El nuevo sexo débil

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El sexo débil, según The Economist, es ahora el masculino en la población de inferior nivel educativo y laboral. La tecnología se ha llevado sus empleos, el feminismo su puesto tradicional en el hogar. Es necesario ayudarles desde la escuela a recuperar su retraso.

Aunque en los puestos superiores de la escala profesional sigue habiendo mayoría masculina, los hombres han perdido terreno en los inferiores. La pérdida de empleos para trabajadores manuales ha afectado más a ellos. En Estados Unidos, por ejemplo, los hombres de 25 a 54 años –la “flor de la edad” laboral– que no pasaron de la enseñanza secundaria tienen una tasa de paro del 25%; los que no la acabaron, del 35%. La evolución de los salarios en uno y otro grupo es elocuente: para los primeros, bajaron un 21% en términos reales de 1979 a 2013, y para los segundos, un 34%.

Las cifras para las mujeres son claramente mejores: las graduadas en secundaria experimentaron una subida del 3%, y las otras, un descenso del 12%. Paralelamente, se han invertido las posiciones en la población sin más título que el de secundaria. Antes, estaban en esa situación un tercio de las mujeres –un punto porcentual más que los hombres–; ahora, el 11,4% –un punto menos–. En la universidad hay mayoría femenina desde hace veinte o veinticinco años, según los países.

También en Gran Bretaña los sexos han seguido caminos opuestos. De 1971 a 2013, la tasa de actividad laboral de los hombres bajó del 92% al 76%, y la de las mujeres subió del 53% al 67%.

Esta decadencia masculina es a la vez familiar. En los países ricos, los hogares con padre y madre siguen siendo la norma en las clases media y alta. Pero en la clase obrera se ha producido un colapso del matrimonio: los nacimientos extramatrimoniales son el 6% entre las madres con título superior y el 50% en las otras. (Ver también en Aceprensa: El matrimonio, ¿artículo de lujo?, y El matrimonio, tan estimado, tan aplazado.)

Eso hace que los males tiendan a perpetuarse. “En Estados Unidos –menciona The Economist–, la tasa de pobreza de los hogares de madres solas es del 31%, casi el triple de la media nacional. Los niños que se crían en familias rotas van peor en la escuela, ganan menos cuando llegan a adultos y tienen más dificultad para formar familias estables. Los chicos salen peor parados que las chicas, quizá porque ellos casi siempre crecen sin un padre que les sirva de modelo. Así, los problemas de los hombres marginados pasan de una generación a la siguiente”. (Ver también en Aceprensa: Los hijos de familias monoparentales, más afectados por la pobreza y Los costes de la desestructuración familiar.)

También en la escuela faltan modelos masculinos, por la fuerte feminización de la enseñanza, y a menudo no se entiende a los chicos. Los colegios, dice The Economist, han de reconocer que los niños son distintos: “Les gusta corretear más que a las niñas, y es mejor organizarles abundantes deportes y juegos donde quemen sus energías que darles Ritalin o echarles de clase por no estarse quietos”. (Ver también en Aceprensa: Niños, al diván.)

Para que los chicos recuperen su retraso en la enseñanza, es necesario prestarles atención particular. Desde pequeños, hay que facilitarles libros sobre temas que les gustan a ellos o, como sugiere Christina Hoff Sommers, autora de La guerra contra los chicos, darles artilugios con los que puedan trastear y más tiempo de recreo. “También ayudaría que se reconocieran más abiertamente los prejuicios contra los chicos en el profesorado, y que hubiera más hombres en la enseñanza”.

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