Europa, Japón, América: ¿quién prevalecerá?

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La batalla económica del siglo XXI
Estados Unidos, Europa y Japón son los tres contendientes en la carrera por la supremacía económica del siglo XXI. Cada uno tiene sus puntos fuertes y sus debilidades. Lester Thurow, decano de la Sloan School of Management del MIT, hace un balance de las fuerzas de los tres rivales en su último libro, traducido al castellano con el título La guerra del siglo XXI (1).

El economista norteamericano cree improbable que en el próximo siglo haya una potencia económica tan dominante como lo fue Gran Bretaña en el siglo XIX o Estados Unidos en el XX. Pero uno de los tres rivales se adelantará a los demás, aunque no tenga un predominio planetario. Sin pretender hacer apuestas, Thurow piensa que Europa tiene las mejores bazas para el triunfo, si sabe jugarlas con acierto.

Las ventajas de Europa

Para que el siglo XXI tenga color europeo, el Viejo Continente debe lograr la integración total de Europa Occidental -la CE y la EFTA- y conseguir que se suban a esa locomotora los países de Europa del Este a lo largo de los próximos treinta años. A Thurow le impresiona la magnitud del mercado de la Comunidad Europea (340 millones de habitantes) y su potencial expansión a Europa del Este y a parte de la ex Unión Soviética hasta englobar una población de 850 millones. Pero reconoce que «esto no tiene necesariamente que ocurrir. El proceso de integración europea da dos pasos hacia adelante, uno atrás y otro a un lado. El Tratado de Maastricht es un claro paso lateral».

Otras bazas importantes de Europa son el nivel de educación de sus habitantes y la fortaleza económica de Alemania. «Europa es la única región donde uno de los países, Alemania, es líder mundial en la producción y el comercio, y otro, la ex Unión Soviética, es líder en las ciencias superiores. Ha enviado muchas más naves al espacio que Estados Unidos, y en muchas áreas de las ciencias teóricas está a la cabeza del mundo. El excedente comercial de Alemania occidental fue, en 1990, el más grande del mundo. Si a todas estas ventajas se suman el talento de Italia -líder mundial en diseño industrial-, el resplandor de la moda y la tecnología de Francia, la supremacía holandesa en lo que se refiere a empresas de explotación agrícola y el mercado londinense de capitales que oriente eficazmente los fondos hacia las áreas europeas más productivas, se habrá creado una entidad inigualable».

Para conseguirlo, Europa Occidental deberá estar dispuesta a conceder mucha ayuda económica a Europa oriental con el fin de poner en marcha allí el capitalismo. También tendrá que superar las antiguas rivalidades nacionalistas, de modo que los diversos pueblos adopten una postura «europea».

Si aprovecha sus ventajas estratégicas, Europa puede ser la principal superpotencia económica dentro de cincuenta años. No obstante, Thurow no ve a Europa como la primera potencia militar. «Una política militar común será, indudablemente, el último elemento de la integración europea y, dada la actual situación de Estados Unidos, es muy probable que este país siga siendo la superpotencia militar mundial dominante durante la primera mitad del siglo XXI, aunque pueda perder su posición de primera superpotencia económica».

Japón debe abrirse

Thurow considera que, en estos momentos, los tres antagonistas tienen un nivel similar a grandes rasgos. Pero, a juzgar por los últimos veinte años, Japón parece el contrincante más veloz en la carrera.

El mayor problema de Japón es su propia cultura. «Japón debe cambiar, ser más abierto al mundo. Pero su error es pensar que debe hacerlo para parecerse a Estados Unidos o a Europa», afirma el economista norteamericano. Otra desventaja japonesa es su afán acaparador: «Japón tiene la tendencia a querer conquistar toda una industria y expulsar a los demás de ahí». Pero el resto del mundo ya no aceptará con resignación que Japón siga capturando mercados en el exterior, y si es preciso impondrá restricciones.

Cuando se trata de realizar inversiones, pocos hacen más que los japoneses. Pero cuando se trata de reunir una serie de aliados en un mercado común, Japón no da muestras de solidaridad. «No está dispuesto a pagar para que los países pobres de la orilla del Pacífico se pongan a la altura de su nivel de ingresos, de la forma que los países ricos del Norte de Europa han ayudado a los más pobres del Sur de Europa. Tampoco está dispuesto a abrir sus mercados internos a Taiwán o Corea, quienes venden mucho más a Estados Unidos que a Japón. No quiere aceptar trabajadores procedentes de los otros países asiáticos».

Estados Unidos: la pérdida del liderazgo

En la visión de Thurow, Estados Unidos también cuenta con buenas bazas. Ha sido rico durante más tiempo que cualquier otro país, por lo tanto comienza el siglo XXI con más activos económicos reales que nadie. Desde el punto de vista tecnológico rara vez está muy rezagado y, a menudo, marcha muy por delante. Su ingreso per cápita y su productividad media no ceden a nadie el primer lugar. Su fuerza laboral educada en las universidades es la mejor del mundo; su mercado doméstico es mucho más grande que el japonés y mucho más homogéneo que el europeo.

Pero ha malgastado gran parte de su ventaja inicial permitiendo la «atrofia de su sistema educativo, transformándose en una sociedad de alto consumo y baja inversión, e incurriendo en enormes deudas internacionales».

La inversión norteamericana en fábricas y bienes de equipo por trabajador es la mitad de la alemana y un tercio de la japonesa. El gasto en investigación y desarrollo civil es de un 40 a un 50 por ciento menor que el de Alemania y Japón, y está descendiendo tanto en el sector privado como en el público. Las inversiones en infraestructura son la mitad de las que estaban realizándose a fines de la década de los 60.

Las posibilidades norteamericanas de adueñarse del siglo XXI dependen de la respuesta a una sencilla pregunta: ¿el crecimiento de sus tasas de productividad podrá alcanzar el nivel de sus principales rivales?

Para no quedarse rezagado en el próximo siglo, Estados Unidos tendrá que pasar de ser una sociedad de alto consumo y baja inversión, como fue en la década de los ochenta, a una sociedad que privilegie la inversión. En particular, Estados Unidos debe hacer más inversiones en educación y formación. «El problema -sostiene Thurow- no es tanto que hayamos empeorado con respecto a la mayoría de los países como qué hacer para lograr un nivel educativo similar al de Corea del Sur o Japón, donde se tiene solucionado el problema de la formación de los trabajadores de niveles medio y bajo. En Europa la situación no es mucho mejor, con la excepción de Alemania».

Estados Unidos tiene algunas cualidades culturales innatas. Mientras que Japón es el país donde los extranjeros encuentran mayores dificultades para integrarse, en Estados Unidos es fácil que los inmigrantes se conviertan en parte de la población. Igualmente, los norteamericanos no tienen rival cuando se trata de administar fábricas en el extranjero. De modo, dice Thurow, que si las ventas originadas en fábricas norteamericanas en el extranjero se consideraran exportaciones, el déficit comercial de Estados Unidos se transformaría en superávit.

Cada uno de los tres contendientes tiene algo en su favor, así como también cada uno tiene su talón de Aquiles. El ganador será el que sepa hacer los movimientos correctos para sacar partido a sus puntos fuertes.

Antonio Alcolea_________________________(1) Lester Thurow. La guerra del siglo XXI. Javier Vergara Editor. Buenos Aires (1992). 373 págs. 2.070 ptas. (Head to Head. Ed. William Morrow).

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