Daniel Comboni, una vida al servicio de la Iglesia en África

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La beatificación de un misionero que confiaba en los africanos
Daniel Comboni (1831-1881), beatificado en Roma el pasado 17 de marzo junto con el también italiano Guido Maria Conforti, es una de las personalidades misioneras más significativas del siglo XIX. Frente a la indiferencia o el desánimo ante los problemas de África, él confió en la fecundidad del Evangelio y en las capacidades del hombre africano. Primer obispo del África Central, luchó contra el esclavismo e impulsó un plan para evangelizar África por medio de los africanos. En un momento en que, tras el Sínodo africano clausurado en 1995, la Iglesia en África tiene un claro programa, el ejemplo y la obra de Comboni siguen vigentes.

Comboni fue un pionero cuando las misiones sobrevivían a duras penas en este continente. Hoy el 90% de los obispos y de los sacerdotes de África son nativos, y el número de católicos viene creciendo desde 1927. Entonces eran sólo 3,2 millones, pero hoy son 90 millones.

El año en que nació Comboni, 1831, Francia celebraba el primer aniversario de la conquista de Argel. Y eran inminentes las exploraciones del África negra, que se iban a desarrollar en la segunda mitad del siglo XIX. Daniel Comboni nace en Limone sul Garda (Brescia), en el norte de Italia. Sus padres, campesinos pobres, sirven en la finca de un rico hacendado. Tienen ocho hijos -el cuarto fue Daniel-, pero casi todos mueren siendo aún niños.

Por esa época surgían en la cercana ciudad de Verona fundadores de diversas instituciones religiosas. Uno de ellos era el sacerdote Nicolás Mazza que había fundado instituciones misioneras y un colegio dirigido a los hijos prometedores de familias pobres. Los padres de Daniel le envían a ese colegio.

Animado por el celo apostólico de Nicolás Mazza, Comboni descubre su vocación sacerdotal y decide hacerse misionero en el Instituto mazziano a los 17 años. Y alentado por los relatos de los primeros misioneros del Instituto Mazza que vuelven del continente africano, Daniel resuelve dedicar su vida a la evangelización de África Central.

La primera misión “fallida”

En 1854 es ordenado sacerdote. En 1857 -un año antes de que Livingstone comenzase a explorar los ríos Zambeze y Shire- sale rumbo a su primera misión, en Sudán, con otros cuatro sacerdotes y un laico. Con 26 años, es el más joven del grupo. Después de cien días de viaje llegan a Jartum, capital de Sudán. Luego remontan el Nilo hacia el profundo sur del Sudán. Comboni ya advierte las dificultades, pero no le importa gastar rápido su vida. Así escribe a sus padres: “Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero la idea de que se suda y se muere por amor a Jesucristo y por la salvación de las almas más abandonadas del mundo es demasiado dulce como para que podamos desistir de la gran empresa”.

Un clima insoportable, enfermedades, muerte de jóvenes compañeros, pobreza…; todo invita al desaliento. Pero Comboni, asistiendo a la muerte de otro misionero, se reafirma en su decisión: “¡África o muerte!”. También él cae enfermo, y los sacerdotes mazzianos regresan a Europa.

Desde hacía veinte años los intentos de penetrar en África central había costado ya la vida a 64 misioneros. De hecho, Propaganda Fide, convencida del fracaso de la Misión del África Central, confía esa región africana al vicariato apostólico de Egipto.

Salvar África por medio de África

Comboni, en Europa, se mantiene fiel a la evangelización del África y busca nuevas ideas. En 1864, mientras reza junto a la tumba de San Pedro, tiene una intuición sobrenatural que le lleva a elaborar un Plan para la regeneración de África, cuyo contenido se resume en la expresión: “Salvar África por medio de África”. Ha llegado a entender que la misión exige un cambio de método.

El plan de Comboni es ambicioso y realista. Ambicioso porque implica en él a toda la Iglesia, incluidos los laicos; realista porque cuenta, como condición sine qua non de la evangelización, con la participación directa de los propios africanos. Comboni intuía lo que Pablo VI diría cien años después en Kampala: “Desde ahora, vosotros los africanos sois los evangelizadores de vosotros mismos”.

Pío IX y el cardenal prefecto de Propaganda Fide animan a Comboni a ejecutar su plan. A partir de 1864 realizará numerosos viajes de animación misionera a casi todos los países de Europa, desde Madrid a San Petesburgo. Daniel pide ayuda material y espiritual tanto a reyes, obispos y señores como a gente pobre. También funda una revista misionera, la primera en Italia, y se sirve constantemente de la prensa, escribiendo en diversos idiomas europeos (conocía también el árabe y algunas lenguas africanas).

Pero el camino del Plan está lleno de obstáculos. En 1865 muere Don Nicolás Mazza, a cuyo instituto misionero pertenecía Comboni. Y, ante reveses económicos y otras circunstancias adversas, su sucesor decide abandonar la empresa africana, justo cuando la Santa Sede iba a asignarles un territorio para evangelizar. Así que Comboni decide fundar una obra específicamente suya para llevar a cabo el Plan. Obtiene la aprobación del obispo de Verona y el apoyo moral de Propaganda Fide.

En mayo de 1867 funda en Verona el Instituto de los Misioneros Combonianos, al que seguirá en 1972 el de las Hermanas Misioneras Combonianas, asociando por primera vez a las religiosas en la misión de África Central. A finales de 1867, Comboni va a El Cairo a buscar vocaciones misioneras entre los propios africanos, y a formarlos para que participen en la evangelización del continente. Sin embargo debe regresar a Europa en busca de personal y medios económicos. De 1867 a 1872 habían ingresado en el Instituto masculino 31 candidatos, pero no todos perseveraron.

En 1870 participa en el Concilio Vaticano I, como teólogo del obispo de Verona. Allí consigue que 70 obispos firmen una petición a favor de la evangelización del África Central. En mayo de ese mismo año la Santa Sede reabre la Misión para el África Central y confía al Instituto misionero de Comboni el vicariato apostólico, el más extenso del mundo: 5 millones de kilómetros cuadrados.

“No renunciéis jamás”

En su lucha contra el esclavismo, funda en El Obeid (sur del Sudán) tres misiones en favor de los esclavos. En 1877 Comboni es nombrado Vicario Apostólico de África Central y consagrado obispo, con 46 años. En esa época la mayoría de los gobiernos de Europa ven África como una tierra de recursos ingentes para explotar. Comboni piensa en el anuncio del Evangelio y confía en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos africanos.

Le quedan cuatro años de trabajo intenso, de abandonos, persecuciones y dificultades, como una gran sequía en 1877 que diezmará la población sudanesa. En 1880 Comboni vuelve a África por octava y última vez, con el entusiasmo de siempre y decidido a continuar la lucha contra la esclavitud y a consolidar la actividad misionera.

En julio de 1881, llega a Jartum gravemente enfermo, por las fiebres y el insomnio. Al sufrimiento físico se añade el moral: muertes inesperadas de misioneros y hermanas, y la inhibición de algunos colaboradores atemorizados por la situación. Cuando Comboni está a punto de morir anima a sus misioneros: “No desistáis, ni renunciéis jamás. Yo muero, pero mi obra no morirá”. Muere el 10 de octubre de 1881, con 50 años.

Y, ciertamente, la obra de Comboni sigue viva. Cuando él murió los combonianos eran 34 y las combonianas 22, casi todos en las misiones. Las muertes y la revolución que se produjo en Sudán meses después de su muerte mermaron más aún el grupo. Pero, a partir de 1887 el crecimiento de ambos institutos ha sido progresivo. En la actualidad el Instituto masculino cuenta con 1.857 miembros (14 obispos y casi 1.300 sacerdotes) de 35 nacionalidades. Y el Instituto femenino cuenta con 1.896 hermanas de 27 naciones. La obra de Comboni ha superado la pasión por África para extenderse por todos los continentes (salvo Oceanía). Otras 150 mujeres pertenecen a las Misioneras Seculares Combonianas.

La beatificación de Comboni

La causa de beatificación de Daniel Comboni se abrió en 1928. Sufre una larga pausa hasta 1982 en que empezó a prepararse el examen acerca de la heroicidad de sus virtudes, reconocidas por los cardenales y obispos el 14 de diciembre de 1993. El 26 de marzo de 1994 Juan Pablo II ordena que se escriba el decreto sobre sus virtudes heroicas. El 9 de junio de 1994, la consulta de los médicos afirma unánimemente que la curación de la niña brasileña Maria José Paixao, que hoy tiene 35 años, es científicamente inexplicable.

El auge misionero en el África del siglo XIX¿Por qué la historia de las misiones africanas empieza a cuajar en el siglo XIX y no antes? Un interesante libro -Comboni en el corazón de la misión africana (1)- describe el auge misionero del siglo XIX. Su autor, Fidel González, es profesor en la Universidad Urbaniana y consultor de la Congregación para las Causas de los Santos. Reproducimos gran parte de una reseña del libro realizada por Enrique de la Lama para el Anuario de Historia de la Iglesia, nº 4 (1995), de la Universidad de Navarra.

El resurgir misionero en pleno siglo XIX es una gran lección de Iglesia. El autor señala muy bien las vitalidades que dan origen a una sensibilidad profundamente cristiana que supera la filantropía ilustrada, y la valoración de Europa como élite cultural de los mundos, lanzada hacia un progreso desentendido del mensaje evangélico.

Desde mediados del siglo XVII el gran continente -hasta entonces un enigma- comienza a ser explorado por aguerridas personalidades, cuyas aventuras fracasan tantas veces, si no es que concluyen en tragedia: James Bruce -que llega hasta el lago Tana tras cinco años de exploración-, Mungo Pank -descubridor del río Níger-, A. Gordon Laing -primer europeo que se adentra en el Sahara desde Trípoli y llega hasta Tombuctú- son pioneros durante el siglo XVIII de una gesta que todavía iba a cobrarse un precio notable de vidas humanas, pero que ejercía ya indudable fascinación sobre los europeos poseídos del ideal romántico. Clapperton, Lander, Caillé, Barth o Livingstone son nombres -entre otros cientos de nombres- de exploradores decimonónicos, a cuya temeraria generosidad la historia debe rendir culto.

Exploración y reparto colonial

El siglo XIX ve surgir numerosas sociedades geográficas que patrocinan expediciones; los nuevos hallazgos son difundidos en numerosas revistas especializadas que los gobiernos apoyan.

El Congreso de Berlín (1884-1885) significa la culminación del reparto colonial de África. “Los factores que precipitaron el reparto fueron la rápida estampida de aquellas potencias que no habían tenido previamente allí ninguna clase de intereses, la nueva entente europea tras la guerra franco-prusiana de 1870 y la aparición de dos potencias económicas en el marco europeo: Bélgica y la Alemania de Bismarck.

Estas nuevas potencias desequilibraron la balanza de poderes y provocaron aquel movimiento rápido y casi violento en el que todas las potencias europeas se precipitaron a reclamar una cierta soberanía económica y política en África.” (págs. 166-167).

Así es como África dejaba atrás su misterio y comenzaba a ser hollada en toda su extensa piel al servicio de los intereses económicos del progreso.

El esclavismo, obstáculo para la fe

“La trata occidental de los negros -escribe el autor- fue iniciada por algunos comerciantes portugueses hacia mediados del siglo XV. El comercio se desarrolló hasta alcanzar proporciones gigantescas a partir del siglo XVII con el auge de las grandes plantaciones de azúcar, algodón y tabaco, que exigían una enorme cantidad de mano de obra. El Tratado de Utrecht, de 1713, que puso fin a la guerra de Sucesión española, concedió a Inglaterra el monopolio de la trata, que debía transportar a América cinco mil esclavos al año, con el puerto de Liverpool como gran emporio de este comercio inmundo” (pág. 160).

El comercio de esclavos es un tema histórico de gravísima importancia ante el cual palidecen tal vez otros recursos tópicos -como el de la Inquisición, por ejemplo-, que han impresionado más al mundo occidental por cuanto han chocado más inmediatamente con la sensibilidad ilustrada.

“El tráfico de esclavos representó una de las fuentes más importantes y prósperas de ganancias para el comercio europeo”, recuerda Fidel González. “Este tráfico abortó casi todos los intentos de desarrollar otra clase de comercio en África e impidió la presencia misionera efectiva. Ni los misioneros podían presentar un anuncio evangélico atrayente ante la imagen que los esclavistas ofrecían de la fe cristiana, ni éstos podían favorecer tal anuncio que, por la fuerza de las cosas, tenía que poner fin a sus actividades. Hasta que el movimiento antiesclavista y la dirección de la economía europea no cambia, con la abolición de la esclavitud y la prohibición de la trata, no se pudo dar una efectiva presencia misionera” (pág. 164).

Condenaciones de la esclavitud tales como las de Paulo III -en el siglo XVI-, de Urbano VIII -en el XVII- y de Gregorio XVI -en pleno siglo XIX- habían caído como predicadas en desierto, por el obstruccionismo del poder secular.

Las misiones áfricanas en el siglo XIX

Puede por eso decirse que la gran historia de las misiones africanas comienza en el siglo XIX como reacción cristiana que parte de la base -por decirlo así- y que contará con el apoyo de Gregorio XVI. Los anteriores pontificados decimonónicos -pasada la tribulación revolucionaria- atendieron principalmente a los problemas americanos o, sencillamente, fueron muy breves. En efecto, “la primera atención del movimiento misionero en los albores del siglo XIX fue Norteamérica.

Un segundo polo de especial atención fue el Medio y Extremo Oriente. Oceanía y África llamarían la atención en un primer momento. Fue la sensibilidad característica del movimiento misionero hacia los más pobres y abandonados lo que empujará a éste hacia África y hacia el mundo negro en concreto. Esta atención se inicia en aquellos lugares donde algunos misioneros tienen la oportunidad de descubrir la situación de postración en que vivía la raza negra, sobre todo debido a la esclavitud” (pág. 167).

Y así, una extraordinaria floración de fundaciones se produce a lo largo del XIX: noventa y un Institutos masculinos de derecho pontificio desde 1800 hasta 1900, de los cuales trece son exclusivamente misioneros. En el mundo femenino aparecen nueve Institutos misioneros.

El papel de Comboni

A mediados de siglo, Gregorio XVI erige el vicariato apostólico del África Central, en el que Daniel Comboni iba a demostrar su talla gigantesca como misionero. Su personalidad, formada a partir de diversas experiencias vivas del movimiento misionero decimonónico, se desarrolla en un infatigable esfuerzo: viajes por Europa movido por el deseo ardiente de suscitar vocaciones y de encontrar apoyo -material y espiritual- en los cenáculos más sensibles del catolicismo europeo; participación intensa con la vida del Vicariato Apostólico de África Central; hubiera deseado transmitir su misma vibración eclesial a todo el Viejo Continente. (…)

El vicariato que se le confió en 1872 contaba en 1990 con más de 150 diócesis, con casi un cien por cien de obispos negros. Es decir, que Comboni es tal vez la personalidad misionera más importante y significativa surgida en los dos últimos siglos.

Como tantas veces sucede en la vida de los hombres, en su propia grandeza está también su debilidad: “Comboni -como señala Fidel González- difícilmente podía conjugar su trabajo como cabeza del vicariato apostólico de África Central y el de formador de sus misioneros a miles de kilómetros, en Verona o en El Cairo. La combinación de estas dos misiones no siempre le resultaron felices. (…) Otra limitación se refiere al optimismo, a veces exagerado, de Comboni a la hora de evaluar a sus colaboradores. (…) La tercera limitación, sobre todo al principio, fue que su pasión por la evangelización de África le llevaba a acoger a todos los que mostraban un mínimo deseo de consagrarse a ella…” (pág. 555). Con el tiempo usó de mayor precaución. Era por tanto un gran misionero y, tal vez -pienso-, sólo eso. Lo cual no obsta para brillar con luz propia en el firmamento eclesial y permanecer en él como una referencia evangélica de valor admirable.

Conforti, fundador de los Misioneros Javieranos

El italiano Guido Maria Conforti, obispo y fundador de los Javieranos, nació el 30 de marzo de 1865 y falleció el 5 de noviembre de 1931. A los catorce o quince años quedó profundamente removido por la lectura de la biografía de San Francisco Javier, hasta el punto que decidió entregarse a Dios y dedicar su vida a las misiones.

Sin embargo, su delicada salud le impediría realizar el proyecto. Con el fin de que otros pudieran llevar a cabo ese ansia misionera, fundó, con sólo 30 años, la Pía Sociedad de San Francisco Javier, para las Misiones Exteriores. Junto a los tres votos clásicos, sus misioneros hacen un cuarto voto: ir fuera del propio ambiente y cultura para anunciar el evangelio a los no cristianos. Desde 1907 a 1931, Conforti tuvo que compartir sus dedicación al instituto con el gobierno de la archidiócesis de Rávena y la de Parma. La Congregación de los Javieranos cuenta hoy con unos novecientos misioneros, entre ellos 4 obispos y 698 sacerdotes. En 1945 nacieron las Misioneras Javieranas.

Juan Domínguez_________________________(1) Fidel González. Comboni en el corazón de la misión africana. El movimiento misionero y la obra comboniana. Mundo Negro. Madrid (1993). 608 págs.

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