Francisco: el ascua que todos quieren para su sardina

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Duración lectura: 4m. 3s.

En un largo artículo para The Atlantic, el periodista y escritor Ross Douthat analiza tres nuevas biografías del Papa en busca de la respuesta a una pregunta que el mundo católico –y quizás más el no católico– se está formulando: ¿es Francisco un revolucionario?

Varios escritores y analistas han querido buscar en la biografía del Papa la explicación sobre este afán renovador. Douthat cita tres trabajos en particular, uno de la vaticanista argentina Elisabetta Piqué, otro del investigador británico Paul Vallely, y un tercero del también británico Austen Ivereigh. Los tres resaltan los mismos episodios referentes a la etapa argentina de Francisco: cómo experimentó una llamada súbita al sacerdocio siendo un adolescente, cómo con 36 años se convirtió en el superior de los jesuitas en el país, el duro enfrentamiento con el sector liberacionista de la orden y su posterior “exilio” (que algunos consideran más bien como una deportación) de dos años fuera de los puestos dirigentes, su rehabilitación por parte de Juan Pablo II al nombrarlo arzobispo de Buenos Aires.

En lo que difieren los tres trabajos es en el análisis de la evolución del Papa. Para Piqué, que ve a Francisco como un hombre esencialmente progresista, nunca fue un conservador; de ahí que conceda poca importancia a los argumentos de los jesuitas que se enfrentaron a Bergoglio en los años 70. Vallely sugiere que sí lo fue, pero que sufrió una especie de conversión teológica e ideológica durante su “exilio”. Douthat considera esta interpretación poco justificada, pues se basa en ideas equivocadas como que un teólogo tradicionalista nunca dedicaría tanto tiempo a los pobres a no ser que haya sufrido un cambio interior. La semblanza de Ivereigh, en cambio, le parece más acertada: el periodista inglés señala la esencial continuidad entre el sacerdote de los suburbios y el pontífice de Roma. Francisco siempre ha sido un reformador, pero cuidadoso; su pensamiento bebe del de Yves Congar, para el que la “verdadera reforma” siempre debe evitar las “falsas alternativas”.

Este análisis lleva a Ivereigh a concluir que no solo existe una continuidad entre Bergoglio y Francisco, sino entre este y sus dos predecesores. Douthat apoya esta idea (que ejemplifica con la defensa que los tres han hecho de la piedad popular frente a los teólogos progresistas), pero le señala algunos límites. Hay algunos rasgos, más de forma que de contenido, que singularizan al actual Papa: la crítica a los excesos del capitalismo, hecha también por Juan Pablo II y Benedicto XVI, tiene en Francisco un carácter más vivencial y concreto y menos conceptual; el marxismo, que todos conocen profundamente y del que han escrito, es visto desde una perspectiva nueva por el Papa argentino, pues su experiencia personal (la persecución a los filocomunistas durante la dictadura militar) le ha presentado esta ideología más en el papel de víctima que de agresor; en cuanto a la piedad popular, mientras los anteriores pontífices la han defendido, él ha hecho de ella un estilo personal.

Se podría decir que, según el análisis de Douthat, la peculiaridad de Francisco viene determinada por de dónde viene, y la vez determina sus líneas prioritarias como Papa: la reforma de la burocracia vaticana, la purga de elementos corruptos, el énfasis en los aspectos económicos de la doctrina social de la Iglesia y el cambio del polo católico hacia “el sur”. Estas iniciativas no permiten encuadrarlo en la “izquierda”, como se apresuran a hacer algunos medios. Según Douthat, esta separación en dos bloques ideológicos es una manifestación de la ceguera de algunos comentaristas religiosos occidentales: muchos teólogos “conservadores” de países en desarrollo están plenamente de acuerdo con las palabras del Papa sobre globalización o capitalismo.

En cambio, Douthat considera que el debate sobre el acceso de los divorciados a la comunión es otra historia. Ya no se trata de un asunto de énfasis, o de estilo personal de Francisco. Permitirlo supondría redefinir algo esencial en la doctrina católica como es la teología sacramental y el valor del pecado.

El “progresismo católico” trata de quitar hierro al problema, argumentando que este debate que ahora se percibe como nuclear a la fe, al cabo del tiempo será una muestra más de cómo la doctrina se adapta a los tiempos. Además, piensan, el cambio será beneficioso a largo plazo. Sin embargo, comenta Douthat, la liberalización de la moral sexual llevada a cabo por algunas ramas protestantes no les ha traído precisamente más fieles, ni más prestigio social.