La sociedad del comentario

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Duración lectura: 4m. 13s.
Diverse people showing speech bubble symbols

Foto: rawpixel.com – www.freepik.es

En los platós de radio o de televisión, expertos, tertulianos y periodistas son invitados a comentar permanentemente la actualidad. Las redes sociales permiten a cualquiera dar su opinión. Un reportaje de Nicolas Truong en Le Monde plantea si se trata de un progreso democrático o de una regresión.

Truong constata que hay un ruido de fondo que “parece colocar la información y la opinión, las razones y las pasiones, los conocimientos y las experiencias bajo el signo de equivalencia”. La sociedad del comentario extiende su influencia en el espacio público a golpe de polémicas y de análisis en caliente. “¿Es una manifestación del igualitarismo de las posiciones o bien del relativismo de las opiniones?”.

Según el presidente Macron en una entrevista para el semanario L’Express, “el problema clave es la ruptura de las jerarquías, inducida por la sociedad del comentario permanente: el sentimiento de que todo vale, que todas las palabras son iguales, que la opinión sobre el virus de alguien que no es especialista vale lo mismo que el punto de vista del científico”.

Pero las palabras con autoridad se han acomodado también a los usos de las palabras desatadas. “La palabra política se ha dejado arrastrar al comentario, al formato de las redes sociales en las cuales hay que pensar en 280 caracteres”, dice la ensayista Agathe Cagé, autora de Respect!

También se observa hoy día que la información se ha convertido en un medio de entretenimiento, y el comentario, en espectáculo. El modelo de emisiones y comentaristas de los espacios deportivos se ha extendido a la esfera política e intelectual.

La tecnología mediática informa el espacio público. Y el recurso incesante al registro emocional y la suspensión de lo racional engendran a veces monstruos como las fake news, los insultos, las campañas de acoso y la inflación de contenidos violentos. Hay que movilizar las emociones de los telespectadores para aumentar las audiencias y los ingresos publicitarios. Por eso las cadenas de televisión dan un espacio privilegiado a las polémicas, a los enfrentamientos, a los insultos, que son inmediatamente reciclados por las redes sociales.

Confusión entre el sabio y el político

Numerosos intelectuales se preguntan cómo comportarse en un espacio público que no se parece apenas al descrito por el filósofo Jürgen Habermas como ágora de debate razonado sobre asuntos de interés general. La entrada de los intelectuales en las justas mediáticas, atizados por las redes sociales y solicitados por las cadenas de información, ha agravado la confusión entre el sabio y el político, constata Gérard Noiriel, autor de La fonction politique de l’intellectuel. “Los intelectuales del gobierno y los intelectuales críticos se han adaptado fácilmente a esta nueva situación, ya que no separan estrictamente las dos esferas”.

La figura del intelectual que interviene en el espacio público sobre una cuestión específica que domina parece hoy día acorralada en el torrente incesante de palabras en el que hay que opinar en todo momento. Pero optar por el silencio dejaría el campo libre al pensamiento desinformado.

También existe el riesgo de desacreditar la profesión periodística cuando la figura del informador se reduce a la de comentarista en los platós, sobre todo cuando los cronistas desdeñan los hechos.

Existe el riesgo de tergiversación de la función periodística, pero también de maniobra de distracción política. “La inflación de comentarios es una bendición para los gobernantes, que pueden así más fácilmente manipular el ciclo de información lanzando temas para desviar la atención u orientarla hacia temas que controlan”, explica la semióloga Cécile Alduy. “Cuando la información sigue más los comentarios que las acciones, reaccionar frente a una pequeña frase o un tema lanzado por el presidente o un ministro, va a tener ocupados a los periódicos y a los adversarios políticos durante algunos días, en detrimento de la investigación o de la recogida de propuestas alternativas sobre temas considerados importantes por las redacciones”.

¿La sociedad del comentario sería una amenaza para la democracia? “Todo lo contrario, asegura el sociólogo Arnaud Esquerre: la sociedad del comentario es la sociedad democrática. Las redes sociales han hecho públicas conversaciones que hasta ahora estaban confinadas en la esfera privada”. En cambio, otros, como Christian Salmon, piensan que “la instauración de la sociedad del comentario es la muerte de la deliberación democrática”.

Truong termina diciendo que “es posible reconocer las virtudes democráticas del comentario sin caer en la trampa del parloteo. Y escapar a ese torrente de palabras y de imágenes que puede parecerse a la comedia del ‘yo no sé nada pero lo diré todo’ (Pierre Richard)”.