¿Revancha de la derecha o moderno conservadurismo?

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Duración lectura: 13m.

La sacudida política de las elecciones norteamericanas
Terremoto, revolución, barrido, tormenta, son palabras utilizadas por los comentaristas norteamericanos para definir los resultados de las elecciones legislativas que han dado la mayoría a los republicanos en las dos cámaras del Congreso. Los analistas entienden que no se trata sólo de un cambio de personal político, sino también de un vuelco en las ideas políticas. Es posible que, como otros programas electorales, el “contrato con América” propuesto por los republicanos no llegue a cumplirse del todo. Pero el verdadero cambio es que una nueva ola de políticos propone sin complejos un tipo de sociedad basado en la responsabilidad individual y el compromiso cívico. Algunos comentarios de prensa reflejan este cambio de humor de la mayoría de la minoría que vota (39%).

Una frase muy recordada tras las elecciones ha sido la famosa de Ronald Reagan: “El gobierno no es la solución de nuestros problemas; el gobierno es el problema”. El disgusto del público con el intervencionismo estatal y con la clase política lleva a preguntarse si las últimas elecciones no señalan la vuelta del reaganismo. Aunque quizá el movimiento político que ha transformado el Congreso no sea estrictamente una reedición del que llevó a Reagan a la presidencia, se ve una coincidencia en algunos temas de fondo: desconfianza hacia la acción del gobierno; deseo de debilitar los poderes lejanos (la Administración federal) y reforzar los poderes más próximos a la gente (las Administraciones locales); aprecio por la iniciativa ciudadana como agente para resolver los problemas sociales.

Newsweek analiza esta “revolución del 94” bajo el título de “La revancha de la derecha”. Los triunfadores republicanos “han declarado la guerra al big government”. El nuevo Congreso es “socialmente tradicional, procede de los barrios residenciales y del campo, es anti-Washington, predominantemente blanco y masculino, irritado por la pretensión federal de mejorar nuestras vidas a base de gastar el dinero de los impuestos”.

El contrato con América

El “contrato con América” propuesto por Newt Gingrich, nuevo líder republicano de la Cámara de Representantes, comprende “límites temporales en el desempeño de cargos políticos, un presupuesto equilibrado, nuevas deducciones fiscales para las familias, medidas draconianas contra el crimen, una severa reforma de la asistencia pública”. Si se llevan a la práctica, sería “el cambio de dirección más radical” desde el New Deal.

Las instrucciones impartidas por los electores para este cambio de dirección son sintetizadas así por Time: “Más control de la delincuencia, especialmente protección contra los jóvenes armados; mejores escuelas que preparen para trabajos altamente cualificados, que sustituyan los empleos perdidos en la industria; ciudades más limpias; más ‘valores familiares’, fórmula que significa familias estables, aislamiento de los gays y oración en las escuelas. Quieren menos burocracia, menos intervencionismo (…). Quieren un gobierno decidido y eficaz que ponga freno a la arrogancia, acabe con la corrupción y baje los impuestos”.

La sordera de la izquierda

La izquierda no ha sabido sintonizar con este humor colectivo. En opinión de Michael Tomasky, comentarista político de The Village Voice, los resultados electorales significan un castigo a la izquierda liberal norteamericana, que “ha prestado demasiada atención a su pequeño narcisismo y demasiado poca a las necesidades de la mayoría de los ciudadanos”. La izquierda ha abrazado causas ideológicas: el “multiculturalismo”, la defensa de los homosexuales, el apoyo a las familias “no tradicionales”…, mientras consideraba como propia de la clásica postura conservadora la preocupación prioritaria por la seguridad ciudadana, la eficacia de los servicios públicos o la desintegración familiar.

Pero, dice Tomasky, el sector del que la izquierda se ha apartado no es sólo la población blanca, anglosajona y protestante tradicional: ese sector está compuesto por “la mayoría de los norteamericanos, de todos los colores y convicciones y orientaciones que hay bajo el cielo, que trabajan (o al menos lo desean desesperadamente) y pagan impuestos (o al menos están dispuestos a hacerlo); que no tienen un fuerte compromiso ideológico ni en un sentido ni en otro; que en gran parte tienen hijos; que quieren que se recoja la basura y que la policía vigile las calles; que desde luego quieren que el gobierno afronte problemas sociales, pero que, muy comprensiblemente, se resisten a confiar la cartera a los políticos porque ven los extractos de sus propias cuentas bancarias y comprueban que no les está yendo bien así (y porque, en cualquier caso, un político y una cartera abierta nunca deberían estar juntos). Y que son seres humanos más complejos que unos payasos reaccionarios, racistas, sexistas y ‘homófobos’, como demasiadas veces los pinta, de modo caricaturesco, la izquierda”.

Para ilustrar su tesis, el comentarista alude a la purga de los planes de estudios, para hacerlos “políticamente correctos”: por ejemplo, eliminando autores clásicos occidentales para dar entrada a otros de orígenes diversos. “Sospecho que, al final, la juventud negra e hispana de Estados Unidos, que tanto depende, para progresar, de una formación profesional superior escasamentefinanciada, nos tendrían un agradecimiento bastante mayor si hubiésemos logrado facilitarles más becas y recursos y ordenadores, que el que ahora nos tienen por haber logrado meter a Cheikh Anta Diop [escritor panafricanista senegalés] en un programa de lecturas obligatorias”.

Un gobierno arrogante y lejano

Tomasky cree que los problemas que preocupan a la gente no se resolverán con las recetas de los conservadores que acaban de ganar. Pero quizá la experiencia será al menos el correctivo que necesitaba la izquierda para desprenderse de sus clichés. Pues en los últimos tiempos ha mantenido “un sistema de clasificación política por el que todo aquel que no suscriba las posturas políticas más novedosas, más de moda y más subversivas -en sentido superficial, por supuesto-, en relación con una lista de cuestiones, queda automáticamente tachado de enemigo del ‘progresismo’ y juzgado indigno de respeto o aprobación”.

“Esto tiene que acabar. No para resucitar la vieja izquierda de los años 30, porque también esa ha ido a parar al cubo de la basura; sino para renovar un movimiento que comprenda: primero, que las ideas nuevas y superficialmente radicales no son todas buenas; segundo, que las ideas viejas -tradicionales, me atrevo a decir- no son todas malas; y, por último, que una combinación de unas y otras puede constituir una visión progresista real de la sociedad basada en el trabajo, la educación, la comunidad y todas esas otras cosas que eran nuestras ideas básicas, pero que de alguna manera abandonamos hasta permitir que la derecha se apropiara de ellas y las pervirtiera”.

Desde una postura ideológica muy distinta, otro comentarista, George F. Will, de The Washington Post, interpreta de modo semejante el descontento del electorado: “Con viva franqueza, los electores han dicho aproximadamente esto: algo va mal cuando un gobierno que no logra repartir el correo puntualmente, reparte preservativos entre los niños. O sea, muchas veces el gobierno es incompetente en sus cometidos básicos y agresivo en asuntos que no son en absoluto de su incumbencia”.

En The New York Times, William Safire escribe: “la causa del terremoto es que la mayoría de la gente está cada vez más convencida de que el gobierno está haciéndose demasiado grande, intervencionista, arrogante y lejano… y que derrocha el dinero de los impuestos en todos los niveles. La comprensible reacción de los votantes ha sido echar del cargo a todos los partidarios del statu quo que no se han enterado”.

Tendencias descalificadas

Joe Klein opina en Newsweek que estas elecciones no señalan el fin del liberalismo (en el sentido americano del término), es decir, la creencia en que el gobierno debe intervenir para tratar de mejorar la vida de los ciudadanos. “Todavía hay en la gente un fuerte deseo de protección frente a las vicisitudes de la edad, de la enfermedad y de la inestabilidad económica. La tendenciafundamental en la política americana sigue siendo la necesidad de amparo frente al Gran Miedo: las incertidumbres económicas y sociales que han afectado a la clase media en la era global y postmoderna. Ninguno de los dos partidos políticos ha comprendido totalmente el fenómeno. Los demócratas se han resistido a tratar los aspectos sociales del Miedo, es decir, la reacción contra la cultura de pacotilla, la pérdida de valores éticos y la desintegración familiar; los republicanos se resisten a admitir que el miedo económico responde a algo más que a desánimo por impuestos demasiado altos”.

Si la necesidad de la acción social no ha desaparecido, sí puede celebrarse ya el funeral por dos tendencias nacidas en los años sesenta. La primera es la contracultura, que llevó a mirar con simpatía comportamientos antisociales: “Había un desdén existencial por los valores ‘burgueses’, una exaltación de los experimentos en lo que respecta al sexo y a las drogas (con consecuencias más catastróficas, obviamente, para los pobres)”. Pero ahora, incluso muchos liberales izquierdistas de los años 60 han dejado de “comprender” y de idealizar las conductas antisociales. Hoy defienden medidas más duras contra el crimen y mayores exigencias para disfrutar de las ayudas sociales. Un resto de los viejos días, dice Klein, es la creencia de que es preciso “proteger” a las minorías étnicas aplicándoles criterios diferentes (es decir, más bajos), a la hora de exigir requisitos para un puesto. Klein piensa que estos remedios basados en criterios étnicos van a estar en el punto de mira de los ataques republicanos.

La otra tendencia descalificada en estas elecciones, subraya Klein, es la burocracia del Estado Providencia. Los demócratas son considerados como el partido estatalista, porque dentro de él los burócratas del sector público representan el principal grupo de interés. Esta burocracia ha perdido el favor público. “Si en el futuro deben ampliarse los servicios sociales, probablemente deberán ser privatizados y financiados mediante ayudas públicas que respeten la libertad de elección del ciudadano. Y si el liberalismo quiere revitalizarse, habrá de apoyar tales soluciones, frente a aquellos que se oponen a todo tipo de intervención gubernamental”.

La poda del Estado de Bienestar

En cuanto a la capacidad republicana para llevar a la práctica el programa de reducción de impuestos y reforma del Estado de Bienestar, Newsweek piensa que “será más difícil de lo que parece”. “Los votantes pueden descubrir pronto una verdad incómoda: que el verdadero beneficiario del Estado de Bienestar es la clase media. Casi la mitad de todas las familias norteamericanas reciben algún tipo de beneficio federal: un cheque de la asistencia social, un préstamo para campesinos, una desgravación fiscal, una ayuda en las tasas universitarias. Sólo la tercera parte de todo el dinero gastado por el gobierno en programas sociales va a los pobres”.

Casi todo el mundo está de acuerdo en que es preciso endurecer las condiciones para beneficiarse de la asistencia pública, de modo que nadie pueda vivir a costa de ella indefinidamente. Un problema típico es el de las madres solteras. Tanto Clinton como los republicanos están de acuerdo en algunos criterios fundamentales: “Los dos creen que las madres adultas no deberían vivir de la asistencia pública durante más de dos años; que el gobierno debería ofrecer un programa de capacitación para el trabajo a los que no puedan encontrar un empleo en el sector privado; y los dos quieren inducir a las madres que viven de la asistencia pública a que no tengan más hijos. Los republicanos son particularmente drásticos en su ataque a la maternidad de adolescentes: eliminarían cualquier tipo de ayuda social a las madres solteras menores de 18 años”.

Contracultura republicana

Las respuestas a las intenciones de los republicanos no se han hecho esperar. Así, Frank Rich hace notar en The New York Times que las tendencias que los republicanos denuncian como contraculturales son promovidas en la industria del espectáculo por aliados de los conservadores.

“La cultura -alta y baja, buena y mala, moral y de mala fama- no sigue las divisiones entre partidos. Pocos pondrían en duda que telefilmes como Melrose Place y Studs compendian lo que Gingrich descalifica en la cultura norteamericana, pero ¿quién es responsable de ello? No la contracultura, sino Fox, la cadena de televisión propiedad de Rupert Murdoch, que publica The New York Post, uno de los periódicos más conservadores de Estados Unidos.

“¿Y quién representa el mayor éxito de la violencia como entretenimiento en el cine? Arnold Schwarzenegger, otro republicano. ¿Quién es el más ruidoso partidario de Mick Jagger y Bruce Springsteen que triunfa en las elecciones? El nuevo gobernador de Nueva York, George Pataki.

“Por el contrario, es la Ministra de Justicia Janet Reno quien ha intentado convencer a Hollywood para que reduzca la violencia, y Tipper Gore, la mujer del vicepresidente, quien ha dado la batalla contra las canciones de rock obscenas”.

Los nuevos ideólogos

Los nuevos líderes republicanos son intelectuales que se han lanzado a la acción, y en bastantes casos han sido profesores antes de entrar en la política. “La nueva ola -dice Newsweek- no tiene lazos con la Ivy League o con los dogmas políticamente correctos allí desarrollados. En cambio, sus héroes son filósofos del libre mercado, desde Adam Smith a F.A. Hayek, y líderes británicos conservadores como Winston Churchill y Margaret Thatcher”.

Aparte de los líderes que han entrado en el Congreso, están los ideólogos que han proporcionado munición intelectual para la batalla. The New York Times ofrece una muestra, que refleja distintos grupos integrados en el partido republicano.

William Kristol, 41 años, hijo del comentarista conservador Irving Kristol, se ha distinguido por sus ideas sobre la reforma sanitaria. Grover Norquist, presidente de Americanos por la Reforma Fiscal, está considerado como un experto en los movimientos populistas contra nuevos impuestos. Ralph Reed, director de Coalición Cristiana, representa los grupos que se preocupan sobre todo por los problemas morales y sociales. Reed ha procurado hacer de puente entre estos grupos y los republicanos interesados sobre todo en la economía. La reforma del Estado de Bienestar y las deducciones fiscales para las familias han sido un terreno común para ambas tendencias. A su juicio, el cambio social para restaurar los valores familiares ha de hacerse sin prisas y con pasos bien medidos.

Los temas éticos son también la preocupación central de William Bennet, que fue secretario de Educación con Reagan. En la campaña presidencial de 1992 muchos expertos dijeron que una defensa de estos ideales suscitaba demasiadas divisiones y que, por lo tanto, era mejor no incluirla en una programa que debía buscar el centro. Pero Bennet dice que lo que no sirve es “utilizar los temas morales como una porra”.

Kate O’Beirne desarrolla su labor en la Heritage Foundation, que surte de ideas a los republicanos. Una de ellas es la deducción fiscal de 500 dólares por hijo.

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