¿Para qué queremos ser diversos?

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Duración lectura: 2m. 30s.

Al igual que otras universidades norteamericanas, como la de Carolina del Norte en Chapel Hill o la de Princeton, la Universidad de Notre Dame ha convertido la diversidad en uno de sus valores fundamentales. Su página web la define como “una necesidad moral e intelectual”. Y su rector, John Jenkins, se ha encargado de poner en marcha un Comité para la Supervisión de la Diversidad y la Inclusión.

A Michael Bradley, estudiante de un máster en Notre Dame y colaborador de la revista Ethika Politika, la visión de la diversidad como una necesidad moral le parece exagerada. Partiendo de la distinción clásica entre bienes humanos básicos y bienes instrumentales, señala que la diversidad “en sí misma es moralmente neutra”. Como la riqueza, que puede o no estar al servicio de bienes superiores.

“La aspiración a la diversidad expresa la aspiración a un estado de cosas donde es posible participar más ampliamente en los verdaderos bienes básicos de otros: el conocimiento, la amistad o el disfrute estético”, escribe en Public Discourse.

Así ocurre, por ejemplo, cuando los estudiantes y los profesores de una universidad se muestran dispuestos a juzgar con ecuanimidad los puntos de vista o las prácticas culturales y religiosas distintas de las suyas.

Pero la diversidad en sí misma no garantiza nada: “Una comunidad académica en la que algunos defendiesen la práctica de la eugenesia o las políticas genocidas no sería por ello más saludable. Ninguno de los rectores que abogan por la diversidad en sus campus desearía aumentar su plantilla con profesores cuyas publicaciones son mal valoradas, por mucho que su presencia hiciera más diversa a esa comunidad”.

¿De dónde le viene a la diversidad su prestigio? Bradley cree que esta palabra funciona como “un tropo retórico” que logra evocar una serie de valores más amplios como la tolerancia, la inclusión o la justicia; valores “que cualquier universidad está dispuesta a apoyar aunque solo sea por el bien de su reputación”.

Visto así, se entiende por qué a las universidades les puede interesar presentarse como diversas e inclusivas. “La nuestra es una época poco entusiasmada con la verdad (…), y confiamos en que nuestro apoyo a la diversidad sea muestra suficiente de que seremos benignos con los puntos de vista distintos e incluso incompatibles [con los nuestros]”.

Además, a las universidades con una identidad muy marcada, como la de Notre Dame, que es católica, apelar a la diversidad puede servirles “para demostrar que sin embargo están abiertas a la pluralidad y el diálogo”.

Y concluye: “Cualquiera que sean las razones de su popularidad, podemos decir que utilizar la palabra ‘diversidad’ para describir a una comunidad carece de connotaciones positivas a menos que –y hasta que– no se aclare antes qué se entiende por diversidad y por qué ser diversos en ese sentido contribuye al bien integral de esa comunidad”.