Juan Pablo II conmemora el 450º aniversario del Concilio de Trento

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El 30 de abril Juan Pablo II conmemoró el 450º aniversario de la apertura del Concilio de Trento, que dio respuesta a la Reforma protestante. El acto tuvo lugar en la catedral de la ciudad, ante el mismo crucifijo que presidió las sesiones conciliares. El Papa subrayó la trascendencia que ese Concilio tuvo para la vida de la Iglesia y se refirió a la esperanzadora marcha del diálogo teológico entre la Iglesia católica y los herederos de la Reforma protestante. Ofrecemos un resumen de su intervención.

Conmemoramos hoy un gran evento de la historia de la Iglesia: recordamos aquel Concilio que toma el nombre de la ciudad de Trento, pues en esta catedral inició hace 450 años, el 13 de diciembre de 1545, y aquí celebró sus momentos más significativos. De tal extraordinario acontecimiento, que duró nada menos que 18 años, deseamos antes que nada dar gracias a Dios porque, a pesar de las incertezas de los hombres y de las dificultades objetivas de los tiempos, ofreció a su Iglesia una inestimable ocasión de gracia y de renovación religiosa.

Ante la crisis espiritual y eclesial de los primeros años del siglo XVI, la Iglesia supo encontrar en Trento la valentía de la fidelidad a la Tradición apostólica, el empuje de un renovado empeño de santidad, la fuerza para un auténtico impulso pastoral, de modo que no se exagera afirmando que aquel Concilio ha plasmado toda una época de la Iglesia y todavía hoy continúa produciendo efectos beneficiosos.

Convocado para poner en marcha la reforma en el interior de la Iglesia y también para clarificar cuestiones dogmáticas fundamentales, objeto de controversia, el Concilio no perdió nunca la esperanza de poder sanar el áspero desacuerdo que se había creado a raíz de la reforma protestante. La misma sede del Concilio, esta ciudad de Trento, parte del imperio de Carlos V, fue elegida para facilitar el encuentro, para hacer de puente [entre el mundo germánico y el mundo latino], para ofrecer el abrazo de la reconciliación y de la amistad. Por desgracia, por el momento no se pudo hacer otra cosa que constatar la división. Pero no se debilitó la tensión hacia el restablecimiento de la plena comunión, que hoy -después de las grandes indicaciones ecuménicas del Concilio Vaticano II-, se siente como una prioridad pastoral de la Iglesia.

Clarificación dogmática

El Concilio se presenta para una serena mirada retrospectiva como la gran respuesta de la fe católica a los desafíos de la cultura moderna y a las dudas planteadas por los Reformadores. Por medio de su obra de clarificación dogmática y de impulso pastoral, trazó las grandes vías de la Iglesia para los siglos sucesivos, favoreciendo así ese auténtico humanismo cristiano que produjo no pocos frutos en la cultura, el arte, la vida religiosa y social (…).

Eran numerosos, en efecto, los problemas que afligían a la Iglesia en los albores del siglo XVI y que hacían urgente una profunda reforma. En concreto, la reflexión teológica mostraba retrasos ante los grandes interrogantes, intelectuales y religiosos, que fermentaban la cultura del tiempo, de modo que ofrecían una brecha al error doctrinal.

En tal preocupante contexto, el Tridentino volvió a proponer la doctrina católica de modo preciso e inequívoco. Era una clarificación dogmática que, en más de una ocasión, no se limitó a restablecer la verdad negada sino que también valorizó, conduciéndolas al cauce católico, puntos significativos evidenciados por la Reforma protestante. Así, por ejemplo, la preocupación por salvaguardar el absoluto primado de la gracia de Dios y de su obra en orden a la salvación del hombre había inducido a los Reformadores a una reinterpretación problemática del papel del hombre religioso y de la Iglesia. El Concilio apreció y recogió esta indicación e ilustró, con amplio recurso a las fuentes bíblicas y con un lenguaje alto y profundamente religioso, la obra de Dios y el papel salvífico de la fe. Al mismo tiempo, subrayó los efectos de curación objetiva producidos por la gracia divina y llamó la atención sobre la responsable cooperación del hombre para seguir la obra de Dios.

De este modo, con el Decreto sobre la Justificación -una de las adquisiciones más preciosas para la formulación de la doctrina católica- el Concilio entendió salvaguardar el papel que Cristo había asignado a la Iglesia y a los sacramentos en el proceso de la justificación del hombre pecador.

Otro fruto importante del Concilio (…) es el Decreto sobre la Eucaristía. Ante una praxis a veces poco iluminada, que había ofrecido a los Reformadores la ocasión para poner en discusión el valor de la Misa como sacrificio, el Concilio supo formular una teología de la Eucaristía que se presenta aún hoy sorprendentemente clara: en la XXII sesión, los Padres de Trento afirmaron que en el misterio eucarístico está “representado” de modo admirable el sacrificio de la Cruz, consumado una vez para siempre en el Calvario. De aquel único sacrificio la Misa es perenne y eficaz memorial y aplica su virtud saludable en remisión de los pecados.

[El Papa destacó también las formulaciones dogmáticas sobre la Eucaristía, la doctrina sobre el sacramento del Orden, los decretos sobre otros sacramentos y el impulso de pastoral llevado a cabo por el Concilio: obligación de residencia para los obispos, preeminencia de la predicación y catequesis, institución de los seminarios].

Diálogo católico-luterano

Por desgracia, todo este espléndido patrimonio de verdad y de iniciativas pastorales no bastó para sanar la fractura que en aquellos decenios se había producido como consecuencia de la “Reforma”.

Deseosos de no comprometer ulteriormente la perspectiva de reunificación, los Padres conciliares evitaron exasperar las polémicas con específicas condenas personales, aunque no dejaron de rechazar con firmeza las doctrinas de los Reformadores en aquellos puntos en los que rompían la continuidad con la Tradición y perdían los elementos esenciales.

En línea con el espíritu ecuménico, tan subrayado por el Vaticano II, he alentado en los años pasados el desarrollo del diálogo con los hermanos, herederos de la Reforma protestante. Los resultados del Grupo mixto de trabajo, constituido hace algunos años, sobre determinados temas centrales, se han mostrado realmente prometedores y nos hacen nutrir la esperanza de que se pueda llegar a posteriores puntos de convergencia sobre los temas en los que aún no se ha alcanzado un acuerdo suficiente. Las afirmaciones dogmáticas del Concilio de Trento conservan naturalmente todo su valor. Pero una profundización serena de la verdad revelada, en obediencia al Espíritu de Dios y en actitud de escucha recíproca, nos hará estar siempre más cercanos, haciendo de las mismas incomprensiones del pasado ocasiones para crecer en la fe y en el amor (…).

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