El nombre es lo vergonzoso

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Duración lectura: 3m. 29s.

En un artículo publicado en la revista Actualidad Económica (agosto 2011), Theodore Dalrymple analiza la tendencia de los medios que se consideran progresistas a modificar el lenguaje para cambiar las implicaciones morales de la conducta.

“El nombre es lo vergonzoso. Si se modifica, se cambia el acto, o al menos las implicaciones morales del acto”

Dalrymple toma como punto de referencia un artículo en The Guardian sobre tres prostitutas, drogadictas, asesinadas por un mismo sujeto. Dalrymple afirma que “las valoraciones morales son inseparables del pensamiento sobre la existencia humana, incluso si las bases metafísicas de esas valoraciones son discutibles”. Por tanto, no le sorprende que el artículo que comenta rezume bastante moralidad, aunque, aparentemente, no emita juicios de valor.

“Por ejemplo, en el artículo no se menciona la palabra prostituta; en su lugar, se usan los términos ‘trabajadora del sexo’ y ‘de la calle’. El motivo está claro: la palabra prostituta tiene connotaciones morales negativas: implica un “trabajo sexual”. El corolario parece ser que tanto el trabajo como el trabajador son totalmente respetables; el trabajo quizá se sitúa en una categoría social intermedia, entre el de una persona que coloca productos en el estante de un supermercado y el de un neurocirujano. Pero si el trabajo sexual es como cualquier otro, ¿sus clientes no deberían tener los mismos derechos de los que disfrutan los demás consumidores (como recuperar su dinero si no quedan satisfechos)? ¡Ay, no, ellos no! En el artículo se les describe como punters, un término británico para los clientes de bares, agencias de apuestas o burdeles y que tiene connotaciones de vulgaridad. Pero ¿puede un servicio ser respetable si sus clientes son unos sinvergüenzas por el hecho de contratarlo?”.

Para el autor del artículo en The Guardian, el que las mujeres vendieran servicios sexuales para pagarse la heroína no merece ninguna valoración moral, lo importante es que no fueran llamadas prostitutas. “El nombre es lo vergonzoso”, comenta Dalrymple. “Si se modifica, se cambia el acto, o al menos las implicaciones morales del acto”.

Contorsiones mentales

“¿Qué hay detrás de estas contorsiones mentales? Una forma de sentimentalismo, una máscara que oculta una indiferencia más profunda, según la cual las personas que sufren o que no son felices con sus vidas deben transformarse en víctimas inocentes para que podamos compadecernos de ellas. La implicación es que si ellas mismas han contribuido a su situación, no son dignas de compasión”.

“Todo esto demuestra –dice Dalrymple – que los progresistas seculares comprenden menos los problemas sociales que los progresistas religiosos”. “La opinión de los progresistas religiosos es que los hombres son pecadores, incluidos los que dictan sus doctrinas, pero esto no implica que no debamos compadecernos de ellos; porque, si no lo hacemos, nunca podremos tener compasión de nadie. (…) Por supuesto, hay personas cuyas acciones son tan repulsivas que es imposible compadecerse de ellas. Pero la opinión de los progresistas religiosos es que no es necesario negar el pecado en sí mismo, y consiguientemente no es necesario que retorcerse la mente para negar lo que es obvio. Por tanto, pueden permitirse mirar a la cara a la realidad social y no tener que recurrir a tácticas mentales como las de Houdini para preservar su imagen de personas generosas”.

Dalrymple confiesa que, cuando trabajaba como médico, tuvo prostitutas como pacientes, que se referían a sí mismas como prostitutas. “Siempre pensé que llevaban una vida sórdida y triste, incluso las de más alta categoría. Pero eran mucho más honestas intelectualmente que los autores de los artículos citados”. Reconocían que “se habían echado a la calle a causa de sus propios errores y para ganar dinero. A veces consumían drogas, pero únicamente porque les procuraba una satisfacción inmediata”.

“A los progresistas seculares les gustaría, sin embargo, convencerles de lo contrario: de que la causa de su prostitución es que necesitaban las drogas. Únicamente así podría justificarse el deseo de los progresistas seculares de desempeñar un papel providencial en el mundo”.