Y algunos fueron a votar

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Algunos fueron a votar…y los otros les miraban extrañados. Era la primera semana de junio de 2009 y se trataba de elegir a las 732 personas que durante 5 años iban a representar a los ciudadanos de 27 países en el Parlamento Europeo.

Calculan los expertos (o lo temen, según su postura) que la tasa de participación podría descender hasta el 30%: es decir, 7 de cada 10 ciudadanos de los 27 países optarían por no optar. Con ello, se agudizaría la tendencia que se mantiene desde las primeras elecciones directas al Parlamento Europeo: en 2004 hubo un 18% menos de participación que en 1979.

Participación en las elecciones al Parlamento Europeo
1979
1984
1989
1994
1999
2004
Países miembros
9
10
12
12
15
25
Participación (%)
61,99
58,98
58,41
56,67
49,51
45,47

La baja participación afecta no sólo a los nuevos miembros (que en su primera convocatoria -dejando de lado los países con voto obligatorio- oscilaron entre el 48% de Letonia y el 18% de Eslovaquia), sino también a los más o menos antiguos. Estos pierden entre un 33% (Portugal) y un 11% (Italia), aunque los italianos, con más del 70% de participación, siguen haciendo que suba la media. Y todo esto con la excepción de Irlanda y Dinamarca, que más o menos se mantienen, y del Reino Unido, que ha ido subiendo de un modesto 32% a un modesto 39%.

Junto a grandes figuras (como el actual presidente, el alemán Hans-Gerd Poettering, o uno de sus posibles sucesores, el polaco Jacek Saryusz-Wolski) hay otros que están allí porque salieron -tuvieron que salir- de un gobierno nacional.

Pero, en general, acuden al Parlamento más de lo que parece (el 75% participa en más del 85% de votaciones), con bastante fiabilidad (es decir, de acuerdo con el programa de su grupo político).

Pero, sobre todo, se dice que un 70% de las disposiciones que afectan al ciudadano se toman en el nivel comunitario. En un 90% de ellas participa de forma vinculante el Parlamento (si se excluyen ámbitos no comunes, como la cooperación en política exterior). Por tanto, habrá que irse haciendo a la idea de que esos personajes no son una aparición marginal en la política, una especie de “secundarios de oro” en la gran película de la política nacional, sino personas que con su voto están configurando la sociedad en que vivimos.

La maquinaria trabaja entre bastidores

Trabajan en Comisiones: de Derechos Humanos; Cooperación al Desarrollo; Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria; Mercado Interior y Protección del Consumidor; Desarrollo Regional, entre otras 15: una es la de Peticiones, que atiende las quejas de los ciudadanos. Y otras dos, las de Presupuesto y Control Presupuestario. Porque, eso sí, el Parlamento es el “dueño y señor” del presupuesto: la Comisión propone, el Consejo opina y el Parlamento fija en qué se va a gastar y controla que se haga correctamente.

Es en las comisiones donde se realiza el trabajo de detalle: allí se preparan los documentos y las resoluciones, allí se debaten, se consensúan posiciones. Por eso, a veces, el Pleno ofrece una imagen poco animante: para cuando llegan allí las propuestas, ya está (casi) todo dicho y no son muchos los que se animan a ocupar los escaños (excepto en momentos áureos del Parlamento, que también los hay). La maquinaria trabaja entre bastidores, cuando el ponente de un informe busca resumir los argumentos para conseguir modificaciones a la propuesta que viene de la Comisión, modificaciones que sean aceptables a los Estados miembros (a veces ese consenso no existe) y que -sobre todo- cuenten con una mayoría en el propio Parlamento.

A los medios de comunicación saltan muy pocos asuntos, solo los controvertidos, pero en muchos otros se busca esa seguridad para el ciudadano (y sus niños: véase la reglamentación sobre juguetes), la libertad de circulación que es el corazón de este proyecto, el facilitar fondos para mantener el intercambio o para seguir siendo el mayor donante de cooperación al desarrollo.

No es un mundo perfecto, claro: ha habido casos de corrupción, aunque los controles se han ido haciendo cada vez más complejos y, desde luego, en los últimos años han saltado muchos más casos de otros niveles políticos; ahora que han abolido la publicación en papel de muchos documentos es más difícil seguir el trabajo parlamentario; han desaparecido las entrañables, aunque muy vacías, sesiones de los viernes… El Parlamento ejerce también una función de control sobre las otras instituciones: el Consejo ya tradicionalmente no contestaba muy entusiasmado a las preguntas de los parlamentarios y la actual Comisión -que no convence a casi nadie- ha bajado en su calidad y prontitud de respuestas. Pero ahí está ese control, que es una de las bases de la democracia.

El Premio Sajarov recompensa a personas o instituciones que luchan por los derechos humanos, por la libertad en el mundo. No todos han podido ir a recogerlo a Estrasburgo: Aung San Suu Kyi de Birmania, Leyla Zana, la diputada kurda de Turquía, Wei Jingsheng y Hu Jia de China, o Las Damas de Blanco de Cuba manifestaron con su ausencia la falta de libertad en sus países. Pero, al menos, el Parlamento Europeo funciona como un altavoz para estos flagrantes delitos.

No es un adorno

Muchas cosas han cambiado desde que en 1958 se estableció, para las Comunidades Europeas, una Asamblea Parlamentaria, que entonces no se elegía directamente. Los “padres fundadores” no querían una tecnocracia, sino una democracia –sui generis, porque, al fin y al cabo, son los Estados, y no los pueblos, los firmantes de las cartas fundacionales. Ya en 1952, el Conde Coudenhove-Kalergi, que tras la I Guerra Mundial había trabajado por conseguir un acercamiento entre los países europeos (el acercamiento o la guerra: ésa era la alternativa que intuía), escribía que la integración se estaba haciendo en los ministerios, pero no en los corazones.

¿Qué escribiría ahora? Posiblemente un lamento por el distanciamiento, la incomprensión, la falta de participación. El argumento “Si no votas, no te quejes” (que aparece en la página del Parlamento Europeo, como una de las diez razones para votar) posiblemente no convenza a nadie. Quede al menos esto claro: no es el Parlamento un adorno, una especie de juguetito democrático; esas 732 personas van a contribuir a configurar la sociedad; si son buenos y trabajan bien (saben trabajar y moverse en los recovecos de la política), harán una buena sociedad. Así de fácil. Es hora de exigir.

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NOTA

Enrique Banús es Director del Institut Carlemany d’Estudis Europeus en la Universitat Internacional de Catalunya y titular de una Cátedra Jean Monnet.

Principales temas tratados por el Parlamento en la legislatura 2004-2009

La web del Parlamento Europeo incluye un informe sobre la actividad de la Eurocámara en la legislatura que ahora termina: para leerlo, haga clic aquí.

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