Europa es un continente cristiano

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Entre las voces que defienden una mención expresa del cristianismo en el preámbulo de la futura Constitución de la UE, una –quizá no esperada– es la de Kenneth L. Woodward, veterano periodista de Newsweek, revista en la que fue jefe de la sección de religión durante 38 años. Su artículo sobre el cristianismo en Europa ha sido publicado en International Herald Tribune (16 junio 2003).

Woodward señala que “el Papa Juan Pablo II ha sido el más categórico de los líderes eclesiales europeos en su afirmación de que el cristianismo debe ser incluido entre las fuentes de inspiración que han conformado la cultura europea”. “No es una sorpresa, ya que desde hace mucho tiempo el Papa viene insistiendo en que el cristianismo es el vínculo cultural entre los pueblos de las Europas del oeste y del este. Diez países del Este, incluida la católica Polonia, esperan incorporarse a la Unión en el próximo año”.

“Los que se oponen argumentan que la referencia a Dios contradice el carácter secular de la Constitución, y que una referencia específica al cristianismo podría alienar a 15 millones de inmigrantes musulmanes, sin contar los musulmanes turcos, impacientes por ser partícipes de la expansión de la Unión por el este”.

La referencia en la Constitución a “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa” le resulta a Woodward demasiado vaga. “Nadie puede visitar el centro medieval de ninguna ciudad europea sin encontrar muestras del humanismo cristiano que dio a Europa una imperecedera identidad cultural e, incluso ahora, su brillo particular”.

Woodward cita al historiador de la Edad Media Christopher Dawson: “En el centro de la cultura está el culto”, y continúa diciendo que “durante más de un milenio, el culto o el modo de orar de los europeos fue manifiestamente cristiano. Solo con este argumento, el cristianismo no tiene rival para pretender un lugar privilegiado entre las fuentes de la cultura europea”. Bien es cierto, añade el periodista, que “la cultura de la Europa moderna es dominantemente secular y que muchos en la izquierda europea identifican como por reflejo la religión con la política reaccionaria”.

Después de referirse a Francia como líder de la tendencia que no desea que se mencione a Dios, Woodward resume así el argumento básico de esa postura: “¿Para qué mencionar a Dios como fuente de los valores europeos cuando la mayoría de los europeos encuentran sus valores en los criterios económicos?”.

Para Woodward, es incoherente que la Unión se enorgullezca del “papel central de la persona humana, y de sus inviolables e inalienables derechos, y del respeto por la ley” como valores nucleares de la identidad europea sin reconocer la contribución del cristianismo al asentamiento de esos valores. “Seguramente, fue el cristianismo quien hizo a la persona humana, como hijo de Dios, el central de los valores europeos. Y el Derecho Canónico de la Iglesia católica fue el sistema legal más antiguo de Occidente, que cultivó el respeto por la ley mucho antes del nacimiento de los estados y naciones europeos”.

“Usando el lenguaje de la Ilustración francesa, el preámbulo ensalza ‘el humanismo latente de Europa: igualdad de las personas, libertad, respecto por la razón’. Pero, como es bien sabido, esos valores humanistas, separados de la fe religiosa, se desmoronaron en el blitzkrieg y desaparecieron en Auschwitz”.

Woodward invita a los líderes de la Unión a reflexionar y termina con una pregunta: “¿Qué clase de futuro puede haber para una Europa que reniega de su pasado?”.

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