El laicismo radical de François Hollande

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A lo largo de la campaña electoral francesa no han faltado referencias a cuestiones relativas a la familia y a la educación, como también a los cuidados paliativos y la eutanasia, sin olvidar los derechos de los homosexuales. Pero los dos principales candidatos supieron esquivar los puntos más delicados.

De hecho, cuando los periódicos publicaban en vísperas del voto definitivo cuadros con las diferencias entre Sarkozy y Hollande en cuestiones cruciales, no incluían la política familiar ni la postura del Estado ante el hecho religioso. Ambas han sido muy debatidas en Francia en los últimos meses, sobre todo, como consecuencia de la creciente presencia pública del Islam, la segunda religión de Francia.

Ya al final de la campaña, el diario Le Monde (3-05-2012) publicó un expresivo artículo, que resumía el apoyo a Hollande de personalidades laicistas conocidas, como la “misionera del laicismo” Caroline Fourest (así se ha firmado ella alguna vez). El apoyo respondía a la carta que el entonces candidato dirigió al conjunto de asociaciones reunidas en el Comité nacional de acción laica (CNAL), con fecha 16 de abril.

La línea anunciada por François Hollande es radicalmente opuesta a la llamada laicidad positiva practicada por Nicolas Sarkozy. Se propone constitucionalizar los dos primeros artículos de la ley de separación de Iglesia y Estado de 1905, comenzando por aplicarla sin admitir excepción alguna, de las muchas que se han ido promulgando a lo largo de los años como consecuencia de necesidades obvias: por ejemplo, la construcción de un cementerio municipal sólo para musulmanes en Estrasburgo, realizada por un alcalde socialista…

Posibles conflictos con la enseñanza concertada

El nuevo presidente francés se jacta de no haber instrumentalizado a ninguna religión en su campaña. Excepto –se podría matizarle– a la del fundamentalismo laicista. Su carta al CNAL, de tres páginas, no tiene desperdicio. En concreto, se compromete a rehacer los decretos y circulares de aplicación de la ley Carle de 2009, que, bajo condiciones precisas, obliga a los ayuntamientos a pagar los gastos de escolaridad de un alumno de su municipio incluso si acude a un establecimiento no público de otra ciudad. De esta medida se benefician actualmente unos 250.000 estudiantes.

En ese documento afirma que derogará el decreto, también de 2009, sobre reconocimiento de los títulos otorgados por los Institutos universitarios católicos de enseñanza superior en Francia, en virtud de un acuerdo pactado con el Vaticano. En pasant, parece también decidido a someter a un “imperativo de ‘mixité (scolaire)’ a las dotaciones de los centros, ‘comprendidos los de la enseñanza privada’”. Como era previsible, la creación en cinco años de 60.000 puestos docentes –¿será posible financiarla?– afectará sólo a escuelas públicas, no al equivalente a los centros concertados, en su gran mayoría católicos.

Si el jacobinismo real de Hollande –oculto tras una imagen de normalidad– le lleva a un arcaico laicismo, puede darle alas también para reformar el Código de Napoleón. No se atrevieron a tanto François Mitterrand ni Lionel Jospin. En su programa figura reconocer las uniones homosexuales como matrimonio, con el correspondiente derecho de adopción, y una ley de eutanasia.

Como informó La Croix el 2 de mayo, al tener conocimiento de esa carta de Hollande, responsables católicos tomaron contacto con miembros del equipo de Hollande. Les recordaron que “la ley Carle fue un compromiso alcanzado para preservar la paz escolar y superar un viejo conflicto. La supresión pondría en peligro el equilibrio financiero de cierto número de centros católicos”.

Por su parte, la presidente de la Asociación de padres de alumnos de la enseñanza libre (Apel), Béatrice Barraud, envió a sus miembros un mensaje para advertirles que veía un serio “peligro de esta libertad fundamental que es la libertad de enseñanza”. En la mente de los mayores, surge el recuerdo de la magna manifestación en París contra Ley Savary el 24 de junio de 1984, tres años después de la elección de François Mitterrand, que sirvió justamente para frenar la deriva autoritaria del primer presidente socialista.

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