Humanismo cristiano y liberal

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Antonio Fontán, catedrático emérito de la Universidad Complutense (Madrid), describe en “ABC” (1 octubre 2004) el pensamiento humanista inspirado en el cristianismo, que no es –aclara– un confesionalismo.

(…) El humanismo cristiano no significa una confesionalidad política y social, que en nuestro siglo no postula el catolicismo, ni en la práctica casi ninguna de las demás confesiones cristianas. (…) Eso no es el humanismo cristiano y liberal que inspira ciertas ideologías políticas y al que cuadran, sin incompatibilidad alguna, dos definiciones que se hallan en una obra tan neutral y objetiva como la actual versión del famoso diccionario Webster. El nuevo humanismo, se lee allí, es una doctrina filosófica del siglo XX que se distingue por su fe en la moderación, en la dignidad de la voluntad humana y en un sentido de los valores permanentes. Dentro de ese amplio espacio un cristiano puede encontrarse en su propio terreno, porque el humanismo cristiano es “una filosofía que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos”.

Además de nuevo y cristiano, que en este caso son conceptos convergentes, suelen acompañar al término humanismo en el siglo pasado, y quizá también en este, otros adjetivos que quieren ser definitorios. Uno es el que se opone polarmente a cristiano y es toda una filosofía: el humanismo ateo (…). Es el humanismo de Feuerbach, de Comte, de Nietzsche, del que daría cuenta con su experiencia religiosa de buscar a Dios el ruso Dostoievski.

Hay otros humanismos sectoriales, como el científico, que, en cuanto filosofía general del hombre y de la vida, llega hasta donde llega y se queda ahí. Hay humanismos políticos como el de los marxistas, que ha sido arrumbado por la historia con la simple caída de un muro. Hay el fundamentalismo laicista, que algunos quieren extender desde Francia a toda Europa en la que podría ser la ley fundamental de la Unión. Incluso algunos apuntan a un humanismo de tradiciones occidentales, que implicaría consagrar una división del género humano según los puntos cardinales.

En medio de este desorden terminológico y lingüístico, la filosofía cristiana, que cree en la moderación como método, en la dignidad de la voluntad humana y su derecho a ejercerse libremente y en los valores permanentes de una concepción cristiana del hombre y de la vida, sin confesionalidades ni coacciones religiosas o laicistas, estaría llamada a asegurar la continuidad abierta y liberal de la historia de la actual Unión y de todo el continente, del que forma parte también la “santa Rusia” de la “tercera Roma”.

Hace pocos meses, en los borradores de la que se pretende que sea una constitución -o más propiamente una ley marco- para la Unión Europea, se reconocía que la cultura social, literaria y política de este conjunto de naciones tenía sus raíces en las tradiciones cristianas del continente que, además de historia, son vida. Después, el fundamentalismo laicista del gobierno francés y de algunos de sus asociados ha conseguido barrer esas líneas para sustituirlas por una corta serie de adjetivos que vienen a ser, como se dice en América, un “empty suit”, un “traje vacío” sin nadie ni nada dentro. (…) Europa, igual que España, y el cristianismo son realidades históricas, culturales y políticas que tienen mucho que ver entre sí.

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