiones Jayeel Serrano Cornelio, de nacionalidad filipina, destaca que las familias asiáticas comparten con las africanas el respeto de los hijos hacia sus padres, así como el aprecio por la familia extensa.

Pero también hay problemas comunes como la separación por las migraciones, la violencia contra las mujeres o las escasas oportunidades laborales para los jóvenes. “Hoy, una nueva generación de indonesios, tailandeses, bangladesíes y filipinos están creciendo en cierta orfandad, porque sus padres están trabajando en otros lugares”, explica Serrano.

Cuando la pobreza corrompe a las familias

Un problema acuciante para las familias que viven en países en desarrollo –sea en África, Asia o América Latina– es la pobreza, que a menudo se convierte en un caldo de cultivo para nuevas amenazas a la dignidad humana. La necesidad de dinero fácil, explica Beltrán a partir de varios testimonios, favorece fenómenos como la pornografía, la prostitución, el tráfico de seres humanos o la esclavitud.

Frente a la perspectiva “eurocéntrica” que preocupó a los medios, el Sínodo sirvió para abrir los ojos sobre la realidad de otros continentes

Otras veces, ese dinero se busca en el narcotráfico, que acaba implicando a alguno o varios miembros de una familia como traficantes, mulas o incluso sicarios. Frente a este fenómeno, muy extendido en América Latina, la colombiana Isabel Corpas elogia los programas que capacitan a las mujeres para trabajar, pues consiguen efectos positivos –también económicos– para sus respectivas familias.

El reportaje de Beltrán invita a pensar, con mentalidad universal, sobre el modo de aplicar las propuestas del Sínodo de la familia.

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