La batalla del fin de la historia

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Duración lectura: 13m. 9s.

Bicentenario de la victoria napoleónica en Jena
La doble batalla de Jena y Auerstaedt (13 y 14 de octubre de 1806) fue otro destacado hito en el panteón de las victorias napoleónicas. Pero esta batalla no tuvo sólo consecuencias geoestratégicas; también influyó en el ámbito del pensamiento, y sus ecos se prolongan hasta nuestros días. Tres pensadores alemanes sacaron conclusiones de la derrota frente a Napoleón: la dialéctica como clave de interpretación histórica en Hegel, la guerra de aniquilación total vista por Clausewitz y el nacionalismo de Fichte saldrían de estas reflexiones.

Napoleón quizá no valoró tanto la victoria de Jena como las de Austerlitz y Wagran. Fue incapaz de sospechar que de las cenizas de la batalla emergería una Prusia -y una Alemania- con una fuerte vocación de ser la primera potencia continental europea.

El triunfo de una filosofía idealista

En octubre de 1806, al tiempo que se producía la victoria napoleónica, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) había terminado su “Fenomenología del espíritu”, su primera gran obra en la que su filosofía idealista es anunciada a bombo y platillo, un libro en el que su autor se representa a sí mismo como un ser absolutamente libre: “Al ser libre, consciente de uno mismo, todo un mundo surge a la vez de la nada… la única creación a partir de la nada que es verdadera e imaginable”. El filósofo se convierte de esta manera en creador y hasta en señor de la Historia.

No están muy lejos estas afirmaciones de lo que unos años antes expresaran otros pensadores idealistas como Hölderlin, que fue compañero de estudios de Hegel en el seminario luterano de Tubinga, al afirmar que sentía dentro de sí una vida no creada por ningún dios y que existía por sí mismo, y que únicamente por un deseo libre estaba ligado al Todo. Ni que decir tiene que el Todo no es Él sino Lo: el panteísmo de cierta filosofía griega, tan admirada por Hegel y Hölderlin, adquiere carta de naturaleza en un sistema de pensamiento que pretende, acaso más que otras filosofías anteriores, encontrar la explicación definitiva sobre el mundo y llegar a la culminación de la Historia.

Con tales aspiraciones, no es extraño que la filosofía idealista alemana acabe imponiéndose como sustitutivo de una religión con aspiraciones universalistas. Aunque paradójicamente su universalismo no es tal, pues aboga por la construcción de una “religión nacional”, en este caso alemana.

Aquí es evidente la influencia de la Revolución Francesa, tan cara a muchos pensadores alemanes de la Ilustración, empezando por el propio Goethe. En este sentido Hegel afirmará que la Revolución supone “una reconciliación de lo divino con el mundo”. Esto explica su admiración por Napoleón, pese a ser el vencedor de los prusianos. De hecho, Goethe también había afirmado que empezaba una nueva era histórica tras la derrota prusiana frente a los revolucionarios franceses en Valmy (1792).

Escatologías laicas

Del mismo modo, la derrota de Jena no despierta en Hegel sentimientos de tristeza por la dominación de los franceses sobre Alemania. Antes bien, el filósofo se siente fascinado por la entrada de Napoleón en Jena en el anochecer que precedió a la conclusión de la batalla. El entusiasmo de Hegel se aprecia en una carta escrita aquella misma noche del 13 de octubre de 1806 a su amigo Niethammer: “He visto al emperador -ese espíritu del mundo- salir de la ciudad para efectuar un reconocimiento; en efecto, es una sensación maravillosa ver a un individuo semejante que, concentrado en un único punto, montado a caballo, se extiende sobre el mundo y lo domina”.

A Hegel no parece importarle que los franceses hayan saqueado el lugar en que se alojaba y haber tenido que refugiarse en casa de su amigo, el librero Frommann. Perderá su empleo en la universidad de Jena y quedará en una situación precaria para mantener a Christiane Burckhardt, la mujer que le dará un hijo meses después. Lo único que le importa es haber salvado su manuscrito de la “Fenomenología del espíritu”, en el que presenta una concepción total del mundo y un saber absoluto.

Hegel verá en la batalla de Jena el fin de la Historia. El imperio napoleónico representa al Estado absoluto que supone la culminación de los tiempos. Esta escatología laica no es enteramente original de Hegel, pues el economista fisiócrata Turgot la había expuesto en Sobre la historia universal (1751), un marco de la historia humana presentada como una sucesión de civilizaciones en las que se enfrentan la libertad y el despotismo.

Esto no deja de ser la versión ilustrada de ese dualismo antagonista de las dos ciudades que san Agustín expusiera en “La ciudad de Dios” a principios del siglo V, cuando contrapone a la Jerusalén celestial con la Babilonia terrestre. La teoría de Turgot sería retomada unos años más tarde por Condorcet en su “Bosquejo de un marco histórico sobre los progresos del espíritu humano”, cuya redacción fue finalizada en 1793. En este autor francés, guillotinado por los jacobinos, triunfa la idea de una historia en sentido lineal, que llegará un día a su fin con la culminación del progreso humano: no es una historia cíclica como la de los griegos y en el fondo no deja de ser una secularización del dogma de la Redención cristiana.

El Estado absoluto hegeliano

Por su parte, Hegel expondrá en su “Fenomenología del espíritu” otro dualismo que le sirve para pasar del simple estado de conciencia de las cosas en el mundo a lo que llamará “conocimiento absoluto”. Se trata de la alegoría del amo y del esclavo, una relación que es conflictiva porque ambos tienen necesidad de reconocimiento. Cuando desaparece la diferencia entre amo y esclavo y se interrumpe la lucha ancestral entre los dos individuos, la Historia llega a su fin, pues sin amo no hay esclavo y sin esclavo no hay amo. Se pasaría de una tesis, representada por el guerrero, y de una antítesis, encarnada en el burgués, a una síntesis que supondría la superación de ambas.

Según Alexandre Kojève (1902-1968), filósofo francés de origen ruso, éste es el núcleo del pensamiento de Hegel: en este hecho bélico se forjaría su concepción total del mundo y su saber de carácter absoluto. El pensador alemán habría tomado conciencia en la batalla de Jena de que la Historia se acaba o está a punto de acabarse. En realidad, todo habría comenzado en la Revolución Francesa donde, según Kojève, habría desaparecido del pensamiento humano la distinción entre amo y esclavo.

Las guerras napoleónicas sirvieron para extender esas ideas por Europa, y será precisamente el imperio de Napoleón el que represente el Estado absoluto hegeliano en el que un individuo singular llega a la cima de la Historia. Con todo, al emperador francés le faltaba un elemento esencial para ser el “hombre perfecto”: tomar conciencia de sí mismo. Esto no lo hará el guerrero, aunque sus ejércitos introduzcan en los países conquistados las leyes que dan la preponderancia a la burguesía. La autoconciencia, capaz de llevar a cabo y de realizar la necesaria síntesis en la evolución histórica, corresponderá al intelectual -que no es amo ni esclavo- y que no es otro que el propio Hegel.

De Lenin a Fukuyama

La dialéctica hegeliana, expuesta en la contraposición amo-esclavo, alcanzará sus cotas más altas con Marx y Engels, profetas de la lucha de clases en una evolución histórica que no es otra cosa que el enfrentamiento de los opuestos. Su escatología laica llegará a otro hito singular en un personaje que aúna los rasgos del intelectual y el político: Lenin, que también enarbola otra fecha para el fin de la Historia: la revolución de octubre de 1917.

La doctrina hegeliana del fin de la Historia encontrará con el final de la guerra fría otro representante, el norteamericano Francis Fukuyama. En realidad, este autor debe mucho a Kojève y a su “Introducción a la lectura de Hegel” (1947), donde afirma que la época posnapoleónica marca el paso hacia “un Estado homogéneo y universal”, la última frontera para los seres humanos.

En Fukuyama surge otra vez la carcasa hegeliana, que ya no es el socialismo de corte soviético, sino la democracia liberal y la economía de mercado, únicas alternativas viables para la sociedad actual. Su visión de la Historia es, por tanto, direccional y progresiva. No cabe duda de que seguirá habiendo guerras, terrorismo y tensiones en el mundo. Este tipo de acontecimientos históricos no se ha terminado, pero el final del progreso histórico pasará por el triunfo del Estado liberal.

La nación en armas

El famoso estratega prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831) sacaría también conclusiones de la batalla de Jena. Comprenderá que con ella se ha impuesto el modelo militar de la nación en armas, característico de la Revolución Francesa. El ejército de los ciudadanos ha sustituido al de los soldados: las masas combaten con más ardor y fanatismo que los profesionales y se preocupan mucho menos de las leyes de la guerra. De ahí que el militar haya visto que Napoleón ha roto definitivamente con las guerras de academia o de salón del siglo XVIII, para sustituirlas por el concepto de “guerra absoluta”, que Clausewitz asumirá con todas sus consecuencias.

La tradicional idea cristiana de la guerra justa ha quedado definitivamente arrumbada -si es que no lo estaba ya- en el desván de la Historia. Triunfa la estrategia del aniquilamiento del enemigo que acompañará a la mayor parte de los conflictos hasta nuestros días. La guerra total de la contienda universal de 1914 será el resultado del vínculo entre la Revolución industrial y el Estado-nación. Clausewitz hace de Bonaparte el “dios de la guerra”, una especie de Marte implacable que hace realidad aquello de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.

A diferencia de conflictos anteriores, en las que podían predominar intereses dinásticos de corto alcance, las guerras napoleónicas son un verdadero instrumento político. Son el resultado de una estrategia integral en la que todo está subordinado a la política del Estado-nación. Arnaud Blin, un estratega francés actual que ha estudiado la batalla de Jena y sus repercusiones de todo tipo (1), subraya, sin embargo, que Napoleón terminará fracasando porque su sistema europeo descansa casi exclusivamente en medios militares. En cuanto éstos fracasen, todo el entramado se viene abajo, pues la violencia sólo engendra más violencia y los humillados de hoy pueden ser los vencedores de mañana. Los prusianos derrotados en Jena fueron en pocos años los vencedores de Leipzig y Waterloo.

Programa para alemanes

La batalla de Jena impresionó también al filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte (1762-1814). Fichte lamentará un año después la pérdida de la independencia en sus “Discursos a la nación alemana”, pronunciados en el gran anfiteatro de la Academia de Berlín. En ellos ha abandonado la imagen del sabio cosmopolita ilustrado, admirador de la cultura francesa, para convertirse en símbolo del nacionalismo, pues en su primer discurso afirma que habla para alemanes, nada más que para alemanes y sólo de alemanes. Señalará incluso el valor intrínseco de la lengua alemana sobre las demás, en una arrogante comparación entre la vida y la muerte.

Fichte verá en la derrota militar de Prusia no una desgracia sino una oportunidad: “La pérdida de la independencia entraña para una nación la imposibilidad de intervenir en el curso del tiempo y de determinar a su guisa sus acontecimientos. En tanto que no haya salido de esta situación, no será ella la que disponga de su tiempo ni de sí misma… No saldrá ya de este estado más que con la condición expresa de ver nacer un mundo nuevo, cuya creación marcaría el origen de una nueva época personal, que ella llenaría con su particular desenvolvimiento”.

Sin embargo, los discursos de Fichte enmascaran toda su fibra política bajo la forma de lecciones públicas sobre el mejoramiento de la educación. Es una educación nueva, no dirigida a las clases cultivadas, sino a la gran mayoría del pueblo. Al patriota alemán, herido en su orgullo por los franceses, sólo le queda la educación, una educación que es adoctrinamiento por parte del Estado, crisol de futuros patriotas o ciudadanos. Todo un programa en el que es difícil distinguir la diferencia entre el entusiasmo y el fanatismo, según lo entendía un pedagogo como Rousseau.

Dos siglos después de la batalla de Jena, el Estado absoluto, la guerra total y la afirmación nacionalista han dejado también su huella en la humanidad.

Antonio R. Rubio


La “guerra total”, según ClausewitzCarl von Clausewitz vio que las armas y las ideas modernas radicalizaban la lógica implacable de la guerra, como expone en el siguiente fragmento de su obra más famosa (2).

Como es natural, las gentes de buen corazón pensarán que hay algún medio ingenioso de desarmar o derrotar al enemigo sin excesivo derramamiento de sangre y quizás imaginen que ésta es la verdadera finalidad del arte de la guerra. Aunque sugestiva, esta idea es una falacia que es preciso desvelar: la guerra es un asunto tan peligroso que los errores debidos a la benevolencia son los más graves de todos. Si uno de los bandos utiliza la fuerza sin remordimiento y no se detiene ante el derramamiento de sangre al tiempo que el otro se contiene, aquel bando obtendrá ventaja. Aquel bando obligará al otro a reaccionar, cada uno arrastrará al contrario a situaciones extremas, y los únicos factores limitativos serán las contrapartidas propias de la guerra.

Así es como debe examinarse el asunto. Sería inútil y hasta equivocado empeñarse en cerrar los ojos ante la verdadera naturaleza de la guerra por la angustia que causa la brutalidad.

Introducir el principio de la moderación en la teoría de la guerra siempre conduce al absurdo lógico.

Si la guerra es un acto de fuerza, las emociones no pueden faltar. Quizás las emociones no hayan desencadenado la guerra, pero aquellas le afectarán en alguna medida y esta medida no dependerá del grado de civilización, sino de la importancia de los intereses en conflicto y de la duración del enfrentamiento.

La invención de la pólvora y el constante perfeccionamiento de las armas de fuego bastan por sí mismas para demostrar que el avance de la civilización no ha logrado alterar ni desviar la tendencia a destruir al enemigo, que es el núcleo de la idea misma de la guerra.

____________________(1) A. Bin, “Iéna, Octobre, 1806”, Pour l’Histoire, Perrin, París, 2003.(2) Carl von Clausewitz, “De la guerra”, Libro I, 3, Ministerio de Defensa, Secretaría General Técnica, Madrid, 1999.