La nueva idea de dignidad

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En un artículo publicado en Public Discourse, Roberta Green Ahmanson llama la atención sobre el nuevo concepto de dignidad que ha empezado a difundirse para justificar cambios sociales de alto voltaje ideológico como el aborto, el matrimonio gay, el cambio de sexo o el suicidio asistido.

En respuesta a un libro editado por el Consejo de Bioética del Presidente de EE.UU., en el que Leon Kass y otros prestigiosos autores alertaban sobre las amenazas actuales a la dignidad humana en el ámbito de la bioética (Human Dignity and Bioethics, 2008), el profesor de Harvard Steven Pinker escribió un artículo titulado “The Stupidity of Dignity”. Desde la perspectiva materialista de Pinker, el concepto de dignidad no es otra cosa que un caballo de Troya para introducir las ideas cristianas en la bioética.

Pero en vez de abandonar el uso de ese concepto, señala Ahmanson en su artículo, los contrarios a la idea clásica de dignidad –una cualidad intrínseca de la persona enraizada en la naturaleza humana– “hicieron algo mucho más inteligente y poderoso: mantuvieron la palabra pero transformaron completamente su significado”.

Ahmanson cita hasta cinco libros publicados durante los últimos años en EE.UU. y el Reino Unido en los que se aboga, de forma más o menos explícita, por un nuevo concepto de dignidad, centrado no en la naturaleza humana sino en nuestra capacidad para desafiarla; es decir, “para ir más allá de los límites naturales y de ese modo crearnos de nuevo”. En sintonía con Sartre, estos autores creen que no hay una naturaleza que nos defina sino solo la libertad de elegir ser alguien distinto.

La nueva idea de dignidad justifica, por un lado, una serie de libertades positivas: “libertad para cambiar de sexo, para casarse con alguien sin tener en cuenta el sexo o el potencial procreativo de la unión, para elegir cuándo vamos a morir y para implicar a los médicos en nuestra muerte, para abortar al bebé que se desarrolla en el vientre materno y para vender sus partes con fines comerciales”. Y, por otro, un arsenal de libertades negativas: uno tiene derecho a “liberarse del dolor y las molestias no deseadas, de las restricciones a lo que puedo hacer con mi cuerpo, de las palabras o ideas que ‘me ofendan’ o que cuestionen las decisiones que tomo”.

En definitiva, la dignidad ya no tiene que ver con quiénes somos, sino con lo que “nuestra voluntad libre de restricciones puede hacer o puede impedir hacer a otros”. Lo que incluye la abolición de las críticas a los propios estilos de vida, pues estas pueden ser “fuente de estigma, de vergüenza o de daños emocionales”.

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