En busca del progresista puro

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 6m. 39s.
Bernie Sanders (CC Gage Skidmore) y Keir Starmer (CC Chris McAndrew). Fotomontaje: Aceprensa

Bernie Sanders (CC Gage Skidmore) y Keir Starmer (CC Chris McAndrew). Fotomontaje: Aceprensa

 

La crisis de identidad que padece la izquierda, desdibujada –como la derecha– por múltiples causas en tensión, empieza a acusarse en el perfil de algunos de sus líderes. Si no está claro qué define al progresismo hoy, resulta difícil saber qué debería caracterizar al candidato correcto.

Casi una semana después de anunciar su retirada de la carrera por la nominación demócrata, Bernie Sanders ha dado su apoyo a Joe Biden, quien previsiblemente se enfrentará a Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre.

Estos días se ha hablado mucho de la impronta que Sanders –registrado desde 1979 como independiente, con los paréntesis de las primarias de 2016 y las de ahora– ha dejado en el Partido Demócrata. Pero no hay que olvidar la que el establishment ha dejado en él. La transformación ha sido mutua, y vuelve a dejar a la vista las fallas de diversidad que presenta el partido.

¿Gana o pierde Sanders?

Tras ser derrotado por Hillary Clinton en las primarias de 2016, Sanders logró que la entonces candidata demócrata se presentara a las presidenciales con un programa más escorado a la izquierda en lo económico: propuso aumentar los impuestos a los más ricos, matrículas gratuitas en las universidades públicas para los hijos de familias con menos ingresos, un plan de ayudas para aliviar la deuda universitaria, una mejora del salario mínimo federal, bajas laborales remuneradas por motivos familiares…

Todos estos asuntos ya forman parte del mainstream demócrata. Y se espera que Biden haga nuevas concesiones al sector de la izquierda más interesado por las cuestiones económicas y laborales. Según esta narrativa, alimentada por el propio Sanders –“no solo estamos ganando la batalla ideológica, sino también la generacional”, dijo en su retirada–, el senador por Vermont sería el ganador del duelo con el establishment demócrata: hace como que se va, pero entre medias cambia al partido.

Sin embargo, esto es solo una cara de la moneda. La otra es que la cúpula demócrata también ha cambiado a Sanders, quien ha terminado renunciando a la autenticidad que le ha hecho atractivo entre los jóvenes para contentar –aunque no lo suficiente– al ala más combativa en las guerras culturales.

La prueba del algodón

Justo después de que Hillary Clinton perdiera las presidenciales de 2016 frente a Trump, Sanders pidió al Partido Demócrata que superara de una vez la política identitaria, y abogó por “candidatos que se pongan del lado de los trabajadores y que entiendan que la renta familiar ha bajado en términos reales”.

Ese enfoque centrado en las causas clásicas de la izquierda le llevó a respaldar en 2017 a Heath Mello, candidato demócrata a la alcaldía de Omaha (Nebraska) con un programa de marcado acento social. Pero Mello cayó en desgracia en su propio partido por haber votado en el pasado a favor de restricciones al aborto. Sanders, que es pro-choice, salió en su defensa, pues no consideraba que el apoyo al aborto fuera una prueba de pureza ideológica ni un requisito indispensable para acceder a un cargo en el partido. “Creo que no puedes excluir a alguien solo porque discrepa de nosotros en un asunto”, dijo.

Esto es lo que ha cambiado en las primarias para las presidenciales de 2020. Si Sanders se distinguió entonces por ser un verso suelto contra la uniformidad, en esta campaña ha afirmado que “ser pro-choice es absolutamente esencial para ser demócrata”. Pocos días después reafirmó su compromiso con el lanzamiento de un nuevo plan proaborto.

También Biden ha evolucionado, pasando a defender –desde el pasado junio– la financiación del aborto con fondos federales, lo que no había hecho nunca en su dilatada trayectoria política.

Siempre se podrá decir que fueron decisiones personales. Pero la respuesta no convencerá a quienes ven un patrón. En este sentido, llama la atención la brecha entre las posiciones de los candidatos demócratas que competían en estas primarias (casi todos apoyaban el aborto durante el tercer trimestre del embarazo) y las de sus votantes (el 49% lo limitaría al término del primer trimestre).

A estas alturas, no es disparatado suponer que Biden (o cualquier otro candidato demócrata que hubiera salido) será lo que su partido quiera que sea.

Socialismo identitario

En el Reino Unido, Jeremy Corbyn también dejó el liderazgo del Partido Laborista convencido de que había ganado la batalla ideológica –“hemos reescrito los términos del debate”–, pese a que los socialistas sufrieron una derrota histórica el pasado diciembre.

Tras la debacle, comenzó la carrera por la sucesión con cuatro mujeres y un hombre. Según un cliché cada vez más habitual en el análisis político, el campo de las primarias laboristas se dividía entre los candidatos “moderados” (los menos estatistas) y los de la “izquierda dura” en lo económico. Después de sucesivas rondas, Keir Starmer se impuso el 4 de abril a Rebecca Long-Bailey, la favorita de Corbyn.

El nuevo líder laborista ha hecho valer su equidistancia respecto a Blair y a Corbyn. Abogado especializado en derechos humanos, Starmer, de 57 años, fue responsable de la fiscalía británica con Gordon Brown y portavoz para el Brexit con Corbyn.

Pero su equilibrismo no gusta a todos. Aunque sus credenciales izquierdistas y antiausteridad están fuera de duda, los corbynistas le ven como “un centrista soso”. Y aunque su mensaje de unidad no elude “el lenguaje de los absolutos morales”, como explica Patrick Maguire en New Statesman, hay cierta vaciedad: “Soy el tipo de persona –dice Starmer de sí mismo– que, cuando veo que algo está mal o es injusto, no puedo pasar de largo”. Este tipo de frases le permiten salir airoso, sin mostrar siempre a las claras qué piensa en asuntos disputados entre las facciones laboristas.

Starmer también aspira a conciliar los intereses de la clase obrera con los de los movimientos feminista, ecologista y LGTB, para hacer del laborismo el “partido unido de los oprimidos”, en sus propias palabras. El planteamiento es similar al del socialismo identitario que defiende la nueva generación de congresistas demócratas en EE.UU., con Alexandria Ocasio-Cortez a la cabeza. Pero seguramente el tono de Starmer será más comedido. Maguire lo define como “un radical sensato”; y fuera del artículo, en Twitter, como un hombre de la “tecnocracia jurídica liberal”.

Para un apasionado de las ideas políticas como Tom Slater, subdirector de Spiked, Starmer representa el regreso a la política sin alma. Es difícil seguir su discurso, dice. Y no porque se exprese mal. Al revés, todo lo que dice está cuidadosamente pensado. El problema es que es de una levedad llamativa, “repleta de tópicos y de una retórica etérea y altiva, que se evapora al contacto con el cerebro”.

En descargo de Starmer, hay que decir que las generalidades que le achacan estos analistas bien podrían responder a una estrategia temporal. Quien aspire a ganar el favor de blairistas y corbynistas, necesariamente tendrá que hacer equilibrios. Y es su fama de gestor competente lo que otros ven como una buena baza: “Keir Starmer ganó porque era el mejor candidato para llevar a los laboristas al menos algún tipo de respetabilidad electoral”, escribe David Kogan en UnHerd.

En cualquier caso, sí llama la atención la falta de un discurso propio que entusiasme al laborismo, recién salido de un duro golpe. Sanders sí lo tenía al principio, pero no convenció. El nuevo líder laborista opta por la prudencia y evita definirse demasiado, en un momento en que el progresismo no tiene claras sus señas de identidad.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares