Anticonceptivos y antimosquitos

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Contrapunto

Los métodos de planificación familiar artificial no cuentan con una clientela expectante en los países en desarrollo. Prueba de ello es que para difundirlos hay que recurrir a una serie de métodos de información parecidos a las campañas publicitarias que se usan para vender detergentes o cigarrillos.

Una memoria de fin de estudios de la Universidad de Lovaina ha analizado una serie de 46 carteles de este tipo distribuidos en 27 países de África. Sus conclusiones destacan que el cartel constituye un medio por excelencia de publicidad de la planificación familiar, sobre todo teniendo en cuenta que buena parte de los destinatarios no sabe leer. La imagen -si es agradable- genera un proceso de identificación que el texto -siempre muy corto- se encarga de reforzar.

La gran mayoría de los carteles contienen dibujos. Dibujos en los que se presentan familias bien vestidas, con uno, dos o tres hijos como máximo, con libros bajo el brazo, sonrientes, satisfechos, en contraste con otras familias tristes, harapientas, con numerosos niños famélicos colgando de los brazos, la cintura o la falda de una madre también famélica. El mensaje es claro y fácil de pasar: los primeros son los que han planificado su familia, los segundos, no.

Pero, ¿por qué dibujos y no fotos? ¿No será porque esa situación no corresponde a ninguna realidad? Es difícil fotografiar niños desgraciados jugando juntos o acompañando a su madre; las fotos de los niños de los países pobres suelen mostrarlos sonrientes, excepto si se trata de situaciones de hambre o guerra, pero nunca por el hecho de formar parte de una familia numerosa.

Los carteles dibujan “familias ideales”, pero desde el punto de vista europeo: el padre, la madre y los pocos hijos. En realidad, en África la familia está formada por muchos otros miembros: abuelos, tíos, primos, que a menudo viven juntos. ¿No se trata aquí de imponer lo occidental como lo bueno? ¿No llevará esto a provocar un cambio desde la familia extensa, donde prima la solidaridad entre los miembros, hacia las familias de los países industrializados, donde con frecuencia reina el individualismo?

Los mensajes son siempre cortos y de varios tipos. Imperativos, como “¡Planifica tu familia!”, “¡Mejora la salud de tu familia!”; interrogativos -“Mujer, ¿qué prefieres: graduarte o tener un hijo?”-, o bien tienen un carácter más íntimo, para inspirar confianza: “No debes tener miedo a los métodos que nosotros te ofrecemos”, comenta una agradable enfermera de color.

Firman los carteles autoridades médicas o gubernamentales, avalando su autoridad con sellos y logotipos bonitos de carácter oficial. Este tipo de estrategia del cartel no extraña nada si se compara con la estrategia general de la planificación: fotografías de aglomeraciones urbanas agobiantes, a la luz mortecina del atardecer, con una deformación focal que parece agravar la situación e invocar inmediatamente una reacción emotiva: ¡qué horror!

Tampoco extraña nada si se sabe que prácticamente todas estas campañas están organizadas por un par de instituciones que acaparan las copiosas subvenciones de los organismos internacionales, muy preocupados por el asunto. Los medios de pagar este tipo de técnicas no faltan.

En cambio, tantas veces faltan en África los medios más elementales para proteger la salud de las familias. Como recuerda un reciente comunicado de la Organización Mundial de la Salud, el paludismo es el principal problema sanitario de África. La enfermedad se debe a un parásito transmitido por los mosquitos, que pican durante las horas frescas de la noche.

El medio para prevenirlo es sencillo: poner en las camas y en las puertas y ventanas mosquiteros impregnados con un insecticida. Dos de las más importantes experiencias realizadas con mosquiteros han mostrado una reducción espectacular del número de muertes de niños menores de cinco años: descenso de un tercio en Kenia y de un sexto en Ghana. La OMS estima que “se podría salvar cada año a unos 500.000 niños africanos amenazados por el paludismo” si los mosquiteros fueran ampliamente utilizados. Y esto supondría un alivio notable para los limitados recursos sanitarios.

De hecho, los africanos gastan bastante dinero para protegerse de los mosquitos. Según los datos de la OMS, de una renta anual situada entre 300 y 400 dólares en ciertas regiones, se estima que la gente dedica hasta 65 dólares -es decir, la quinta parte- a la compra de material de protección contra los mosquitos.

Pero este gasto no está al alcance de todos los bolsillos. Y la ayuda internacional, tan pronta siempre a la hora de financiar anticonceptivos, podría cumplir ahí un buen servicio a la salud africana. Pues todos los cálculos que se hagan para planificar la familia pueden resultar fallidos si después no hay medios para garantizar la supervivencia de los niños. Seguro que de esta manera habría más familias africanas felices de verdad y no sólo en los carteles.

Ana Gonzalo Castellanos

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