En la muerte de la filósofa Elizabeth Anscombe

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Duración lectura: 4m. 20s.

Una pensadora brillante y original, pionera de la filosofía contemporánea de la acción

El pasado 5 de enero fallecía en Cambridge (Inglaterra) la más grande de las filósofas angloamericanas del siglo XX: Gertrude Elizabeth Margareth Anscombe, discípula de Ludwig Wittgenstein, cuya cátedra de filosofía en la Universidad de Cambridge ocupó desde 1970. Contaba con 81 años de edad y desde hace algún tiempo estaba enferma del corazón. Le sobreviven su esposo, el también eminente filósofo, Peter Geach, y sus siete hijos, tres varones y cuatro mujeres. La profesora Anscombe, conversa al catolicismo a los 21 años, no sólo ha sido una filósofa brillante y original, sino que a lo largo de toda su vida ha constituido un excepcional ejemplo -en palabras de Alejandro Llano- de “mujer fuerte, que siempre está en la brecha en defensa de los hombres”.

Elizabeth Anscombe estudió en Sydenham School y se graduó en St. Hugh’s College en Oxford. En 1942 conoció a Wittgenstein en Cambridge y pronto se convirtió en uno de sus más fieles discípulos. Cuando en 1946-47 Anscombe fue nombrada fellow en Sommerville College en Oxford, viajaba todas las semanas a Cambridge para asistir a las clases de Wittgenstein. De hecho, pocos años después, Wittgenstein, enfermo ya de cáncer, se trasladaría a vivir durante varios meses a la casa de Anscombe y Geach; es a ella a quien iban dirigidas aquellas famosas palabras suyas poco antes de morir: “¡Eliza, yo siempre he amado la verdad!”. Fiel tanto a Wittgenstein como a sus convicciones, Elizabeth Anscombe realizó desde su juventud el ideal filosófico de orientar toda la vida hacia la verdad.

Tras la muerte de Wittgenstein en 1951, Anscombe dedicó durante años muchas energías para que su legado filosófico, escrito en su mayor parte en alemán, viera la luz. En particular, debe mencionarse su prodigiosa traducción al inglés de las Investigaciones filosóficas. The Times lo reconoce abiertamente en su necrológica: “Los lectores angloparlantes están particularmente en deuda con ella por su cuidadosa traducción de las Philosophical Investigations, probablemente la obra de Wittgenstein más conocida e influyente. Ella siempre se refería con gratitud al hecho de que Wittgenstein hubiera sido uno de sus maestros. Los lectores de Wittgenstein deben expresar su agradecimiento por el hecho de que ella fuera uno de sus estudiantes”.

Además de su trabajo como albacea literaria de Wittgenstein, Elizabeth Anscombe será recordada entre los filósofos por su libro de 1957 Intention, que es considerado como el documento fundacional de la filosofía contemporánea de la acción; su monografía de 1959 An Introduction to Wittgenstein’s Tractatus, en la que estudia magistralmente el primer libro de Wittgenstein; y por muchos de los artículos compilados en sus tres volúmenes de Collected Philosophical Papers de 1981, que tuvieron un singular impacto en la comunidad filosófica.

Pensadora a contracorriente

Elizabeth Anscombe fue siempre una pensadora original, fresca y muy a menudo a contracorriente de las mayorías o de las conveniencias políticas. Por ejemplo, cuando la Universidad de Oxford se propuso conferir el doctorado honoris causa al presidente norteamericano Harry S. Truman, se opuso enérgicamente a ello junto con otros dos colegas por la responsabilidad de Truman en las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. “Para los hombres elegir matar al inocente como medio de alcanzar sus fines es siempre asesinato”, escribió Anscombe a este respecto. De manera análoga, en múltiples ocasiones escribió valiente y brillantemente sobre la sexualidad, la natalidad, la protección del no nacido y muchos otros temas de actualidad, escandalizando a buena parte de sus colegas británicos mucho más acomodaticios con las modas.

La Prof. Anscombe viajó mucho, dando clases y conferencias en numerosos países europeos y americanos. En España visitó frecuentemente durante los 70 y 80 la Universidad de Navarra, que le confirió el grado de Doctora honoris causa en enero de 1989. En aquella ocasión solemne explicó: “La Universidad de Navarra se dedica en su búsqueda de la verdad al servicio de Dios. Que Dios es verdad es algo que no se reconoce hoy en todas partes, ni siquiera en muchas, pero este reconocimiento está constantemente implícito aquí en la Facultad de Filosofía. Por eso estoy muy agradecida al ser contada como un colega en esta Facultad”.

La vida de la profesora Anscombe, llena de resultados académicos, está también cuajada de anécdotas simpáticas. En su reciente obituario en The Guardian, Jane O’Grady recordaba cómo en una ocasión en Chicago, al ser asaltada en la calle por un ladrón, ella le increpó diciendo que esa no era manera de tratar a una visitante. Enseguida comenzaron a hablar y el asaltante la acompañó, reconviniéndola por circular por una zona tan peligrosa de la ciudad. La anécdota es bien significativa, y muestra no sólo el fino corazón de una filósofa, sino también su convicción -de filiación wittgensteiniana- en la capacidad de la palabra para lograr una verdadera comunicación.

Jaime Nubiola

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