La libertad religiosa, patrimonio de todos

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Duración lectura: 5m. 14s.

Desde mediados de julio se sabía que Benedicto XVI había elegido este tema -“Libertad religiosa, vía para la paz”- para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz del 2011, que se celebrará el primer día del año. El mensaje acaba de ser presentado en Roma, y está disponible en la web del Vaticano. Se comprende la importancia de la elección ante las distintas y crecientes manifestaciones negativas contra ese derecho básico: muchas son sólo jurídicas negación, discriminaciones, marginación-, pero con frecuencia, como se ha comprobado estos últimos meses, acaban en persecuciones y violencias.

El Concilio Vaticano II dedicó un particular empeño a proclamar la libertad religiosa como derecho derivado de la dignidad de la persona y, en concreto, del carácter sagrado de la conciencia, su santuario inviolable. Quedó claro que su fundamento nada tenía que ver con el indiferentismo, el relativismo o sincretismos más o menos extendidos, porque el ser humano tiene el radical deber de buscar la verdad, eso sí, en libertad, sin coacciones. De este modo, es posible superar los fundamentalismos, así como los intentos de manipular o instrumentalizar el hecho religioso.

Personal y comunitario

Lógicamente, como tantos otros derechos, la libertad religiosa ofrece un doble aspecto personal y comunitario. Este último aparece en el reconocimiento y respeto al ejercicio externo del culto de los derechos de las minorías (y de la protección jurídica de las mayorías frente a violencias o profanaciones, o discriminaciones procedentes de ideologías secularizantes), así como de la participación cultural y pública de los creyentes en plenitud de derechos, sin segregaciones que los hagan ciudadanos de segunda categoría.

Por lo demás, en los países que sufren catástrofes, como en las naciones más desarrolladas en crisis económica, se comprueba la gran labor social que deriva de las convicciones religiosas. Así sucede cuando se relatan la atención de los enfermos del sida, la asistencia a víctimas de terremotos o, simplemente, la ayuda al creciente número de pobres vergonzantes en las grandes ciudades del Occidente cristiano.

No faltan tampoco por desgracia radicales y fanáticos, que invocan razones religiosas para sus tareas destructivas. Los Papas no han cesado de insistir en que nunca se puede utilizar el nombre de Dios para justificar la violencia. Muchos recuerdan aquel emocionante decálogo para la paz, proclamado por Juan Pablo II en Asís el 27 de octubre de 1986 -en 2011 se cumplirán 25 años, recuerda Benedicto XVI-, junto con líderes de las más importantes religiones del planeta. “El fanatismo, el fundamentalismo, las prácticas contrarias a la dignidad humana, nunca se pueden justificar y mucho menos si se realizan en nombre de la religión. La profesión de una religión no se puede instrumentalizar ni imponer por la fuerza”, afirma en el mensaje Benedicto XVI.

De la violencia a la discriminación

Desde luego, como recordó el cardenal Tukson en la presentación del documento, la Iglesia proclama la libertad religiosa por sí misma, es decir, sin argumentos más o menos diplomáticos de reciprocidad. Los obispos defienden la libertad de los musulmanes para practicar su fe en Occidente, y piden a diversas repúblicas islámicas libertad para los cristianos: no a modo de concesiones mutuas, sino como consecuencia de una única y universal dignidad de la persona: “Respetamos los derechos de los demás porque es lo correcto; no a cambio de su equivalente o por un favor concedido. Al mismo tiempo, cuando otros sufren persecución a causa de su fe y práctica religiosa, les ofrecemos la compasión y la solidaridad”.

Al comienzo del mensaje, Benedicto XVI evoca los ataques que sufren en Iraq y zonas próximas los cristianos, así como otras minorías: “En efecto, se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal. En otras regiones, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe”.

Un índice del respeto a los demás derechos

La comprobación de esa realidad, que fue objeto del reciente Sínodo de Obispos de Oriente Medio, es punto de partida para presentar el sentido de la libertad religiosa y las diversas maneras en que contribuye a construir la paz.

El Papa precisa que “la libertad religiosa no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino de toda la familia de los pueblos de la tierra. Es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre”. Y recuerda que Juan Pablo II la consideraba un “indicador para verificar el respeto de todos los demás derechos humanos”.

Por otra parte, “en un mundo globalizado, caracterizado por sociedades cada vez más multiétnicas y multiconfesionales, las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana. Sobre la base de las respectivas convicciones religiosas y de la búsqueda racional del bien común, sus seguidores están llamados a vivir con responsabilidad su propio compromiso en un contexto de libertad religiosa”. Además, subraya el Papa, “no debería haber obstáculos para quien quisiera adherirse eventualmente a otra religión, o no profesar ninguna”.

En definitiva, “el mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional”.

Como en documentos precedentes, Benedicto XVI contempla la paz como un don de Dios, pero, al mismo tiempo, como fruto del trabajo activo de los creyentes y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad: un proyecto capaz de comprometer muchas energías humanas.