Fracasa el grupo de estudio judío-cristiano sobre la actuación de la Santa Sede durante la persecución nazi

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Lo que había nacido como un canal de diálogo entre católicos y hebreos, para estudiar con serenidad cual fue el papel de la Santa Sede durante la persecución nazi, ha acabado convirtiéndose en un nuevo elemento de discordia.

El fracaso del grupo de estudio, instituido en 1998, se consumó oficialmente en el mes de agosto, cuando los representantes judíos acusaron al Vaticano de impedirles el acceso a los archivos.

Esa versión de los hechos mereció una dura réplica en un comunicado del Vaticano, firmado por el jesuita Peter Gumpel, postulador de la causa de beatificación de Pío XII, encargado por la Santa Sede de precisar cómo estaban las cosas. De su respuesta se puede adelantar que, en realidad, la Santa Sede no ha negado el acceso a los archivos y que la comisión se ha enredado en polémicas internas y no ha llevado a cabo el trabajo que se había acordado (que no requería el acceso a esos archivos).

El grupo de trabajo, integrado por tres representantes por parte católica y otros tres por parte judía, fue instituido a raíz de la publicación del documento vaticano sobre la Shoah (ver servicio 46/98). Su objetivo era repasar la documentación recogida en los doce volúmenes de Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la seconde Guerre Mondiale (ver servicio 49/98), publicados por iniciativa de Pablo VI. Aunque la ruptura se ha anunciado ahora, se podría decir que ya estaba en el ambiente, a juzgar por las polémicas filtraciones de noticias y comentarios que especialmente uno de los tres representantes judíos venía realizando desde poco después de la puesta en marcha del proyecto.

“Desde el inicio de los trabajos, afirma Gumpel, algunos -no todos- de los miembros hebreos han difundido públicamente la sospecha de que la Santa Sede tendía a esconder documentos que consideraba comprometedores. A continuación, estas personas han provocado repetidamente fugas de noticias desfiguradas y tendenciosas, que pasaban a la prensa internacional”.

Cada miembro del grupo estaba encargado de examinar dos de los doce volúmenes publicados. Al concluir este trabajo preliminar la disparidad era tal que, ante la imposibilidad de presentar una relación conjunta, decidieron transmitir a la Santa Sede un elenco de 47 preguntas (puntualmente filtradas a la prensa, antes incluso de hacerlas llegar al Vaticano). Tocó al propio Gumpel preparar la documentación para responder a las preguntas (las cuales, en su opinión, mostraban ya una lectura superficial y con frecuencia tergiversada del contenido de las Actas).

“Ante mis explicaciones y la documentación que la acompañaban, los miembros del grupo de trabajo no tuvieron nada que objetar. Al final del encuentro, celebrado el 24 de octubre de 2000, durante el que pudimos tratar solo 12 de las 47 cuestiones, manifiesté mi plena disponibilidad para continuar la discusión. Por desgracia, la propuesta no fue aceptada, entre otras cosas porque a raíz de una nueva grave fuga de noticias, de la que fue responsable uno de los representantes hebreos, el tiempo disponible fue utilizado para tratar de arreglar la crisis interna”.

Ante esa situación, considera “desconcertante que en los meses siguientes algunos de los representantes hebreos hayan afirmado sistemáticamente que nunca recibieron respuesta a sus preguntas. Además, hasta la fecha, el grupo de trabajo no ha presentado el informe definitivo sobre los trabajos, de modo que no ha cumplido el encargo que se le había confiado”.

Sobre el motivo aducido para retirarse, la imposibilidad de consultar los archivos, Gumpel replica que el cardenal Mejía, archivero de la Santa Sede, explicó a los miembros de la comisión que la imposibilidad de acceder a los archivos posteriores a 1922 (excepto los documentos publicados en las Actas) se debía a la necesidad de catalogar esos tres millones de documentos, pero que “apenas sea posible, todo el material referido al pontificado de Pío XII será puesto a disposición no solo de ellos sino de todos los estudiosos”.

“La Santa Sede no está imponiendo ningún tipo de restricciones, a diferencia de lo que ocurre hasta ahora en otros archivos, como el estadounidense y el inglés, entre otros”. Durante el encuentro de Roma se relató el caso de algunos historiadores de prestigio que constataron cómo algunos documentos solicitados en esos archivos habían sido retirados o estaban bajo embargo. Uno de los miembros del grupo de trabajo relató también una experiencia similar en los archivos de Estados Unidos.

Por el tono poco amistoso con que concluyó esta iniciativa del grupo de estudio, no parece probable que el trabajo se pueda reanudar. En todo caso, tal vez se pueda apuntar la experiencia de que para un tema tan sensible es preciso escoger a las personas adecuadas: gentes con espíritu académico, que entiendan más de historia y de manejo de fuentes y documentos que de suscitar polémicas periodísticas.

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