¡Es Navidad! (“oh, no…”; “¡oh, sí!”)

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Madrid ilumina sus calles con más de 13 millones de luces LED en 240 puntos de la ciudad (foto: Ricardo Rubio / Europa Press)

¿Puede un “¡Feliz Navidad!” amargarle el día a alguien? No debería, pero sucede, y no solo el día: varias semanas. ¿Puede la expresión de un deseo de salud y paz provocar una mueca, un gesto de fastidio? Sí, ocurre.

Por lo pronto, les ocurre a varios con altavoz. Un actor español ha salido a las redes sociales a anunciarnos que “detesta” la Navidad y que se marcha de la iluminadísima Madrid de estos días –¿quizás a la apagada Vigo, a la lúgubre Nueva York…?– para así evitar todo referente navideño. De otras figuras, se recuerda lo que alguna vez han dicho sobre el tema: de una cantante estadounidense, que no quiere que le mencionen el 25 de diciembre porque, reunidos todos en la casa familiar, la velada acaba invariablemente en un concurso de puñetazos por diferencias de opinión (al día siguiente llegan las preceptivas disculpas… hasta diciembre del próximo año). De cierto actor británico de renombre, que los villancicos lo convierten en Ebenezer Scrooge, el ácido personaje de la noveleta de Dickens, aquel “viejo pecador duro, codicioso y solitario como una ostra”, para quien los regalos por la festividad eran la forma más tonta de emplear el dinero.

Por supuesto que como algunos famosos están incómodos con el belén, el arbolito, las felicitaciones y los cantos, alguna prensa cree necesario bajar a la calle y poner micrófonos a todo el que pasa, para así “democratizar” el rechazo y hacer ver lo extendido que está. Alguna transeúnte hace saber que, para ella, empeñada en bajar de peso, es casi una tortura tener que sentarse año tras año ante una mesa atestada de comida, y que si sigue apuntándose es para no contrariar a su pobre madre. Otra persona nos lleva unos instantes a su infancia, cuando era la única niña de la familia y la Navidad era, básicamente, una aburrida fiesta de adultos con un menú insípido, adaptado a los achaques de los comensales. A otra no le atrae para nada reunirse, levantar una copa y sonreír a todos… porque su hermano murió muy temprano y eso la marcó fuertemente para mal. Las luces y el colorido de las calles en estas fechas le parecen “dantescos”.

Claro que, apartando varias circunstancias negativas entendibles –un trauma de la niñez que aún pesa, o una trágica pérdida–, algún pregonado e impostado “malestar” por la Navidad puede dibujarle una irónica sonrisa a gente que vive en sitios donde no hay electricidad no ya para encender una guirnalda, sino para cocinar lo que haya podido acarrearse. O allí donde no hay mesas rebosantes de golosinas, y donde un humilde polvorón, regalado por un misionero, se recibe con ojos de asombro y una gratitud inmensa. O donde no hay paz y, como en Kiev, muchos tienen que irse a entonar sus villancicos de Nochebuena al metro… para poder seguir cantando (y respirando) al día siguiente.

Ante las heridas, comprensión

Ciertamente, que una realidad en primera instancia buena –calles engalanadas, obsequios y buenos deseos– pueda tener detractores entra dentro de la normal subjetividad del gusto: a unos se les humedecen los ojos ante La Dama del Armiño, y a otros los estremece la exquisita sensibilidad lírica de Bad Bunny. Cosa distinta es cierta “militancia antinavideña”, cierto impulso incontrolable por subrayar públicamente la antipatía por estas fechas y por todo lo que las rodea, quizás en un empeño de marcar rebeldía y “originalidad”, y de crear grupo. El orgulloso colectivo de los grinches o de los scrooges, vamos.

Pero no: hay quienes estos días lo pasan realmente mal. Algunas fuentes mencionan el problema que supone el trastorno afectivo estacional, un tipo de depresión que comienza a finales de otoño y desaparece en primavera, quizás por la menor incidencia de la luz en ese paréntesis temporal, o porque la vida se hace más de puertas adentro cuando el mercurio baja sostenidamente. Entre los síntomas se encuentran la tristeza, los sentimientos de desesperanza y pesimismo, el desgano para realizar actividades antes atractivas, y los pensamientos negativos respecto a uno mismo. La explicación encajaría con la coincidencia entre la Navidad y esta época de sombras (al menos en el hemisferio norte).

Pero habría más que meteorología y geografía. El Dr. Carlos Chiclana, especialista en psicología y psiquiatría, en Madrid, nos cuenta que ha atendido a varias personas que manifiestan este curioso rechazo (nada “extraño”, apunta).

“Puede que sean personas que valoren la Navidad como hecho religioso –nos dice–, pero les cuesta mucho hacerlo por heridas con su familia. Puede que les guste celebrar con familiares o amigos, pero se saturan por hipersensibilidad ante tantos estímulos; o que sean personas con necesidades económicas y que el ambiente de gasto y despilfarro les genere rabia. O puede que su pareja les haya abandonado y no les apetezca reunirse con otros individuos”.

Para el experto, la prioridad para con ellas es mostrarles comprensión. “Existen personas concretas, con vidas concretas, que pueden tener historias difíciles que las lleven a la antipatía y aversión a estas fechas. Como digo, han podido tener problemas y heridas en el entorno familiar, circunstancias adversas relacionadas con la Navidad, dificultades en la relación con Dios o con instituciones relacionadas con la fe, el fallecimiento de personas queridas a las que se recuerda en estos días, u otras muchas heridas que les hagan aborrecer o despreciar estas fechas”.

Un punto y aparte merecerían, en este tema, aquellos que, por su aversión a la Navidad, intentaran imponer al resto su modo de vivir estos días. “No es necesario vivir la Navidad; cada cual puede seguir con su vida y no participar de la celebración del nacimiento de Dios, o no mostrar cariño a nadie con sus regalos. ¡Viva la libertad! Por otra parte, si alguien desea sanar las heridas que lo llevan a aborrecer estas fiestas, se le puede ayudar. Pero dicho apoyo sería para curar esas heridas, lo que le ayudará en otras áreas de su vida, no específicamente para amar la Navidad”.

“¿Felices fiestas? Que no soy un druida”

Comprensible, pues, que no a todo el mundo le siente bien la Navidad-época. Menos comprensible y más injustificable es que algunos quieran reducir a esto, a un momento de jolgorio y luz artificial, la Navidad-suceso. Que deseen deslucir, desde los medios de comunicación y aun desde los palacios de gobierno y los parlamentos, su evocación como hecho histórico-religioso de trascendencia.

Pero es eso justamente lo que, quienes no llegan a utilizar la palabra odiar, enmascaran con ese pálido e insípido “felices fiestas”; con esa toma de distancia afectiva que no guardan cuando se trata de dar la enhorabuena a aquellos fieles de otras religiones que disponen un día del año para cortarle ritualmente el pescuezo a un cordero; o a los que, seguidores de una pseudorreligión laica, se toman todo un mes para pasear por las calles sus banderas multicolor y su peculiar estética.

De ese aséptico “felices fiestas” no se conoce repercusión alguna en la vida del oyente. Como tampoco del episodio anual –algo hippie– de reunirse en Stonehenge a celebrar el solsticio de invierno puede decirse que haya operado una verdadera metanoia en la vida de nadie por algún influjo mágico de la naturaleza. Ni que la ubicación de los megalitos, en conjunción con el sol que se asoma por determinado ángulo y los sonsonetes repetidos por los druidas y el entregado público, haya tenido el mínimo valor redentor para ninguno de los asistentes.

Así pues, ¿ganas de “odiar” fiestas vacuas? No se hable más: billete en primera a Londres y taxi a Stonehenge. Y a quienes celebramos el nacimiento de Jesús, en Madrid o dondequiera que lo hagamos, ¡alegría y paz! (y belenes, y luces y roscón).

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