La gesta de la mina: a cada cual lo suyo

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Duración lectura: 1m. 59s.

El rescate de los 33 mineros en Chile está dando lugar a interpretaciones muy diversas. Frente a quienes atribuyen la gesta solamente a los medios técnicos, otros reaccionan haciendo hincapié en las creencias religiosas de los mineros. En un artículo publicado en la tercera de ABC, el teólogo Olegario González de Cardedal ofrece un análisis más matizado.

En primer lugar, González de Cardedal elogia el sentido de comunión del pueblo chileno que se ha empeñado en buscar soluciones a un problema común. “Mientras que otros países todavía recientemente dejaban a sus mineros perdidos en los senos de la tierra, Chile entero se ha alzado en son de paz y de trabajo para rescatar a sus hombres. Un presidente, todo un Gobierno, los partidos políticos, la sociedad entera unida, decidieron poner en juego todos los medios humanos posibles”.

Junto a la grandeza de esa “unión entre todas las instancias de un pueblo para salvar a sus hombres”, González de Cardedal destaca otras dos grandezas que han hecho posible el rescate: la de la ciencia y la técnica, por un lado, y la de la cooperación entre las naciones, por otro.

Y todavía amplía más el cuadro: “Y en medio de todo ello, los dramas de mujeres e hijos llorando y rezando cada día ante el pozo, con un futuro posible de viudedad y de orfandad. Los gritos finales de agradecimiento a Dios y a los hombres, el resuello de los mil millones que vimos angustiados salir al primero y exultantes al último”.

Es precisamente ese gozo final el que, a su juicio, “no nos puede hacer olvidar que sin el silencio laborioso de miles de científicos, ingenieros, calculadores, médicos durante los años y siglos anteriores no hubiéramos visto ayer vivos a los treinta y tres”.

Con estas palabras, González de Cardedal sale al paso de quienes se quejan de la escasa atención que algunos medios están prestando al efecto beneficioso que las creencias religiosas han tenido en los mineros. “Levantar los ojos al cielo es el gesto más natural del hombre: el más humilde y el más engrandecedor. (…) Solo quien acoge la vida como un don permanente e integra la muerte como una posibilidad permanente, solo ese es libre”.