Los orígenes del radicalismo político

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Los orígenes del radicalismo político

En Los orígenes del pensamiento sociológico, Robert Nisbet considera que la Revolución francesa fue el gran acontecimiento traumático que presidió la historia contemporánea de Europa. De ella surgieron las principales ideologías de nuestro tiempo. Ante el triunfo de la Revolución, una primera reacción fue la de quienes aplaudieron el suceso e, incluso, consideraron la necesidad de profundizar, de ir más allá de él, mediante una revolución que no fuera ya burguesa, sino proletaria. Marx es, sin duda, el principal representante de esta posición.

Una segunda reacción consistió en la impugnación radical de ella y la propuesta de una vuelta a la vieja sociedad, al antiguo régimen. El principal escritor que asumió esta actitud, junto a los llamados reaccionarios, fue Joseph de Maistre.

Por último, existió una tercera actitud moderada que, reconociendo la justicia de los ideales revolucionarios, postuló la necesidad de buscar una posición conciliadora entre unos y otros para paliar el desastre de la división radical de la sociedad. Sus principales representantes fueron los doctrinarios que defendieron el liberalismo y la monarquía constitucional. Quizá sea Tocqueville el más ilustre representante de esta tercera vía. De la primera posición, surgieron las políticas radicales y revolucionarias e, incluso, el terrorismo político.

El marxismo ha sido considerado como el más influyente representante del radicalismo político contemporáneo, pero no han faltado quienes, mirando un poco más hacia atrás, han creído que el origen de este radicalismo se encuentra en Rousseau, acaso el pensador más influyente en la izquierda europea. Incluso se ha hablado de él como del precursor de la “democracia totalitaria” a través de su idea de la “voluntad general”. Bertrand Russell, algo despiadadamente, llegó a afirmar que de Locke proceden Churchill y Roosevelt, mientras que de Rousseau derivan Hitler y Stalin.

Pero, en realidad, los orígenes de la política radical se pueden encontrar antes, en las ideas del puritanismo protestante, y más en concreto, en el pensamiento político de Calvino. Esta es la tesis central del libro de Michael Walzer, La revolución de los santos. Estudio sobre los orígenes de la política radical. La obra política del calvinismo consistió en la invención de un partido ideológico, que combinaba fanatismo con disciplina, y que se orientaba directamente a la construcción de un orden nuevo. Se convirtió en el más exitoso agente revolucionario que el mundo nunca tuvo. Ese instrumento de poder, utilizado por los bolcheviques y por los jacobinos, fue producto del puritanismo calvinista, su más radical innovación. En su voluntad de destruir el viejo orden para instalar un mundo nuevo, los “santos calvinistas” fueron “políticos audaces, ingeniosos y despiadados, los primeros entre esos agentes autodisciplinados de la reconstrucción social y política que han aparecido tan frecuentemente en la historia moderna”.

El agente político ya no será el príncipe, sino el santo o, mejor, la banda de santos. El fin santifica los medios. Cualquier cosa es buena si promueve el avance de la causa santa. Una de las conclusiones principales del trabajo de Michael Walzer es que la política calvinista es un aspecto de ese gran proceso histórico que ha dado en llamarse “modernización”. El calvinismo no es la única forma de radicalismo político, pero presenta profundas analogías con el jacobinismo y el bolchevismo. El cristianismo reformado se convirtió en la primera ideología moderna. Toda ideología es una “política del libro”, en términos de Michael Oakeshott. En este caso, el libro era la Biblia según la interpretación de Calvino. Toda ideología propende al autoritarismo, y, al final, a la violencia.

Como escribe Walzer: “Si es que los hombres no soñaban, de hecho, con un cambio pacífico; si de alguna manera habían llegado a ver la violencia y la guerra sistemática como el precio que debía pagarse por la reforma, esto fue resultado del entrenamiento que recibieron del calvinismo. La mentalidad tradicional para la cual una lucha así habría sido inconcebible, poco a poco se fue desgastando y, al final, fue totalmente reemplazada por la conciencia colectiva y modernista de los santos”.

Nada más adecuado a esta actitud que el término “religión política” que acuñó Condorcet y recogió Eric Vögelin. Así, afirma el primero que los mismos que quisieron liberar a los hombres del yugo de la religión se arriesgan a convertirse en servidores de un culto no menos opresivo. A partir del momento en que es el poder el que dice al pueblo lo que hay que creer, nos encontramos con “una especie de religión política”, apenas preferible a la anterior. Condorcet añade: “Robespierre es un cura, y nunca dejará de serlo”. Ésta parece ser la primera vez que aparece la expresión “religión política”, muy diferente de la de “religión civil” de Rousseau, que no suponía más que el reconocimiento de los principios de la vida en común.

El terror jacobino consiste ya en una religión política, pero los peores temores de Condorcet se cumplirán con el comunismo y el nazismo, ya que “debido precisamente a su tendencia totalitaria, ese nuevo tipo de fusión entre poder temporal y poder espiritual elimina más radicalmente que nunca la libertad individual que garantizaba el laicismo”.

En el prólogo a su libro Las religiones políticas, argumenta Vögelin que una consideración del nacionalsocialismo desde una perspectiva religiosa ha de partir del supuesto de que existe el mal en el mundo. Y no un mal, entendido como defecto del ser, como algo puramente negativo, sino como una sustancia y fuerza auténtica, que realmente actúa en el mundo. Frente a una sustancia que no solo es mala en sentido ético, sino malvada en sentido religioso, satánica, solo puede resistirse desde una fuerza buena igualmente fuerte y religiosa. No se puede combatir a una fuerza satánica solo con moralidad y humanidad.

Pero no es una tarea sencilla. El mundo occidental atraviesa una grave crisis, un proceso de descomposición cuya causa es la secularización del espíritu. La curación sólo puede proporcionarla la renovación religiosa, ya sea en el marco de las iglesias históricas, ya sea fuera de ellas.

“Y es aquí –concluye Vögelin–, donde fracasan por completo los intelectuales políticamente comprometidos. Da grima oír una y otra vez que el nacionalsocialismo es un regreso a la barbarie, a los tiempos oscuros de la Edad Media, a la edad anterior al nuevo progreso humanístico, sin que los que así hablan adviertan que la secularización de la vida que ha traído consigo esa idea de humanidad es precisamente el caldo de cultivo en que han podido medrar movimientos religiosos anticristianos como el nacionalsocialismo. Para estas mentes secularizadas la cuestión religiosa es un tabú. Y plantearla de manera seria y radical es algo que les resulta sospechoso –quizá también un indicio de barbarie y de regreso a la oscura Edad Media”.

En conclusión, el santo calvinista se convirtió en un activista cristiano a quien su actividad lo llevó fuera de la Iglesia. Su objetivo fue la creación de la comunidad política santa. Su reino sí era de este mundo. La Iglesia se convierte en sociedad política y se diluye la distinción entre el poder espiritual y el temporal. Todo revolucionario pretende la salvación del mundo, aunque sea a costa del mundo.

La herencia de la Reforma no fue la democracia y el liberalismo frente al pretendido absolutismo católico, sino el radicalismo, la revolución y, en última instancia, el totalitarismo. El objetivo era la reconstrucción de la sociedad de acuerdo con la palabra de Dios y la igualdad entre los hombres. Su proyecto fue la combinación del fanatismo y la disciplina. El éxito no puede ser discutido. Las consecuencias terribles, tampoco.

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