Divorcios “blancos”

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Duración lectura: 2m. 21s.

Contrapunto

El fraude a la legislación matrimonial había dado lugar hasta ahora a los llamados “matrimonios blancos”, en los que los contrayentes no piensan hacer vida en común y se casan sólo para obtener algún beneficio jurídico (la nacionalidad, un permiso de residencia, etc.). Pero algunas gentes ya no respetan nada, y ahora empiezan a darse casos de falsos divorcios. La noticia viene de Suecia, y muestra uno de esos efectos perversos que suelen darse en un Estado Providencia generoso.

En Suecia están previstas sustanciosas ayudas para las madres divorciadas que obtienen la custodia de sus hijos. Para ayudar a estas mujeres solas, sus hijos tienen también preferencias y rebajas en las guarderías y demás instituciones sociales. Ante este panorama, no pocos matrimonios jóvenes pensaron que fingir un divorcio podía ser muy rentable. Según los papeles oficiales, él se trasladaba a otro apartamento o chalet en el campo, pero en realidad seguía bajo el mismo techo con su esposa e hijos. Y a nadie le extrañaba este trato habitual entre los divorciados y sus hijos: “este es un país civilizado, y una separación no es un drama”, se decía.

Pero las autoridades fiscales empezaron a sospechar y a investigar. Y lo que han descubierto, según el director general de impuestos, es que “el engaño es incluso mayor de lo que nos temíamos”. Los inspectores van a visitar a las madres divorciadas a la hora de la cena. Y en las “redadas” de los primeros días han comprobado que los falsos divorcios no son tan excepcionales. En una provincia, de las ochenta madres visitadas, treinta habían mentido y vivían en santa paz con sus maridos.

Las autoridades están indignadas. La ministra responsable de la Seguridad Social dice: “Necesitamos un cambio radical de legislación. Hay que acabar con los falsos divorciados”. Pero el fenómeno no es tan extraño. Si la gente ha perdido el respeto al matrimonio, no cabe esperar que reverencie el divorcio. Y si la infidelidad matrimonial ya no escandaliza a nadie, también habrá más manga ancha para engañar al Fisco.

A fin de cuentas, lo que están descubriendo en Suecia puede ser una decepción para el Fisco, pero también es un signo de salud social. La unidad familiar es más sólida de lo que reflejaban las engañosas estadísticas de divorcios. Con el coste social de la mentira, eso sí. Pero la raíz del mal está en una legislación que hace más rentable divorciarse que seguir casados. Como decía un economista, también sueco, “el Estado Providencia está muy bien, hasta que la gente aprende a utilizarlo”.

Juan Domínguez

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