La manipulación de las emociones nacionalistas en los Balcanes

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Duración lectura: 14m. 54s.

Cómo se pasa de la convivencia al miedo
Explicar los motivos de la guerra en la ex Yugoslavia es una tarea tan complicada que puede provocar otra entre los historiadores. No es fácil aclarar por qué gente que ha convivido durante años como vecinos y amigos empiezan a temer al otro viendo en él un enemigo. Michael Ignatieff, columnista del London Observer, argumenta que el conflicto no se debió a diferencias étnicas o ideológicas irreductibles; más bien, las diferencias étnicas fueron manipuladas por una élite comunista ansiosa de aferrarse al poder. El artículo, aquí abreviado, ha sido publicado en castellano en El Mercurio (1).

En todas partes los nacionalistas transforman los hechos históricos en un relato que se autojustifica. En los Balcanes, las distintas partes tienen un interés particular en transformar su historia en destino, de modo que el pasado les sirva para explicar sus odios. Pero no hay ninguna razón por la que los observadores extranjeros deban hacer lo mismo.

Los occidentales muchas veces aseguran, por ejemplo, que en los Balcanes las raíces de los antagonismos residen en el hecho de que los croatas son católicos, europeos y de origen austrohúngaro, mientras que los serbios son eslavos ortodoxos y bizantinos, con un poco de crueldad e indolencia que han aprendido de los turcos.

Si no dejamos de enfatizar constantemente esta línea divisoria histórica, el conflicto entre serbios y croatas (del que Bosnia no es un drama aparte) puede parecer inevitable. Sin embargo, lo decisivo en los Balcanes no es la forma en que el pasado dicta el presente, sino cómo el presente manipula el pasado.

El narcisismo de la diferencia

En Croacia, el partido gobernante, el HDZ de Franjo Tudjman, asegura ser un movimiento político de corte occidental que sigue el modelo de los demócratas cristianos bávaros. En realidad, el Estado de Tudjman se parece al régimen de Milosevic mucho más que lo que cualquiera de estos dos pueda parecerse a algún gobierno de Europa occidental. Ambos son Estados monopartidistas, democráticos sólo en el sentido de que sus gobernantes ratifican su poder manipulando sentimientos populistas.

Freud sostuvo en una ocasión que cuanto más pequeña fuera la diferencia entre dos pueblos más grande se haría en su imaginación. Este fenómeno, que él llamó narcisismo de la diferencia menor, es especialmente visible en los Balcanes. Un extranjero que recorra la carretera entre Zagreb y Belgrado se sorprenderá, no por la frontera histórica decisiva que supuestamente divide a la exuberante llanura de Eslavonia, sino por todo lo contrario. Serbios y croatas hablan el mismo idioma, a excepción de algunos cientos de palabras, y han compartido el mismo modo de vida en aldeas durante siglos. Si bien los primeros son ortodoxos y los segundos católicos, la urbanización y la industrialización han reducido la importancia de las diferencias religiosas.

Como señala Misha Glenny -corresponsal de la BBC en Europa Central entre 1989 y 1991- en su libro La caída de Yugoslavia, la guerra que estalló entre serbios y croatas en 1991 no se debió a diferencias étnicas o ideológicas irreductibles, sino que más bien fue encendida por ideólogos nacionalistas que transformaron el narcisismo de la diferencia menor en la monstruosa fábula de que la gente del otro lado eran asesinos genocidas, mientras que ellos eran víctimas inocentes.

Lo que resulta realmente difícil de comprender sobre la tragedia de los Balcanes es cómo esas mentiras nacionalistas lograron echar raíces en el suelo de una existencia compartida en las aldeas. No hay prueba más punzante del entrelazamiento del tejido étnico croata y serbio que la propia limpieza étnica. Cuando ambos bandos comenzaron la limpieza étnica en aldeas en 1991, muchas veces dinamitaban la casa vecina. Nunca se repetirá bastante que esta gente eran vecinos, amigos, cónyuges: no habitantes de planetas étnicos diferentes. Para que la guerra estallara, los nacionalistas tenían que convencer a vecinos y amigos de que en realidad habían estado masacrándose desde tiempos inmemoriales.

Guerrear por miedo

Si bien el conflicto actual es indudablemente una continuación de la guerra civil de 1941-1945, esta explicación no es suficiente, ya que todavía tenemos que interpretar los casi cincuenta años de paz étnica intermedios. Además, es una falacia considerar el conflicto actual como producto de un instinto perverso propio de los Balcanes. El nacionalismo serbio moderno se remonta a un tipo de rebelión nacionalista contra los turcos que tiene su inspiración en Byron, mientras que el ideólogo nacionalista croata del siglo XIX, Starcevic, derivó la idea de un Estado croata étnicamente puro indirectamente de los románticos alemanes. Estas modas fueron fatales en la región, ya que la idea de la autodeterminación nacional sólo podía concretarse destruyendo la realidad multiétnica de los Balcanes en nombre del sueño violento de la pureza étnica.

Occidente se miente a sí mismo cuando considera a los Balcanes como una zona irracional de fanatismo insoluble, o cuando insiste en que los odios étnicos locales estaban tan arraigados en la historia que su explosión violenta en 1991 era inevitable. Por el contrario, los pueblos de los Balcanes tenían que ser transformados de vecinos en enemigos, tal como toda la región tenía que ser transformada de un modelo de paz interétnica en una pesadilla extraída de las páginas de Thomas Hobbes.

El mencionar a Hobbes debería ayudarnos a descubrir una explicación más convincente de la catástrofe. Porque, tal como lo comprendió Hobbes, ninguna emoción tiene más posibilidades de engendrar odio étnico o religioso que el miedo. En 1990, la Yugoslavia post-Tito se había convertido en un mundo hobbesiano, un estado de naturaleza en el cual los medios de violencia estaban demasiado difundidos como para garantizar a nadie seguridad, especialmente a quienes descubrían que formaban una minoría en las repúblicas que acababan de constituirse.

Tito no lo sospechó

La tolerancia interétnica dependía de un Estado multiétnico. Cuando éste se desintegró, la sociedad se descompuso rápidamente en sus elementos nacionales primarios, ya que sólo éstos parecían garantizar el mínimo de seguridad hobbesiano.

Esta fragmentación era inevitable, considerando el hecho de que Tito no permitió que la competencia dentro de los partidos políticos fuera de índole cívica en lugar de étnica. Si Tito hubiera permitido el ejercicio de una política civil en la década de 1960 o en el decenio de 1970, podría haber echado raíces un principio de filiación política no basado en criterios étnicos. Pero al negarse a dar espacio a la democracia, Tito sólo retrasó el colapso de su régimen, mientras garantizaba que el nacionalismo fuera el único idioma de atractivo político a disposición de sus sucesores.

La diferencia étnica por sí misma no engendró la política nacionalista que afloró en la década de 1980. La conciencia de la diferencia étnica, como sostiene Glenny, sólo se transformó en chauvinismo nacionalista cuando una élite comunista desacreditada empezó a manipular las emociones nacionalistas para aferrarse al poder. El idioma del orgullo nacionalista y del sentimiento nacionalista sólo nació para dar voz a sus miedos y anhelos. En realidad, terminó aprisionándolos a todos en la ficción de la identidad étnica “pura”.

Como muestra Misha Glenny, Slobodan Milosevic fue el primer político yugoslavo que rompió el tabú de la era de Tito sobre la movilización popular de la conciencia étnica. Con la falta de escrúpulos propia de un demagogo, Milosevic se presentó como el defensor de Yugoslavia contra las ambiciones secesionistas de croatas y eslovenos y como el vengador de las injusticias que había infligido a Serbia esa misma Yugoslavia.

Minorías vulnerables

Retrospectivamente, es fácil demonizar a los serbios y proponer la explicación de que Milosevic sencillamente estaba respondiendo a la paranoia étnica de los seguidores que tiene en su república y en la diáspora serbia. La realidad es mucho más complicada. Si bien existían partidarios de un nacionalismo extremo, como los Chetniks, la mayoría de los serbios que vivían en las ciudades parecían poco propensos, en los primeros años de la década de 1980, a la paranoia chauvinista y mostraban aún menos interés por sus distantes hermanos rurales, repartidos por Knin, Pale, Kosovo y la Eslavonia Occidental.

Lo que hay que explicar, por lo tanto, es por qué la indiferencia general serbia frente a la cuestión serbia se convirtió en el temor fóbico de que la diáspora serbia iba a ser aniquilada por los croatas genocidas y los musulmanes fundamentalistas.

Branka Magas, historiador croata que vive en Londres, argumenta como si Milosevic hubiera inventado el nacionalismo serbio para satisfacer sus propósitos demagógicos. Pero el nacionalismo serbio no fue una creación de Milosevic. Surgió de manera inevitable del derrumbe de la Yugoslavia de Tito. Una vez que el Estado multiétnico se desintegró, cada nacionalidad que se encontraba fuera de las fronteras de su república descubrió que formaba una minoría. Por ser el más numeroso de esos grupos, los serbios fueron los que se sintieron más vulnerables.

El avance de la paranoia

Si bien tanto Croacia como Eslovenia profesaban la voluntad de vivir dentro de una federación yugoslava muy flexible, en realidad, para fines de la década de 1980, los gobernantes de ambas repúblicas estaban resueltos a lograr la independencia. Los croatas tenían derecho a contar con un Estado independiente, pero, como observa Glenny, una Croacia independiente despertaba un miedo fundado en la minoría serbia de seiscientos mil individuos que vivían dentro de sus fronteras. Cuando Croacia comenzó a transitar por la senda de la independencia en 1990, su nueva Constitución definió a la república como el Estado de la nación croata, y a los no croatas como minorías protegidas. Si bien muchos croatas creían sinceramente que estaban acatando las normas fijadas por Europa para la protección de los derechos de las minorías, los serbios no se consideraban a sí mismos como una minoría, sino como una nación igual a los croatas.

Cuando los croatas resucitaron la Sahovnica, el escudo cuadriculado rojiblanco, y la convirtieron en su bandera, bastó que los serbios la vieran una sola vez para que creyeran que el Ustashe había vuelto. La Sahovnica era al mismo tiempo un emblema croata inocentemente tradicional y la bandera del régimen del tiempo de la Segunda Guerra Mundial que había exterminado a una cantidad considerable de serbios. Cuando los croatas expulsaron a los serbios de su policía y de su sistema judicial a mediados de 1990, la minoría serbia llegó a la conclusión de que estaba presenciando el retorno de un Estado de inspiración étnica que seguiría una senda genocida.

Los defensores de la postura croata insisten en que estos miedos fueron exagerados o manipulados por Milosevic. No cabe duda de que lo fueron. Pero en el contexto más amplio del derrumbe del Estado yugoslavo multiétnico, los serbios tenían buenas razones para temer. Este es el argumento central de Glenny, que insiste en mostrar, teniendo como telón de fondo el desmoronamiento general de la autoridad en la región, cómo la paranoia de cada bando se alimentó de la paranoia del otro.

El fracaso de Occidente

El dilema central que debe resolver Occidente es la postura que asumirá frente al orden emergente de micro-Estados étnicamente limpios que han reemplazado a Yugoslavia. El apartheid étnico tal vez sea una abominación, pero para el más de un millón de refugiados que han huido o han sido expulsados de sus hogares es la única garantía de seguridad en que están dispuestos a confiar.

Ya que Occidente no logró proteger Sarajevo, donde musulmanes, croatas y serbios vivieron juntos en paz durante siglos, las víctimas traumatizadas de este conflicto probablemente no querrán volver a las comunidades multiétnicas que han abandonado simplemente para reivindicar nuestros principios liberales.

Dando un paso atrás para contemplar mejor la catástrofe, uno empieza a ver que el fracaso de la política que aplicó Occidente se debió a algo más profundo que la falta de atención, la desinformación o las buenas intenciones mal encaminadas. Lo que ocurrió fue que los principios en los que se basaban nuestras políticas estaban en contradicción.

Presos de la euforia de 1989, nuestros políticos anunciaron su apoyo al principio de la autodeterminación nacional y al del mantenimiento de la integridad territorial de los Estados ya existentes, sin darse cuenta de que el primer principio contradecía al segundo. Insistimos en la inviolabilidad de las fronteras, sin aclarar si también nos referíamos a las fronteras entre las repúblicas de Estados federales como Yugoslavia.

Europa occidental y Estados Unidos podrían haber terminado la guerra fría con un acuerdo territorial exhaustivo en Europa Oriental en el que se delimitaran nuevas fronteras, se establecieran garantías de los derechos de las minorías y se zanjaran disputas entre grupos rivales que aspiraran a la autodeterminación.

Después del Tratado de Versalles y después del Tratado de Yalta, el desmoronamiento del último imperio de Europa nos dio una tercera oportunidad de establecer una paz duradera para todo el continente. Sin embargo, estábamos tan preocupados por evitar el papel de policía del imperio, tan absortos en el frenético boom económico de fines de la década de los ochenta, que dejamos que los demagogos postcomunistas locales explotaran la retórica de la autodeterminación y de los derechos nacionales para concretar sus nefastas ambiciones.

El terrible orden de Estados étnicamente limpios que ha surgido en la ex Yugoslavia es el monumento a nuestros errores tanto como a los suyos.

Cuando la prensa atiza la guerraReavivando miedos ancestrales y sustituyendo la información por la propaganda, ciertos medios de prensa -presionados por el poder político- han sido corresponsables del estallido de la guerra en la ex Yugoslavia. Le Monde (22, 23 y 24 de julio, 1993) ha dedicado a este tema un reportaje, del que resumimos algunos párrafos.

En el antiguo sistema federal, cada república contaba con su televisión, sus diarios y revistas nacionales y los pequeños o no tan pequeños periódicos regionales, editados en diferentes lenguas. La prensa yugoslava se emancipó del yugo comunista para acercarse al modelo occidental. Todas las televisiones, muy autónomas, formaban parte de la Radio-Televisión Yugoslava. Un organismo central coordinaba el intercambio de programas entre las repúblicas.

Slobodan Milosevic comprendió pronto que debía servirse de la televisión. Mientras crecía su poder en el seno de la Liga comunista se ocupó de que cambiaran los directivos de la televisión en Belgrado; en Pristina (Kosovo), él mismo envió a la policía; en Sarajevo reemplazó a varios redactores jefes por otros más seguros ideológicamente, la mayoría serbios.

El centro de Belgrado cortó las emisiones de programas de otras repúblicas y cesó los intercambios con ellas. Zagreb respondió igual. En 1991, cuando estalló la guerra, ya no había, de hecho, una radio-televisión yugoslava.

El paso siguiente al control ideológico de la televisión fue la siembra de “comentarios negativos sobre las otras repúblicas”. Por ejemplo, mientras que las repúblicas más “ricas” (Eslovenia, Croacia) se quejaban, en sus emisiones televisivas, de tener que subvencionar a las repúblicas “atrasadas” y aseguraban: “estamos explotadas por las otras”, las “retrasadas” se quejan de ser “explotadas” al tener que vender por debajo de los precios internacionales.

La propaganda, propiamente dicha, llegó rápidamente a Serbia. Las pantallas de televisión se saturaron de intelectuales nacionalistas chauvinistas que elogiaban el Memorandum, el texto fundador del nacionalismo serbio de Slobodan Milosevic. Repetían frases del tipo “los eslovenos son unos fascistas”, “los albaneses echan a los serbios de Kosovo” o “los croatas, aliados de los alemanes, son todavía ustachis y atacan a la minoría serbia en los pueblos”. Esta explotación de viejos temores actuó como un veneno de acción lenta, contaminando a todo el mundo, provocando el odio y una incomprensión total de la realidad.

Pero el factor que provoca la histeria llega cuando la televisión de Belgrado (y la agencia Tanjug) empiezan a recordar el “genocidio” de los serbios durante la segunda guerra mundial. Las imágenes de los serbios masacrados por croatas en los años 40 se ponen en paralelo con la de los serbios de Krajina en rebeldía con el nuevo estatuto de “minoría” previsto por el presidente Tudjman en la Croacia independiente.

Algún día un experto realizará un estudio del vocabulario que se empleó en los medios durante la guerra. Si, para los serbios, todos los croatas son “ustachis” y los musulmanes bosnios “fundamentalistas armados por Saddam Hussein”, para los croatas todos los serbios son “chetniks”.

La confusión y la mentira han llegado a tal límite que se explican los resultados de un sondeo realizado por el Instituto de Estudios Políticos de Belgrado en julio. A la pregunta de quién dispara desde las colinas sobre Sarajevo, el 38,4% respondía que son las fuerzas musulmanas, el 22,5% no lo sabía exactamente, el 20,5% que se trataba de los serbios y el 16,8% reconocieron no estar en absoluto informados.

_________________________1) El Mercurio (Santiago de Chile, 16-V-93).

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