Los factores de riesgo de divorcio

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Duración lectura: 10m. 48s.

El índice de divorcialidad -probabilidad de que un matrimonio acabe en divorcio- está aumentando rápidamente en toda Europa. Alcanza un 33% en Francia, un 38% en Suiza y casi el 50% en Suecia. ¿Cuáles son los factores que, según las estadísticas, aumentan el riesgo de divorcio? Con el Informe de las Familias (1988) del Deutscher Jugendinstitut, se dispone por primera vez de datos para Alemania, que permiten estudiar con rigor esos efectos. Estos datos se basan en más de 10.000 personas, seleccionadas de modo representativo y entrevistadas personalmente. En la Neue Zürcher Zeitung (30/31-III-96) el Prof. Andreas Diekmann y su asistente Henriette Engelhardt, del Instituto de Sociología de la Universidad de Berna (Suiza), presentan un estudio de esos datos del cual ofrecemos aquí un resumen.

Desde el punto de vista demográfico, la llamada divorcialidad es un índice transversal, o coyuntural, como lo es el más conocido índice de fecundidad: no indica simplemente una “proporción de divorcios”, sino que se calcula sumando las divorcialidades observadas para cada “edad” de matrimonios en un año dado. Por no tratarse de un índice longitudinal (que sigue las generaciones), el índice de divorcialidad se debe tomar con prudencia, aunque la persistencia de su aumento en toda Europa es señal clara del aumento real de los divorcios.

La espiral del divorcio

En el estudio se habla de la “herencia social del riesgo del divorcio”. Los autores describen lo que llaman “la espiral del divorcio” en cinco puntos:

1. Se observa que el divorcio es más frecuente en matrimonios en los que la mujer trabaja fuera del hogar. Las cifras no permiten establecer una sola dirección de causalidad: también “un número creciente de divorcios contribuye a aumentar la proporción de mujeres en el mercado del trabajo. Además, se demuestra empíricamente que la ‘anticipación’ del riesgo de divorciarse fomenta la tendencia de mujeres casadas a buscar un empleo; un hecho que, a su vez, aumenta el riesgo de divorcio”.

2. La sola percepción de un riesgo de divorcio en un matrimonio puede aumentar ese riesgo. “Si los esposos empiezan a dudar de que su unión dure, ese escepticismo va a provocar que reduzcan el esfuerzo invertido en el matrimonio, lo que aumenta el riesgo efectivo de divorcio”.

3. Con el aumento del número de divorciados en una sociedad, es más fácil encontrar un nueva pareja después de un divorcio. Se demuestra que los divorciados que buscan una nueva pareja la encuentran más frecuentemente entre otros divorciados.

4. “Mientras que en sociedades en las que el divorcio es excepción los divorciados están expuestos a grandes discriminaciones, estas desaparecen con el aumento del número de divorcios”. También en ese sentido se habla de la “espiral del divorcio”.

5. Hijas y, sobre todo, hijos de matrimonios divorciados tienen a su vez una divorcialidad mucho más elevada que la media.

Entorno familiar

Los autores del estudio distinguen cuatro tipos de entornos familiares de los divorciados: la familia “completa” (con ambos padres); la familia con sólo uno de los padres, pero no a causa del divorcio (generalmente casos de viudez); la familia que no son los padres (los hijos han crecido sin sus padres biológicos: adopción, etc.); la familia de divorciados.

Según esos entornos, se compara -a partir de las divorcialidades medidas para cada duración de matrimonio- la divorcialidad total de los cuatro grupos. Los resultados aparecen en la tabla 1. Para entender esas cifras, tomamos el ejemplo del 140%: significa que, para maridos que son hijos de divorciados, el riesgo de divorcio es 140% mayor que para maridos que han crecido con ambos padres. Con otras palabras: si, en una sociedad concreta, de cien maridos que han crecido con su padres, van a divorciarse gún la divorcialidad observada- 20, entonces de cien maridos provenientes de padres divorciados van a divorciarse un 140% más, es decir, 48.

Salta a la vista que los hijos de divorciados tienen mucho más riesgo de divorciarse. Si estas relaciones perduran en el tiempo, de generación en generación, seguirá lógicamente aumentando la divorcialidad.

Los huérfanos de la guerra

Se piensa a veces que la mayor divorcialidad de hijos de divorciados tiene que ver no tanto con su entorno familiar como tal, sino con el hecho de que, en la situación en la que han crecido, sufrían más privación económica. “Se piensa que la situación materialmente más limitada en la familia ha causado un déficit de desarrollo que, más tarde, hace más difíciles unas relaciones matrimoniales armónicas”. Si esta fuera la explicación, dicen los autores, “sería un efecto también observable en otras familias incompletas, pero en las que no hubiera habido divorcio”.

Para estudiarlo, comparan a los “huérfanos de guerra”, los hijos de padres fallecidos en la segunda guerra mundial, con los hijos de divorciados de aquel tiempo. “Si el hecho de crecer sin padre influyera en la futura divorcialidad de los niños, la divorcialidad de los huérfanos de guerra no sería inferior a la de los hijos de divorciados. Pero en realidad, esta última es mucho más alta, mientras que la divorcialidad de los huérfanos de guerra es exactamente tan baja como la de hijos crecidos con sus dos padres, en la misma época”.

Inversiones en el matrimonio

“Según la Teoría económica de la familia, del Premio Nobel Gary S. Becker, el hogar familiar es como una pequeña empresa, con división del trabajo y en la cual se hacen inversiones. La estabilidad de la empresa ‘familia’ aumenta con el grado de ‘inversiones específicas en el matrimonio’. Estas inversiones pueden ser materiales (propiedad del piso o de la casa) o inmateriales (hijos, amigos, etc.). En caso de separación, los frutos de esas inversiones no serán ya ‘consumibles’ o lo serán en una medida inferior”.

La tabla 2 muestra, por ejemplo, la disminución del 70% de la divorcialidad en el caso de que el matrimonio sea propietario de su casa. En cuanto a la influencia de la actividad profesional de la mujer sobre la estabilidad del matrimonio, se observa que aumenta un 19% la divorcialidad, aunque hay que matizar bien ese efecto. Explican los autores: “Las mujeres que trabajan fuera del hogar tienen más alternativas al matrimonio y es más fácil para ellas dar por terminada la unión. Pero hay también indicios de que el matrimonio de esas mujeres no es menos estable cuando existen medidas para mejorar la compatibilidad de la profesión con la familia”.

Prueba sin éxito

En la tabla 3 se indican otras circunstancias de un matrimonio que influyen en la divorcialidad. Los autores comentan sobre todo el resultado de los matrimonios que “hicieron la prueba”.

Hoy en día piensan muchos que se asegura mejor la futura estabilidad del matrimonio empezando con un periodo de convivencia prematrimonial. Esto permitiría comprobar si la pareja se entiende bien, o romper a tiempo una aventura antes de comprometerse, en caso de que advierta que no tendrá estabilidad.

Las estadísticas contradicen de modo muy significativo esa suposición. Matrimonios que cohabitan antes de casarse tienen entre un 40% y un 60% más de riesgo de acabar en divorcio. Los autores del estudio dudan de la causalidad directa de ese factor: piensan más bien que son factores diversos, que explican a la vez el matrimonio a prueba y la divorcialidad más alta. “Probablemente -dicen-, los matrimonios con una fase preliminar de prueba, son ya un ‘grupo selectivo de riesgo’, con una actitud y unas características con más riesgo de divorcio” (1).

La influencia de la religión

Las diferencias de divorcialidad según la religión o la confesión son también estadísticamente muy significativas, como puede verse en la tabla 4. Un matrimonio protestante tiene un 30% más de riesgo de divorcio que un matrimonio católico, pero entre un 18% y un 38% menos que un matrimonio mixto, y entre un 72% y un 112% menos que un matrimonio sin confesión.

Diferencias entre marido y mujer

En la mayoría de esas cifras, se nota una diferencia entre la divorcialidad del hombre y de la mujer. “Estudios americanos muestran las muy distintas incidencias de un divorcio sobre los hijos, según se trate de niños o niñas, aunque los resultados empíricos no son unívocos: las niñas reaccionan de un modo más controlado, mientras que los niños manifiestan abiertamente más agresividad. Además, los chicos desarrollan probablemente más problemas por la ausencia del padre, que es la situación más frecuente en casos de divorcio. En el caso de las chicas, parece ofrecer más garantía el hecho de ser educadas por el progenitor de su mismo sexo”.


Comentario

Romper la espiral

Los datos y los hechos hablan. La Neue Zürcher Zeitung ha tenido la honestidad de publicar el estudio y la reflexión que se han resumido aquí. Se trata de hechos. Pero dos días más tarde, salía el mensual monográfico de la NZZ, precisamente sobre el matrimonio. A través de argumentos intelectualistas, se intentaba convencer a los lectores de la estupidez de quien, hoy en día, vea en el matrimonio una institución “objetiva”. Más bien se extrañan algunos autores de que, todavía, mucha gente crea en el matrimonio, a pesar de que fracasa en más de un tercio de los casos.

En Suiza no se justifica el lavado de dinero sucio o la polución del ambiente por el hecho de que sea frecuente. Y está bien así. Pero se justifica el divorcio, el aborto, etc., por el hecho de que hay muchos casos.

Quizá no se puede demostrar todo con cifras. Sin embargo, los datos y los hechos hablan. Quien ha crecido como hijo único, con su madre divorciada casi siempre fuera de casa, que -no hablemos de su adolescencia- llega a la edad adulta y va cohabitando con distintas mujeres, hasta decidirse a duras penas a casarse con una, excluyendo además la descendencia, aquel hombre se divorciará. Casi seguro.

Un mínimo de sentido común permite llegar a esa conclusión. Pero el estudio de la Universidad de Berna permite precisar la influencia de los diversos factores de divorcialidad y aportar datos serios a los debates sobre la familia.

El dato más sorprendente para muchos será aquel de la convivencia prematrimonial. No tiene sentido, estadísticamente hablando, el “ver antes si nos entendemos bien”, razón aducida para cohabitar antes de casarse. Quien lo hace tiene entre un 40% y un 64% más de riesgo de divorciarse.

Desde el punto de vista demográfico, es muy inquietante la espiral del divorcio. El aumento de los divorcios fomenta a su vez los divorcios en la generación siguiente. Probablemente se podría decir algo semejante de los hijos nacidos fuera del matrimonio, cada vez más frecuentes en Europa: en Francia han pasado del 6,8% de los nacimientos en 1970 al 35% en 1993, o, en España, del 1,4% en 1970 al 10,5% en 1992, mientras en Suecia más de la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio.

Frente a estas espirales, no basta lamentarse de lo mal que va la sociedad. Es cada vez más urgente una ofensiva en favor de los llamados “valores de la familia”, que, en definitiva, no son valores particulares: son “los” valores, en cuanto transmitidos del modo más eficaz e ideal en el ámbito de una familia donde no impera el egoísmo.

Es preciso pensar particularmente en esos hijos de divorciados, que estarán a su vez más expuestos al riesgo de divorcio, para ayudarles con más atención. Comprenderlos no significa dar la razón a sus padres. No es tarea fácil: han de seguir amando a sus padres, y, a la vez, no conviene -por lo menos a partir de una cierta edad- darles la impresión que todo es normal, que todo está bien así. No se trata de considerar como familia lo que no lo es, pero sí hay que tomar en serio la educación de esas víctimas, que muchas veces carecen de un modelo de compromiso para la vida, de un modelo de fidelidad, de amor sin reservas. Hay que romper la espiral.

François Geinoz

_________________________

(1) Este fenómeno se ha comprobado también en Estados Unidos. Larry Bumpass y James A. Sweet, de la Universidad de Wisconsin, analizaron los datos del Informe Nacional sobre Familia y Hogares (1987-88), con una muestra de 13.000 personas. Descubrieron que, diez años después de casarse, el 38% de los americanos que han cohabitado antes se habían divorciado, frente a un 27% de los que se casaron directamente (cfr. servicio 100/89).

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