Líbano: tres grandes grupos con cambiantes alianzas políticas

Análisis

Beirut. Visto desde el extranjero, el actual panorama político libanés, con múltiples grupos y coaliciones cambiantes, puede resultar confuso. Para intentar comprenderlo se deben tener en cuenta varios factores. La población está constituida por tres grandes grupos, aferrados hasta ahora a su modelo cultural y social, el cual era relativamente homogéneo para el conjunto. Católicos maronitas, musulmanes sunnitas y chiítas, han convivido desde hace siglos en el país. Además, la situación geográfica del Líbano y el dinamismo de su gente ha permitido incorporar y recrear diferentes corrientes económicas, adaptándolas a la realidad libanesa.

Esta convivencia ha dado lugar a un auténtico mosaico de representantes políticos elegidos a través de una ley electoral que conjuga la proporcionalidad de los ciudadanos en zonas geográficas administrativas, con el respeto a la distribución confesional de las altas funciones estatales: la Presidencia de la República corresponde a un católico maronita, la del gobierno a un musulmán sunnita y la de Cámara de diputados a un chiíta. Una democracia parlamentaria “a la libanesa”.

Aunque no se disponga de cifras provenientes de un censo oficial reciente, se ha convenido en aceptar los datos que presenta un estudio estadístico de Youssef Chahid Al Doueihi publicado en grandes líneas en el diario libanés “Al Nahar” (13-11-2006). La población inscrita en los registros de estado civil asciende a cinco millones de habitantes, residentes o no en el país.

Un equilibrio político precario

En este momento se habla de un cambio sustancial en el rostro de la sociedad levantina. La emigración forzada por las circunstancias de conflicto y la influencia de la ideología antinatalista han mermado la presencia cristiana, que ha pasado de un 50% de la población en el momento de la repartición confesional de 1943, a un 35% de los 3,7 millones de libaneses residentes en la actualidad. Los sunnitas y los chiítas representan el 29% cada uno. Otros grupos minoritarios, los drusos, por ejemplo, representan el 5,38%. Esto hace que el equilibrio político sea precario.

En cada grupo hay diferentes corrientes económicas. Los que apoyan la economía de mercado pueden ser cristianos, sunnitas o incluso chiítas, y alinearse con el primer ministro Fuad Siniora (sunnita). Los que propugnan una economía asistencial y de corte más distributivo se identifican con Hezbollah (chiíta), con el partido del general cristiano Michel Aun, o incluso llegar a dar el voto al partido socialista liderado por el druso Walid Jumblatt.

En las últimas elecciones de diputados (2004), de 128 escaños el “Movimiento del 14 de Marzo” (agrupa sunnitas de Rafic Hariri, drusos de Walid Jumblatt, cristianos maronitas de las falanges y fuerzas libanesas) obtuvo 72; el “Bloque de la resistencia y del cambio” (Hezbollah y Amal, ambos chiítas, prosirios) consiguió 35, y el “Bloque del cambio y la Reforma” (cristianos prosirios, general Michel Aun y otros), 21.

Cada cierto tiempo este alambicado sistema es atacado por los que propugnan una democracia directa y aconfesional, con un criterio mayoritario, lo que permitiría crear una sola identidad nacional. Es la posición que defiende el partido del general cristiano Aun. ¿Demasiado vanguardista para los musulmanes, aunque sean libaneses? Tal vez sí, y valores cristianos que aún están presentes, como la indisolubilidad del matrimonio religioso o el peso moral de la Iglesia, por ejemplo, saltarían por los aires. Lo que explica el respaldo del patriarca maronita al gobierno de Siniora, que garantiza la continuidad de la representación por cuotas confesionales.

Despertar de los chiítas

El país conoció un desarrollo económico notable desde su independencia hasta principios de los setenta, basado en el sistema bancario que atraía grandes capitales de los países petroleros de Medio Oriente. Al mismo tiempo, la política social dio lugar a una gran clase media que gozaba de seguridad social, educación gratuita, y una calidad de vida respetable para bastantes de los ciudadanos con independencia de su credo. Muchas personas recuerdan estos años dorados y esperan que regresen. Esta bonanza se ha visto minada por los diferentes conflictos que han hecho del país su campo de batalla desde entonces.

Se han dado muchas explicaciones sobre las dificultades internas de los libaneses. La que parece más plausible señala su dependencia ideológica y económica del exterior, lo que les somete a los requerimientos de países terceros. Así los sunnitas, mayoritarios hasta ahora en Medio Oriente y norte de África, están siendo impulsados por EE.UU. y los europeos que apoyan a Israel, y que no quieren ver como vecino a un gobierno amenazador. La oposición clama contra la dominación sunní que busca crear un régimen al estilo saudita.

A esto se añade un despertar de los chiítas, con un mayor empuje demográfico que los otros grupos, y una mejora educativa que los hace más conscientes de su peso político. Cuentan con el apoyo del régimen sirio de Bashar al-Assad, que se vio obligado a retirar sus tropas del Líbano en 2005, tras una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU impulsada por Francia y EE.UU.

Las alianzas de los cristianos

Como señalaba en un comunicado la Asamblea Nacional de Obispos Maronitas, existe una “mayoría silenciosa” que se encuentra perpleja ante las corrientes antagonistas y hostiles. La Iglesia maronita se presenta como mediadora tradicional entre los diferentes grupos. El documento ha sido recibido con interés por todas las partes, pero solo constituye un punto de partida.

Entre los cristianos, conscientes de ser minoritarios, algunos se alían a los que propugnan la economía de libre mercado. Pero muchos piensan que con un régimen democrático de mayorías impuesto por los americanos en la región es más seguro unirse a los chiítas, conocidos por ser más tolerantes que los sunnitas, y que promueven una economía de carácter social que les beneficiaría. Así se entiende que simpaticen con el primer ministro iraní Ajmadinejah, que se presenta como paladín de la justicia frente a los excesos del orden internacional imperante en la zona del Medio Oriente.

La oposición considera que durante muchos años ha habido un doble juego en la región que ha minado la confianza en la sinceridad de los políticos americanos hacia el Líbano. Para muestra, basta observar la incapacidad de la comunidad internacional para detener los bombardeos desproporcionados del ejército israelí a todo lo largo del país durante el pasado agosto…y luego el envío de tropas de la Finul para garantizar la frontera a partir de octubre.

Elegido legítimamente en las elecciones de 2005, el actual gobierno de Fuad Siniora no está dispuesto a dimitir como se lo exige la oposición liderada por Hezbollah y el general Michel Aun. Y así pretende seguir, confinado en el edificio de gobierno con sus ministros, respaldado por Estados Unidos y la UE y rodeado de tiendas de campaña en las que se han instalado jóvenes de la oposición. Una oposición que amenaza con paralizar el país a partir del presente mes de enero y que critica la injusta distribución de los recursos económicos, la ingente deuda externa contraída por el anterior gobierno de Rafic Hariri y el alto precio que deben pagar los políticos, haciendo alusión a la serie de asesinatos, por falta de lo que se considera un gobierno fuerte.

La oposición llama a la desobediencia civil en la administración pública, además de bloquear el acceso al aeropuerto y a la zona comercial del centro de la ciudad. Con esto tratan de estrangular el sistema económico que mantiene a Siniora.

Este forcejeo a nivel nacional no deja de hacer pensar en la batalla que están librando las nuevas potencias, para hacerse escuchar desde la lógica de la ley del más fuerte impuesta por la comunidad internacional a partir del conflicto israelí-palestino.

Helene Daboin

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