Trump corteja el “voto cristiano”

Donald Trump visita St. John's Episcopal Church

(Actualizado el 19-06-2020)

Los protestantes evangélicos blancos siguen siendo el grupo religioso que mejor valora a Donald Trump. Sin embargo, hay indicios de que esa lealtad podría estar debilitándose. En las últimas semanas, el republicano ha hecho múltiples guiños para reconquistar a su base religiosa conservadora, una de sus mejores bazas para las elecciones presidenciales del próximo noviembre.

Es difícil saber cuándo un gobierno se compromete con unas causas por convencimiento o por oportunismo. Es verdad que Trump mantiene un rumbo definido en ciertos temas que los cristianos conservadores valoran mucho, pero también que en la defensa de esos asuntos ha habido cálculo político desde las primarias republicanas de 2016.

Más recientemente, no pasó inadvertido que el pasado enero –en el peor momento del impeachment– Trump anunciase medidas a favor de la libertad religiosa en varios ámbitos, proclamase un día especial para conmemorar este derecho fundamental o que participara en persona en la Marcha por la Vida en Washington D.C.

Ese mismo mes tomó fuerza el debate provocado por un editorial de la revista evangélica Christianity Today, que pedía la destitución del republicano por “intentar usar su poder político para obligar a un líder extranjero [Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania] a hostigar y desacreditar a uno de los opositores políticos [Joe Biden] del presidente”. El texto recibió réplicas contundentes en otros medios conservadores, con títulos tan expresivos como “The Christian Case for Trump”.

Menos entusiasmo

El apoyo a Trump entre los evangélicos blancos sigue siendo sólido, aunque han aparecido fisuras en los últimos meses. Según una encuesta del Public Religion Research Institute, el porcentaje de los que en ese grupo aprueban el trabajo de Trump ha pasado del 77% en marzo al 62% en mayo. La caída es menor en un sondeo del Pew Research Center que, a diferencia del anterior, se realizó antes de la muerte de George Floyd: pasa del 81% al 75% en menos de dos meses.

La aprobación a Trump también ha descendido en otros grupos religiosos: católicos blancos y latinos, protestantes negros, protestantes blancos no evangélicos, etc.

No es extraño que aumente el descontento en un momento en que la pandemia se ha llevado por delante en ese país casi 120.000 vidas y cerca de 30 millones de puestos de trabajo. Pero sí es significativo el tono crítico que han adoptado algunos líderes evangélicos con el lenguaje divisivo de Trump, al que reprochan que no haya sabido unir al país durante las protestas antirracistas, cuenta Jeremy W. Peters en The New York Times.

Medidas jurídicas y simbólicas

Con este contexto en mente, se entiende que ciertas medidas aprobadas por la Administración Trump en el último mes se hayan interpretado como gestos para congraciarse con el “voto cristiano”, si es que existe algo tan nítidamente definido.

La más reciente es una norma del Departamento de Salud y Servicios Humanos, dictada el 12 de junio, que revoca unas directrices de la Administración Obama que permitían interpretar en la reforma sanitaria el término “sexo” en función del género sentido y no del sexo biológico. En la práctica, esto evitará que los proveedores y profesionales sanitarios, empleadores y aseguradoras puedan verse obligados a facilitar o a participar en operaciones de cambio de sexo cuando se opongan por motivos de conciencia.

Un día antes de publicarse esta norma, Trump agradeció por Twitter la elogiosa carta que le dirigió el arzobispo católico Carlo Maria Viganò. En ella, el exnuncio apostólico en EE.UU. sitúa al mandatario en el centro de una batalla entre las fuerzas del bien y del mal. Aunque no deja de ser un gesto simbólico por parte de Trump, el mensaje que contiene la carta es lo suficientemente poderoso como para recordar a todos los votantes cristianos en qué lado de la historia –según Viganò– está el mandatario: “Por primera vez –escribe el exnuncio–, Estados Unidos tiene en usted un presidente que defiende valientemente el derecho a la vida, que no se avergüenza de denunciar la persecución de los cristianos en todo el mundo, que habla de Jesucristo y del derecho de los ciudadanos a la libertad de culto”.

Trump necesitaba un mensaje de apoyo rotundo, después de que el arzobispo de Washington D.C. Wilton Gregory hubiera afeado lo que, a su juicio, era una instrumentalización de las creencias religiosas. Fue el 2 de junio, horas antes de que Trump firmara –en un santuario dedicado a Juan Pablo II y con el revuelo de las protestas raciales de fondo– un decreto presidencial en el que declaraba la defensa de la libertad religiosa como una prioridad de su política exterior. “El Papa Juan Pablo II –dijo el arzobispo en un comunicado– fue un ardiente defensor de los derechos y la dignidad de los seres humanos. (…) Ciertamente, no aprobaría el uso de gas lacrimógeno y otros elementos disuasorios para silenciar, dispersar o intimidar para hacerse unas fotos frente a un lugar de culto y paz”.

Las palabras del arzobispo solo se entienden a la luz de los hechos del día anterior. Trump fue a fotografiarse –Biblia en mano– ante la casa parroquial de una iglesia episcopaliana (ver foto arriba) a la que unos manifestantes habían prendido fuego por la noche. Antes de que Trump llegara a la iglesia, situada en las inmediaciones de la Casa Blanca, los antidisturbios dispersaron con contundencia a los manifestantes. Si la visita fue para unos una muestra de solidaridad con los creyentes, para otros fue una calculada demostración de fuerza, precisamente en unos días en los que el presidente estaba recordando a los gobernadores estatales su deber de proteger la ley y el orden.

El porcentaje de evangélicos blancos que aprueban el trabajo de Trump ha pasado del 77% en marzo al 62% en mayo

La defensa de los lugares de culto no solo ha sido simbólica. El 22 de mayo, Trump pidió su reapertura durante el confinamiento, alegando que prestaban servicios esenciales, y amenazó con anular las órdenes de los gobernadores que los mantuvieran cerrados. Que la petición iba en serio lo muestra el respaldo que prestó unas semanas antes el Departamento de Justicia a la demanda de una congregación evangélica contra el gobernador de Virginia por prohibir los servicios religiosos de más de 10 personas, mientras permitía esas reuniones para otras actividades.

El 15 de mayo, el Departamento de Trabajo dictó nuevas directrices sobre la libertad religiosa. Una de ellas, por ejemplo, trata de garantizar que las organizaciones benéficas de inspiración religiosa no serán discriminadas, en los contratos con el gobierno federal, por negarse a realizar prácticas contrarias a sus valores. Un problema acentuado por la renuencia de la Administración Obama a conceder “acomodaciones razonables” entre la ley y la libertad religiosa y de conciencia.

Mal menor y bien común

El conjunto de estas medidas ayuda a entender por qué una buena parte de los cristianos conservadores respaldan a Trump. El republicano no era el candidato ideal para muchos de ellos, pero su apoyo a algunas de las causas que defienden, les ha confirmado en la idea de que Trump es el mal menor frente a cualquier candidato demócrata.

Un caso muy expresivo de “conversión” (relativa) a Trump es el de Rich Lowry, director de National Review, una de las revistas conservadoras más importantes de país. Al comienzo de las primarias republicanas de 2016, su revista se descolgó con un especial titulado “Contra Trump”. “Queríamos derrotarle a toda costa. Pensábamos que había 16 alternativas mejores [los otros 16 candidatos republicanos]”, explicaba Lowry hace unos meses.

Hoy, Lowry impulsa el conservadurismo nacional, deudor de una larga tradición que llega hasta la estrategia “America First”. Y aunque sigue siendo crítico con muchas de las cosas que dice y hace Trump, su estima hacia él ha crecido de forma notable. El principal motivo que aduce es que el presidente ha sido “una roca” en cuestiones de calado para los conservadores, como las medidas provida, los derechos de conciencia o el nombramiento de jueces conservadores.

Al mismo tiempo, Lowry le critica porque “no respeta la separación de poderes en nuestro gobierno, no piensa constitucionalmente, y dice y hace cosas que ningún presidente debería decir o hacer”. Con todo, prosigue, “al final del día debemos elegir entre Trump o entre [demócratas como] Elizabeth Warren, Bernie Sanders, Joe Biden o Pete Buttigieg, que se oponen a nosotros en básicamente todo. Así que es un cálculo bastante sencillo”.

Lowry distingue entre los discursos oficiales de Trump, que elogia por su tono presidencial, y el bronco y divisivo de sus intervenciones espontáneas, que rechaza. A otros conservadores, en cambio, les basta que Trump respalde políticas que defienden ciertos valores morales, y minimizan la erosión de la paz social y del debate público, como si estos no formaran parte del bien común.

Peter Wehner, un conservador que sí se ha mantenido crítico con Trump y que ha servido en tres administraciones republicanas, sabe que los creyentes estadounidenses no lo tienen fácil. Él no votó a Trump ni a Clinton. Y aunque no lo comparte, comprende el punto de vista de quienes votan al republicano pensando que así sus causas estarán mejor defendidas. Lo que sí lamenta es que muchos evangélicos traten a Trump como si fuera una figura semidivina, a la que solo se puede alabar. “Han perdido la capacidad, o al menos la voluntad, de decir la verdad al poder y de hacer que los poderosos rindan cuentas”.

Wehner advierte del perjuicio que causa al testimonio cristiano la identificación de la fe con un partido o una ideología particulares. E insta, con Martin Luther King, a recuperar el papel de la religión no como dueña ni sierva del Estado, sino como su conciencia.

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