Ultraderecha en Canadá

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El pasado domingo 29 de enero, un universitario canadiense de 27 años, Alexandre Bissonnette, ingresó en la mezquita de Montreal y efectuó varios disparos contra los asistentes a los servicios religiosos. Murieron 6 personas y una decena resultaron heridas.

El primer ministro Justin Trudeau se apresuró a calificar el hecho como un “ataque terrorista”, y a simple vista, tendría visos de serlo. Varios medios de aquel país, sin embargo, consideran improbable que se le presenten cargos por ese concepto, habida cuenta de que el Código Penal define como acto terrorista el que se comete “por objetivos políticos, religiosos, ideológicos” o con la “intención de hacer que el público, o una parte de este, tema por su seguridad”.

El problema, sin embargo, es que a diferencia de Anders Breivik, el ultraderechista noruego que asesinó a más de 80 personas en el verano de 2011, Bissonnette, sin filiación extremista conocida, no proclamó verbalmente sus intenciones ni elaboró un manifiesto antimusulmán ni extremista. Aunque algunos medios han subrayado la admiración del universitario por la francesa Marine Le Pen y el presidente Donald Trump, así como su afición a las armas, según la ley canadiense no son indicios suficientes para calificarlo como terrorista.

El lamentable ataque trae al debate, nuevamente, la coincidencia entre el aumento de la población inmigrante de cultura islámica en los países occidentales y el repunte de la extrema derecha en varios de ellos. Sobre el fenómeno del supremacismo blanco en Canadá, Aceprensa publicó en noviembre de 2016 el artículo Extremistas agazapados bajo el arce, un texto que, a la luz de los últimos acontecimientos, puede ofrecer al lector algunos elementos para el análisis.

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