Gestionar hogares inteligentes

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Iniciativas para profesionalizar y redescubrir el valor del espacio doméstico
Después de una larga jornada laboral, un disgusto o un éxito, llegar a casa es un deseo común. Pero la casa del siglo XXI ya poco tiene que ver con aquel “dulce hogar” de nuestros abuelos. Sacar un hogar adelante requiere invertir tiempo e inteligencia. Por eso surgen iniciativas para reaprender a gestionar el espacio doméstico y profesionalizar -adaptándolas a las necesidades actuales- tradiciones y tareas.

Cuando en 1958, durante lo que se llamó el “gran salto adelante”, Mao y el partido comunista chino crearon 2,6 millones de comedores comunales, no podían imaginar que esta medida provocaría una hambruna que iba a ocasionar casi 60 millones de muertes. A pesar de la cantidad de comida disponible, el aumento del consumo, el despilfarro y la mala gestión de los alimentos sobrantes fueron la causa de un rápido agotamiento de los alimentos. “En seis meses, la eliminación de las comidas familiares precipitó una hambruna que duró hasta que fueron reinstauradas”, asegura Sofía Aguirre, profesora de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Católica de América. Aunque también otras causas contribuyeron a la catástrofe, “las comidas familiares desempeñaron un papel crucial en el comienzo y en el final de la hambruna”.

Una iniciativa en este mismo campo, aunque esta vez a la inversa, es la que la Fundación Nginn Karet realiza en la actualidad en Camboya, para la recuperación de habilidades domésticas y la regeneración de aldeas rurales arrasadas por los Jemeres Rojos. Con la ayuda de esta fundación, los habitantes de algunas zonas rurales han reaprendido a sembrar, cocinar, alimentar a los hijos y cuidar el ganado, y poco a poco el nivel de muchas pequeñas poblaciones se está regenerando.

Repercusión de los hábitos alimentarios

La ruptura del hogar no es, por tanto, un fenómeno exclusivamente occidental. Los problemas educativos derivados de las largas horas de ausencia de padres y madres en el hogar; la creciente obesidad infantil por una inadecuada alimentación y otros problemas de socialización y comunicación hacen inaplazable la búsqueda de soluciones. Pero mientras gobiernos y empresas siguen avanzando en la lenta negociación sobre la flexibilización de horarios, ¿por dónde empezar?

Una reciente investigación de la Universidad de Paderborn (1) afirma que un elemento catalizador de estos cambios, al menos en Alemania, está siendo los propios jóvenes. En sus conclusiones, presentadas recientemente en el congreso “Excellence in the Home”, (Londres, 8-9 de mayo de 2006) (2), se asegura que “los jóvenes ven las comidas familiares como un espacio significativo para la conversación” y que, en consecuencia, “la participación en ellas cada vez adquiere mayor importancia”.

Apoyándose en esta realidad, la autora del estudio, Kirsten Schlengel-Matthies, profesora de la Facultad de Ciencias Naturales, se ha embarcado en un plan -Proyecto Revis- para reformar la educación sobre nutrición y consumo que se imparte en las escuelas. “No se trata de enseñarles solo cómo alimentarse de una manera sana, con información sobre la cantidad de comida que necesitan y quizá algún dato económico o ecológico, sino de hacerles reflexionar sobre los hábitos alimentarios”, afirma. En su opinión, hacen falta profesores “que tengan sensibilidad hacia los problemas que se relacionan con la comida, y muestren a sus alumnos cómo el modo de comer incide en la vida familiar, para que aprendan a organizarse y a adquirir responsabilidades sobre ellos mismos y sobre otros”.

Programas escolares

En el fondo de la investigación de la Universidad de Paderborn subyace una cuestión básica: el papel tradicional de la mujer en la alimentación, que tenía un marcado significado para la vida familiar y era importante para la comunicación y la socialización de los hijos, no puede mantenerse ya de un modo generalizado por la mayoría de las familias. Lo que era aplicable hasta el siglo XX -tres comidas en familia- ya no lo es ahora. La oferta y la demanda de alimentos ha variado de manera radical; también la tecnología disponible para su preparación -las cocinas parecen talleres, dotados de modernos electrodomésticos, y la casa comienza a gestionarse cada vez más de un modo científico- y, lo que es más importante, el tiempo -el dato esencial- resulta un bien cada vez más escaso en generaciones de mujeres incorporadas al mercado de trabajo.

La enseñanza escolar sobre hábitos alimentarios saludables y sobre su repercusión en los estilos de vida no es algo propio de Alemania. La alarma sobre la obesidad infantil hizo implantar esta materia hace ya algunos años, en el marco del área de Diseño y Tecnología, también en Gran Bretaña. Allí, el 15 por ciento de los adolescentes de quince años y el 8,5 por ciento de los niños de entre seis y doce se consideran clínicamente obesos.

Por ese motivo, desde 1998 se está llevando a cabo un programa de educación escolar -“Focus on Food Campaign”- como apoyo a las clases que reciben los alumnos de primaria y secundaria. La iniciativa tiene su parte divertida, ya que las prácticas se dan en autobuses diseñados a propósito, que disponen de cuatro cocinas perfectamente equipadas y un pequeño comedor. “La educación en la comida es importante y a veces no se recibe en casa. Con estos autobuses se pretende dar ideas básicas sobre cocina, alimentación, comida saludable e higiene de los alimentos. Aquí lo pasan bien y, además, si aprenden a cocinar, a sentarse juntos a la mesa, a usar los cubiertos, es posible que lo practiquen en el futuro”, asegura Anita Cormarc, directora del programa.

Potenciar la comida familiar

El peso de la familia y, más en concreto, de las comidas familiares en el desarrollo económico sostenible de un país es otro factor positivo a favor de la recuperación del valor del hogar. A partir de un estudio reciente del National Center on Addiction and Substance Abuse de Estados Unidos, Sofía Aguirre concluye que “existe una relación estrecha entre las comidas familiares y la producción de capital humano, social y moral”. “Los datos empíricos avalan que las comidas familiares frecuentes fortalecen las relaciones familiares, aumentan los resultados académicos y ayudan a prevenir el consumo de drogas (3)”.

Sin embargo, Aguirre no cree que la educación resuelva por sí sola la ausencia de comidas familiares y su consecuencia sobre el capital humano de un país. “En esos encuentros diarios hay una relación interpersonal que no puede pedirse prestada ni educarse”, asegura; “tampoco pienso que un gobierno o unas instituciones intermedias puedan sustituir el contexto familiar; muchos de los problemas que hoy en día se les plantean a los jueces, políticos o profesores se resolverían más bien por la propia familia en el cuarto de estar, el comedor o la cocina de un hogar”.

Potenciar y fortalecer la comida familiar se considera un buen elemento en el conjunto de medidas dirigidas a reforzar la estructura de la familia, aunque según esta profesora de Economía y Negocios, esto no será posible sin un cambio de enfoque: “Por ejemplo, en cualquier medida de flexibilidad laboral que se proponga, la familia debe contemplarse como una unidad y atender a sus necesidades de manera conjunta; largos horarios de trabajo para los padres y cortos horarios escolares, combinados con una miríada de actividades extraescolares para los hijos no resuelven nada… En el hogar, el tiempo es un elemento importante para todos y el ahorro en el transporte debería ser una prioridad”.

También la distribución de ese tiempo debe considerarse, ya que, generalmente, “la mujer tiene la responsabilidad principal en la ejecución de las tareas domésticas, especialmente en el área de compra y preparación de la comida, incluso cuando trabaja fuera de casa”. En su opinión, “no es accidental que las mujeres que trabajan fuera del hogar tengan un nivel de estrés muy grande”. Todo esto repercute en la productividad laboral, y las empresas están preocupadas. El modelo de organización en el que el padre trabaja a tiempo completo y la madre a tiempo parcial, ya no funciona. “La mujer no ha dejado de ocuparse de la casa, aunque no cocine, y esto hay que tenerlo en cuenta y reconocer las distintas formas de hacer en el marco laboral, poniéndolas en el contexto de la familia, para buscar soluciones, porque la dinámica ha cambiado”, afirma Sofía Aguirre.

Profesionalizar el hogar

Mary Hunt, presidenta de Home Advantage Plus (4), descubrió hace unos años la existencia de una paradoja en muchas familias: “cada vez hay menos tiempo y dedicación al hogar y simultáneamente existe un mayor interés por mejorar y conciliar el ámbito doméstico y laboral, como puede comprobarse en programas de televisión y en la abundancia de publicaciones sobre la casa y la alimentación”.

Su empresa, fundada en Estados Unidos, parte de una realidad: el 70 por ciento de los matrimonios trabajan y muchas de las actuales generaciones no han recibido ningún tipo de experiencia doméstica en la familia. Desde Home Advantage Plus ofrece cursos a empresas y otros colectivos con el fin de que los participantes extiendan sus técnicas y habilidades profesionales al ámbito del hogar. “Toda la estrategia se apoya en que el trabajo de una casa es cíclico y, por lo tanto, se puede planificar, delegar, organizar, dirigir y controlar. Aprender a profesionalizarlo reduce el estrés y los resultados benéficos sobre la salud inciden en la productividad de cada persona en su puesto de trabajo”, afirma.

Hunt ha comprobado el interés de muchas empresas por ofrecer cursos de ese estilo a los empleados e incluso ha encontrado varias que gratifican con incentivos a los que siguen los cursos, especialmente si su relación laboral es de teletrabajo y desempeñan sus funciones desde el propio domicilio. La mayoría de los asistentes son mujeres, pero también hay hombres -alrededor de un 20 por ciento del total- que quieren aprender y contribuir a que la vida familiar sea más grata.

La necesidad de ejercitarse en estos trabajos también es patente en otros ámbitos culturales. “En Gran Bretaña hay ya dos generaciones de padres que no los han aprendido en sus casas, con lo cual la solución es que los padres se preparen para hacer esas tareas con sentido profesional”, asegura Maria Pia Chirinos, profesora de la Facultad de Filosofía de la Universidad de la Santa Cruz y autora del libro “Claves para una antropología del trabajo” (5).

En su opinión, “para tener una vida equilibrada hay que tomarse en serio que todos estos trabajos pueden llegar a ser una auténtica profesión. El mensaje está muy arraigado en el mundo anglosajón, por eso es más frecuente encontrar estudios en el ámbito superior o universitario en Nueva Zelanda, Australia o Estados Unidos”. Chirinos señala que también existen estudios a nivel técnico profesional, “para la parte práctica, que es muy importante y a veces puede aparecer como monótona, aunque justamente lo artístico empieza por medio del ejercicio y de la repetición. Con estos estudios se intenta transmitir el sentido profesional y artístico de estos trabajos, para crear hogares satisfactorios para sus propios miembros y que estimulen su responsabilidad personal”.

M. Angeles Burguera____________________(1) “Sociological aspects of food culture and family life”, por Kirsten Schlengel-Matthies, Faculty of Natural Sciences, Department of Sport & Health.(2) http://www.excellenceinthehome.org.(3) Ver “Family dining, diet and food distribution: planning the seeds of economic growth” en www.excellenceinthehome.org.(4) www.homeadvantageplus.com.(5) Maria Pia Chirinos, “Claves para una antropología del trabajo”, EUNSA, Pamplona (2006).

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