Cuidar de los demás: una función devaluada

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 4m. 16s.

Laura Carlin, escritora y periodista canadiense, cuenta en The Globe and Mail (Toronto, 17-VI-93) cómo cambió para ella la vida cuando tuvo una hija. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había vivido con un esquema mental que no daba su justo valor a la tarea de cuidar de otros.

Cuando estaba embarazada, mi marido me anunció que él se quedaría en casa cuidando a nuestro hijo o hija. Quería empezar una carrera como independiente, y, además, los dos estábamos de acuerdo en que él tenía un “instinto paterno” más fuerte que el mío. Yo me tomaría seis meses de permiso durante la lactancia, y después sería mi marido quien se encargaría del niño. Dábamos por hecho, sin más preguntas, que yo estaría en casa sólo el tiempo imprescindible.

(…) Pero a medida que transcurre el permiso por maternidad que me concede la provincia de Ontario, me voy sintiendo desgarrada. Es cierto que he estado bastante agitada estos tres meses que he pasado en casa, y que estoy ansiosa de disfrutar de la compañía de mis colegas y de su inteligente conversación (con perdón de mi marido). También soy consciente del tiempo perdido para mi carrera, en un campo en el que no puedes estar “fuera de onda” mucho tiempo.

A pesar de mi educación feminista y de mi gran ambición profesional, siento un tirón muy fuerte para quedarme en casa. Mi “instinto maternal” es mucho más poderoso de lo que yo creía. No es sólo que mi hija sea un precioso ser humano que no puede valerse por sí mismo, y que nos necesita a su padre y a mí para todo en la vida. Por supuesto que así es, pero la verdad es que yo la necesito a ella tanto como ella a mí. La satisfacción que experimento cuando aprende algo nuevo o cuando sonríe al verme es mucho más grande que la que haya sentido nunca en cualquier puesto de trabajo convencional.

Soy plenamente consciente de que todas las mujeres que han sido madres a lo largo de la historia han sentido lo mismo, pero, en cierto modo, hasta ahora no acababa de creérmelo. (…) Con esta actitud, la vida que yo había planeado racionalmente cuando estudiaba en la universidad no incluía a los hijos entre las prioridades. Mi objetivo era obtener el título, establecerme en mi profesión, casarme a los 27 y, quizá, tener algún hijo -sin dejar de trabajar- cuando ya tuviera 30 años. Me he encontrado con que las cosas no siempre salen de acuerdo con los planes.

(…) Siempre me han parecido un poco extrañas las madres que querían quedarse en el hogar. Estaba convencida de que no estaban desarrollando todas sus posibilidades como mujeres y como miembros de la sociedad. Por otra parte, los hombres que querían quedarse en casa eran personas modernas.

(…) En cambio, me da vergüenza reconocer que me encantaría quedarme en casa y ver crecer a mi hija. Otra vez pierde la mujer, concluyo. Si mi marido se queda en casa, es progresista; pero si lo hago yo, soy retrógrada. Esto no suena a igualdad. ¿No se suponía que el feminismo iba a ampliar mis posibilidades?

(…) Al pensar en este problema y las decisiones que he de afrontar, estoy empezando a darme cuenta de que la cuestión no está en ser hombre o mujer. ¿Qué sucedería si mi marido decidiera cuidar al niño y no trabajar? ¿Cómo lo considerarían? ¿Cómo se sentiría él? Probablemente, su decisión parecería igualmente extraña. (…) Sin duda, esto se aplica también a los hombres, pero sobre todo es una devaluación del tradicional papel femenino de cuidar de los demás. Y yo, por muy feminista que me pueda considerar, he caído también en esa trampa. Incluso ahora que creo que cuidar a un niño es una de las cosas más importantes que cualquier persona puede hacer, todavía siento cierta vergüenza de dedicarme sólo a eso.

Igual que mi bisabuela debió de crecer con la expectativa de cumplir cierta función como ama de casa, yo he crecido con la expectativa de cumplir cierta función como trabajadora. También a los hombres se les empuja a desempeñar ese papel. Puedes trabajar o puedes criar niños y trabajar -en casa o fuera-, pero dedicarse sólo a criar niños resulta extraño. No importa lo satisfactorio que yo lo encuentre; lo que sé es que no me dedicaré sólo a cuidar a mi hija.

Sin duda, hemos avanzado mucho, pero todavía tendremos que avanzar un poco más para volver a donde estábamos antes. He aquí un cambio por el que hombres y mujeres conjuntamente pueden esforzarse: conseguir que la misión de cuidar a los demás sea tenida por válida en sí misma.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares