Donde cada uno es querido por sí mismo

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Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, envió un mensaje a los participantes en el II Congreso Panamericano sobre Familia y Educación (ver servicio 73/96), celebrado en Toronto del 26 al 30 de mayo.

(…) “La civilización del amor es posible, no es una utopía”, habéis querido reafirmar, haciendo eco a la carta de Juan Pablo II a las familias. Este ideal será realizable si, como indica el Papa, se verifican dos condiciones fundamentales: el reconocimiento del nexo entre verdad y libertad, y la recuperación del concepto originario de familia como comunión de personas fundada sobre el matrimonio, uno e indisoluble.

La primera condición implica el reconocimiento social de la más profunda verdad sobre la persona humana, hecha por el Creador a su imagen y semejanza, y llamada a participar en la vida divina con su respuesta libre a la llamada de Dios. No existe una libertad propiamente humana si se desconoce su ligamen constitutivo con la verdad, como claramente enseña Jesucristo en el Evangelio: veritas liberabit vos (Jn 8, 32).

Esta afirmación constituye uno de los aspectos en que más insiste el magisterio del Romano Pontífice, quien la ha expuesto repetidamente -de modo particular en la encíclica Veritatis splendor- como base irrenunciable de la ética y de la moral. Frente a una concepción que otorga el mismo valor a cualquier manifestación de la libertad humana, independientemente de su relación con la verdad objetiva, es preciso insistir en la importancia de que la libertad humana pierde su sentido y su eficacia si se ejerce desvinculada de la más profunda verdad sobre el hombre. De dicha unión depende que el ser humano tenga una vida llena de contenido. Por eso, la defensa de la libertad no se puede calificar en términos de derechas, izquierdas o centro.

(…) La doctrina cristiana enseña a la vez que cada hombre y cada mujer -cada ser humano, también el que aún no ha llegado a nacer, así como el que se encuentra en la fase terminal de su vida terrena- es fruto de un acto singular del amor de Dios, que ha querido a cada uno por sí mismo. Ningún individuo humano resulta sustituible por otro: ni en el corazón de Dios, ni en sí mismo. Siendo “imagen y semejanza” de Dios, cada persona es irrepetible, destinataria inmediata de su amor paternal. Con palabras del fundador del Opus Dei [el Beato Josemaría Escrivá], podemos afirmar que “al crear las almas Dios no se repite”. Y esto lleva consigo una consecuencia que vosotros, padres y madres de familia, primeros y principales educadores de vuestros hijos, debéis tener siempre presente: “hay que tratar a cada uno según lo ha hecho Dios y según lo lleva Dios (…). No existen panaceas. Es preciso educar, dedicar a cada alma el tiempo que necesite, con la paciencia de un monje del medioevo para miniar -hoja a hoja- un códice”.

(…) La sola consideración del nexo constitutivo entre verdad y libertad no expresa de modo exhaustivo las condiciones que deberán realizarse para hacer posible la “civilización del amor”. Es necesario, además, tomar conciencia de que el hombre desarrolla su inclinación natural a la sociabilidad mediante el amor a Dios y a los demás hombres. Sólo después de un largo y a veces trabajoso proceso de educación al amor, llega efectivamente a convertirse en un ser auténticamente social; es decir, a percibir de forma habitual y eficaz el bien de los demás hombres y mujeres como un bien que es también suyo: como un bien común.

Aquí cobra particular relieve la sociedad doméstica. La familia es, en efecto, el lugar natural donde el recíproco sentimiento de afecto y comprensión lleva a que cada persona se vea aceptada y amada por lo que es, en el sentido más amplio y radical de este término: en su humanidad -que comparte con otros seres humanos- y, a la vez, en su condición de ser insustituible; en su espiritualidad y en su corporalidad; con sus capacidades y con sus límites; con sus virtudes y defectos… Querida así, amada y comprendida así, la persona se siente empujada -sobre todo durante la infancia, pero también en la madurez y a lo largo de toda la vida- a corresponder con igual afecto y amor: aprende primero a querer a los demás miembros de su familia y, poco a poco, si este afecto suyo tiene un fundamento verdaderamente inter-personal, se expandirá a todas las demás personas.

(…) Este progreso cultural indudable hacia la afirmación de la “civilización del amor”, que observamos en los últimos años, se encuentra no pocas veces frenado, cuando no del todo desnaturalizado, por una concepción errónea de lo que se ha de entender por matrimonio y familia. “El matrimonio, que es la base de la institución familiar -ha recordado el Papa en la Carta a las familias-, está formado por la alianza por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”. En varios lugares de esa misma Carta, el Papa explica que sólo una comunidad familiar de este tipo responde a la vocación de la persona a la entrega de sí mismo, que realiza así plenamente su personalidad e identidad más profundas, a la vez que hace surgir en ella misma y en los demás el sentido de co-pertenencia; sólo una comunidad familiar con estas características es capaz de generar los presupuestos éticos y culturales que se requieren para construir una sociedad justa y una civilización del amor; en fin, sólo el matrimonio y la familia así entendidos merecen un reconocimiento pleno por parte de la sociedad. (…)

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