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Arte y cultura para cambiar la sociedad y transformarse uno mismo

Fuente: The New York Times
publicado
DURACIÓN LECTURA: 2min.
Arte y cultura para cambiar la sociedad y transformarse uno mismo
Representación del Ballet “Don Quijote” en el Teatro Teresa Carreño (Venezuela) (CC Wilfredor)

En un reciente artículo, el comentarista del New York Times David Brooks lamenta que en EE.UU. cada vez sean menos los que acuden a museos y eventos artísticos, y que descienda el número de estudiantes en humanidades.

Esa situación resulta empobrecedora, según Brooks, porque acercarse a la cultura “nos proporciona conocimiento y sabiduría emocional; contribuye a que tengamos una visión más rica y significativa de nuestras experiencias y ayuda a comprender, al menos un poco, las cosas más profundas que suceden a las personas que nos rodean”. De ahí que reivindique “el código humanista” como una suerte de terapia.

Del valor catalizador de las humanidades habló ya Aristóteles refiriéndose a la función catárquica de la tragedia. De modo análogo, explica Brooks que “las experiencias con grandes obras de arte nos ayudan a ahondar en fenómenos o aspectos que no son fáciles de describir. Haber visitado la Catedral de Chartres o leer Los hermanos Karamázov no nos proporciona información, sino que nos eleva, ensancha y a transforma”.

En efecto, el arte o la lectura pueden ser la clave para, en primer lugar, mejorar nuestros estados de ánimo y cultivar relaciones sociales sanas. Y, en segundo término, sirve para moderar tanto la excesiva politización como la falta de valores éticos y espirituales. Cultivándonos, abrimos la mente y “adquirimos formas más amplias de ver el mundo”. La cultura, pues, nos vacuna frente a los procesos de tribalización y previene el enfrentamiento social.

El columnista cuenta que se ha convencido del valor de la cultura no a partir de sesudas abstracciones, sino gracias a su propia experiencia personal. Recuerda en su artículo aquellos años en la universidad en los que se interrogaba por el sentido de la existencia, mejoraba sus gustos o enderezaba su conducta gracias a novelas, películas o canciones.

Pero ¿por qué es tan central el arte? A juicio de Brooks, si las vivencias culturales son tan determinantes, es porque “la creación artística es el acto humano elemental. Cuando pintan cuadro, componen un poema o escriben un relato, los artistas elaboran una representación compleja y coherente del mundo. Y es eso, a fin de cuentas, lo que hacemos todos cada minuto mirando a nuestro alrededor. Todos somos, de alguna manera, artistas”.

Al mismo tiempo, la buena cultura nos hace mejores. Eso no significa que el periodista norteamericano se muestre partidario de combinar el arte con moralina. Todo lo contrario: lo que explica es, precisamente, que la mejor obra de arte es aquella que contribuye a sensibilizarnos éticamente, aunque no se lo proponga.

Ahora bien, para que el arte puede desarrollar todo su potencial sanador, la forma en que nos enfrentemos a él resulta crucial. En lugar de adoptar el punto de vista consumista –preguntarnos si nos gusta o no una determinada obra, como si estuviéramos de shopping–, hemos de aproximarnos a “con reverencia y humildad”, interrogándonos por las lecciones que encierra o por lo que pretendía el autor expresar con ella.

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