Del Bronx al Tribunal Supremo, pasando por la escuela católica

Mujer e hispana salida del Bronx son las características que más se han destacado ante el nombramiento de Sonia Sotomayor como candidata a juez del Tribunal Supremo de EE.UU. Si es confirmada, como se espera, será la tercera mujer y la primera hispana en el Tribunal. Su caso ratifica que sigue vivo el sueño americano de llegar muy arriba saliendo de abajo.

Ella misma se ha referido a sus orígenes como “una niña del Bronx”, el popular barrio neoyorquino, donde vivía su familia en una vivienda social. Su padre, emigrante portorriqueño, obrero con pocos años de escuela, murió cuando ella tenía 9 años. Su madre tuvo que trabajar duro en dos empleos como enfermera para sacar a adelante a Sonia y a su hermano. En especial, no regateó esfuerzos para proporcionarles una buena educación, y si Sonia ha llegado al Supremo, su hermano es hoy médico.

El propio Obama, en su presentación de la juez, destacó que la madre de Sonia inculcó en sus hijos el valor de la educación. “Su madre compró el único juego de enciclopedias que había en el vecindario, y envió a sus hijos a la escuela católica Cardenal Spellman, convencida de que con una buena educación en América todo es posible”.

En esa escuela católica, con el apoyo de su familia y de sus profesores, Sonia Sotomayor sentó las bases que le permitirían ganar becas para sus estudios en Princeton y en Yale, y emprender así la carrera de jurista que le ha llevado al Tribunal Supremo.

Pero todo empezó en la high school Cardenal Spellman. Para Sonia Sotomayor, como para tantos otros niños salidos de barrios populares, la escuela católica ha sido el trampolín intelectual y social para llevar a la práctica el ideal de la igualdad de oportunidades educativas. De este modo, las escuelas católicas -mantenidas con el dinero de las diócesis y de los padres- han hecho una gran contribución al sueño americano de la igualdad y del ascenso social.

Numerosos informes han demostrado que niños provenientes de familias con escasos recursos han obtenido mejores resultados en las escuelas católicas que en las estatales. Y no es solo una cuestión académica. Como ha comentado ahora otro ex alumno de la Cardenal Spellman, esta escuela “ha proporcionado y proporciona una educación excelente”, pero las razones por las que es escogida no son puramente académicas. “La disciplina y las convicciones religiosas deben de haber influido, así como su accesibilidad”. Su experiencia es que “cuando eres pobre, pagas matrícula y puedes ser expulsado, te esfuerzas y pasas con buenas notas”. Y Sonia Sotomayor las tuvo.

A pesar de prestar este innegable servicio a la sociedad, la financiación de las escuelas católicas con fondos públicos siempre ha estado comprometida en virtud de la separación de la Iglesia y del Estado. Aunque ese dinero solo serviría para que las madres de las Sonias del Bronx no tuvieran que privarse de muchas cosas para enviar a sus hijos a una escuela católica, en la mayor parte de los estados se ha rechazado esa posibilidad aduciendo que tendría como efecto favorecer la religión.

En los últimos años, las escuelas católicas americanas están experimentando una transición difícil. El desplazamiento de muchos fieles católicos desde los centros urbanos a los barrios residenciales de la periferia, ha dejado sin alumnos a muchos colegios de las ciudades. Además, el número de sacerdotes y religiosas que atendían los colegios ha disminuido considerablemente. Esto ha obligado a contratar a profesores laicos que cuestan mucho más dinero, con el consiguiente encarecimiento de las matrículas.

En consecuencia, desde 1990 se han cerrado casi 1.300 escuelas, y 300.000 alumnos han tenido que recolocarse en otros colegios. Para hacer frente a la crisis y mantener su enseñanza accesible a todas las familias, hay colegios católicos que se están convirtiendo en escuelas autónomas (charter schools), financiadas por el Estado pero con un estatuto propio (cfr. Aceprensa, 11-04-2008).

Otra solución sería la generalización del cheque escolar, que fue respaldado por el Tribunal Supremo en una importante sentencia de 2002. Por 5 votos contra 4, los jueces declararon que dar dinero público a los padres para que lo gasten en colegios religiosos no es contrario a la separación entre Iglesia y Estado, siempre que se permita también emplear el cheque en centros no confesionales (cfr. Aceprensa, 3-07-2002).

El camino jurídico está abierto. Pero los sindicatos de profesores de la enseñanza pública, tradicionales aliados de los demócratas, siempre han combatido esta fórmula que les pondría en competencia con las escuelas no estatales. Está por ver si Obama se atreverá a llevar su “revolución” a este terreno dominado por el conservadurismo sindical. Pero seguro que se lo agradecerían muchos niños del Bronx, para los que la enseñanza católica ha sido más importante que la discriminación positiva.

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