El dilema del divorcio

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Duración lectura: 3m. 44s.

Los electores irlandeses votarán el 24 de noviembre sobre un proyecto de legalización del divorcio, actualmente prohibido en la Constitución. A este propósito, Mary Kenny expone en The Sunday Telegraph (Londres, 15-X-95) algunos argumentos a favor y en contra.

Por una parte, el Estado no puede hacer feliz a la gente, no puede hacer que los matrimonios funcionen, y no puede obligar a los esposos a seguir unidos sólo porque un día se comprometieran a hacerlo así.

Por otra parte, el Estado obliga a los niños a ir a la escuela, a los automovilistas a tener asegurado el coche, y -por supuesto, para nuestro bien- prácticamente impone a las mujeres el someterse con regularidad a revisiones ginecológicas. Puesto que el Estado ya interviene tanto en la sociedad, ¿por qué no debería apoyar la estabilidad familiar, para que los niños conserven a sus padres?

Por una parte, las personas con matrimonio infeliz se separarán en cualquier caso, por las buenas o por las malas. El 4% de la población irlandesa se ha separado ya -como el príncipe Carlos y la princesa Diana-, así que ¿por qué no ponerles más fácil a ese 4% de personas que se casen de nuevo si así lo desean?

Por otra parte, el 96% de los irlandeses siguen felizmente casados, y algunos de ellos temen que sus matrimonios se desestabilicen si se permite el divorcio, en especial un divorcio sin culpa, como el que planea el gobierno irlandés.

Por una parte, es más honrado reconocer que un matrimonio es infeliz, y ponerle fin.

Por otra parte, según algunas fuentes no oficiales, el 30% de las parejas que se divorciarían si pudieran, acaban arreglando sus problemas y siguen conviviendo incluso mejor que antes.

Por una parte, las mujeres son, en la mayoría de los casos, quienes solicitan el divorcio, y la ley del matrimonio no debería dejar a las mujeres presas en matrimonios infelices.

Por la otra, tras el divorcio la mujer suele quedar en peor situación económica que el hombre; además, los hombres divorciados casi siempre vuelven a casarse, y sus segundas esposas suelen ser, de media, siete años más jóvenes que las primeras (y las terceras, unos siete años más jóvenes que las segundas). (…)

Por una parte, todos conocemos casos de segundos matrimonios muy felices después de un error de juventud. Mags O’Brien, portavoz del Grupo pro Divorcio de Dublín, dice: “¡Cometí un error! ¿Tengo que pagarlo durante toda la vida?”.

Por otra parte, todos conocemos también casos de víctimas del divorcio: mujeres de edad media, abandonadas; hombres que desearían ser buenos padres pero que pierden la custodia de sus hijos.

(…) Por un lado, la Unión Europea a menudo censura a Irlanda por no adaptarse a la legislación social comunitaria y por adoptar ideas tan absurdas como defender el matrimonio y considerar al no nacido como un ser humano.

Por otra parte, contrariar a la Unión Europea es uno de los pocos placeres que quedan en este mundo cada vez más reglamentado.

¡Caramba, qué dilema plantea ese referéndum! Algunas personas, después de todo, dicen que una buena ley del divorcio favorecerá el matrimonio. Sin divorcio, se empuja a la gente a cohabitar, lo que socava la dignidad del matrimonio.

Y sin embargo, en los países -Inglaterra, Di-namarca, Francia- donde divorciarse se ha ido haciendo cada vez más fácil, la cohabitación ha aumentado de forma exponencial. Por lo que tener una ley del divorcio no protege al matrimonio de la creciente tendencia a la cohabitación.

Los que defienden las negociaciones de paz señalan que es mejor que la República de Irlanda y el Ulster vayan coordinando sus leyes sociales. Sin embargo, uno de los líderes protestantes del Ulster, el Reverendo Martin Smyth, Gran Maestro de la Orden de Orange, defendió recientemente en una entrevista la prohibición del divorcio en la República, y animó a los ciudadanos irlandeses a mantenerla el mayor tiempo posible. Todos los buenos irlandeses deben defender la familia, señaló. Lo mejor, desde el punto de vista ecuménico, sería (por lo que respecta a la Orden de Orange) rechazar el divorcio.

Al final, la gente tendría que seguir su conciencia y preguntarse: ¿por una parte…?, y luego: ¿por la otra… ?

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