La policía del lenguaje censura los libros de texto escolares

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Mientras los intentos de evitar que la pornografía esté al alcance de menores despiertan protestas en nombre de la libertad de expresión, en los libros de texto se impone de modo solapado una censura políticamente correcta. Un artículo de la agencia Zenit (26 julio 2003) cuenta los hallazgos de un libro que ha analizado este asunto en EE.UU.

El pasado mes de junio el Tribunal Supremo de Estados Unidos respaldó una ley federal que imponía el uso de filtros en las bibliotecas para evitar la pornografía en Internet. Los filtros pueden ser levantados por los adultos, pero permanecerán para los niños, para evitarles el material indecente. La obligación de utilizar filtros afecta a las bibliotecas que reciben fondos federales.

Algunas importantes bibliotecas estadounidenses pueden decidir que renuncian a esta financiación si tienen que utilizar los filtros, observaba el New York Times. “Algunos órganos directivos de bibliotecas han decidido ya que no van a ofrecer a quienes visiten sus bibliotecas información de segunda”, afirmaba Emily Sheketoff, directora ejecutiva de la oficina de Washington de la American Library Association (ALA).

Con todo, existe una enorme contradicción sobre el acceso de los niños a la información. Mientras ALA y otras organizaciones luchan por mantener el “derecho” de los niños a ser expuestos a material pornográfico, los libros de texto escolares se están censurando tranquilamente de manera rigurosa -y no sólo de material desagradable. El reciente libro de Diane Ravitch, The Language Police: How Pressure Groups Restrict What Children Learn (“La policía del lenguaje: cómo los grupos de presión restringen lo que los niños aprenden”) documenta cómo los editores están borrando categorías enteras de información que pueden considerarse incluso remotamente ofensivas o polémicas.

Ravitch es una historiadora y profesora de educación en la Universidad de Nueva York, además de autora de siete libros sobre educación. Su interés en este tema se despertó cuando fue nombrada miembro de la mesa directiva del National Assessment of Educational Progress, un organismo federal que mide los resultados de los estudiantes. La mesa directiva seleccionó algunos materiales de examen para que se usaran en el cuarto grado, pero algunos de ellos fueron rechazados en una revisión sobre “prejuicios y sensibilidad”.

Prejuicios y sensibilidad

Ravitch descubrió que es una práctica normal someter todos los libros de texto y los pasajes de literatura que se usan en los exámenes escolares a una revisión sobre prejuicios y sensibilidad. Los contenidos de las revisiones nunca se muestran al público, y los textos censurados se presentan simplemente en su versión expurgada.

Una de las historias censuradas tenía que ver con cacahuetes. El panel contra los prejuicios lo rechazó porque algunas personas pueden tener una reacción alérgica a los cacahuetes. Otro pasaje rechazado describía cómo las mujeres de la frontera del Oeste, en el siglo XIX, enseñaban a sus hijas a coser. Los revisores le pusieron objeciones porque retrataba a las mujeres como “suaves” y “sumisas”.

Los revisores también se oponen al material histórico que pueda ofender a alguien. Se suprimió una biografía corta de Gutzon Borglum, que diseñó el monumento del Monte Rushmore con las gigantescas cabezas de cuatro presidentes americanos. La razón fue que los nativos americanos de aquella zona creen que las montañas son sagradas, y que algunos se podrían ofender por el monumento.

Ravitch culpa a los grupos de presión de todo el espectro político por maniobrar para hacer que se excluyan ciertos asuntos. El resultado es que las definiciones de prejuicios y sensibilidad son tan amplias que garantizan la exclusión de los exámenes de muchas obras valiosas de literatura.

Ante todo, no ofender a nadie

Ravitch investigó si se aplicaban restricciones similares a los libros de texto. Y sí se hacía, desde el jardín de infancia hasta 12º grado. Ravitch obtuvo copias de las directrices utilizadas por los principales editores de libros de texto de Estados Unidos, y resultaron ser similares a las normas impuestas en los materiales de examen.

Sobre el tema de la religión, las directrices imponen que los escritores de libros de texto sean asépticos. Todas las referencias a la religión en la historia y en la sociedad contemporánea deben ser positivas, sin que ninguna práctica o creencia sea considerada extraña o primitiva. Y el término “mito” sólo se puede aplicar a los relatos griegos y romanos.

Las directrices de McGraw-Hill, preparadas por un equipo de 28 personas con la ayuda de 63 consultores, contienen largas listas de palabras, frases e imágenes prohibidas. Se excluye cualquier oficio que incluya el sufijo inglés “man”, al igual que términos como: señora, “tomboy” (chica poco femenina), “manpower” (mano de obra), “forefathers” (antepasados), “brotherhood” (fraternidad), “man-made” (artificial), etc. También se prohíben frases como “el ascenso del hombre”, “los grandes hombres de la historia” y los “logros del hombre”. Todos los pronombres personales individuales -él, ella- deben desaparecer.

En una declaración del editor Houghton Mifflin se incluyen más detalles sobre cómo seleccionar textos para una antología. Los contenidos de sus libros de texto de literatura se basan en las estadísticas más recientes de la Oficina del Censo. Por lo tanto, un libro de lecturas con 22 textos debería incluir 3 fragmentos de escritores afroamericanos, 3 de latinos, 3 de asiáticoamericanos, 1 de un nativo norteamericano y 1 de un escritor con una discapacidad física.

Ravitch reconoce que debe haber límites en lo que se muestra a los escolares. Se excluyen con razón las imágenes de violencia y material pornográfico. Pero observa: “Los revisores de prejuicios y sensibilidad se basan en presunciones que tienen el inevitable efecto de censurar todo lo que podría ser intelectualmente estimulante y dar viveza a los textos que leen lo niños”. La censura también evita la transmisión de la herencia cultural cuya literatura no se escribió conforme a los códigos actuales.

La práctica sistemática de censurar los libros de texto significa que la función original de enseñar a los estudiantes se subordina al deseo de no ofender a nadie. Cuando la defensa de la pornografía les deje algo de tiempo a los defensores de la libre expresión, no estaría mal que echaran un ojo a los libros de texto de las escuelas.

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