Visiones discrepantes sobre el estallido de la II Guerra Mundial

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Duración lectura: 9m. 1s.

Al conmemorarse los 70 años del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el Kremlin ha emprendido una campaña destinada a presentar a la Unión Soviética como la liberadora de Europa. El 1 de septiembre de 1939 se produjo la invasión de Polonia por parte de las tropas nazis, poco después de que el gobierno de Hitler y el de Stalin sellaran un acuerdo de no agresión que incluía un protocolo secreto para el reparto de la Europa oriental en zonas de influencia. A propósito del aniversario, el presidente ruso Dmitri Medvedev ha afirmado que nadie puede dudar “quién empezó la guerra, quién mató y quién salvó millones de vidas; quién, en suma, salvó a Europa”.

Otra de las ofensivas del gobierno ruso en el marco del 70 aniversario del comienzo de la guerra ha sido un documental emitido por la televisión pública que se repitió hasta cuatro veces entre los días 20 y 23 de agosto, y en donde se presenta a Polonia como cómplice de los planes de Hitler para invadir la Unión Soviética.

Putin escribe sobre el pacto nazi-soviético

Como para serenar los ánimos un día antes de la conmemoración, Putin ha publicado un artículo en el diario polaco Gazeta Wyborcza en el que da una visión más matizada del pacto nazi-soviético. Putin dice que se ve obligado a tratar del pacto Molotov-Ribbentrop porque está siendo utilizado por algunos países en sus disputas actuales con Rusia y es presentado como si fuera el único detonante de la II Guerra Mundial.

Putin lo presenta como uno más de los pactos que equivocadamente intentaron frenar a Hitler, y no como un hecho especialmente condenable. Sería “análogo” al pacto de Munich de 1938, con el que Francia y Gran Bretaña accedieron a la ocupación de Checoslovaquia por Alemania.

Según Putin, el gobierno de Stalin vio necesario firmar el pacto con Hitler, porque los soviéticos estaban sufriendo la agresión japonesa por el Este y no querían una guerra en dos frentes. La ocupación de una zona de Polonia suponía la restauración de una parte del imperio ruso perdida tras la I Guerra Mundial y ambicionada por Stalin. El artículo concluye que, en una consideración retrospectiva, ningún pacto con los nazis podía estar moralmente justificado. Putin aprovecha el artículo para decir que “es sumamente irresponsable (…) tergiversar la historia, buscando en ella motivos para las reclamaciones y ofensas mutuas”, y ofrece “un futuro de cooperación entre Rusia y Polonia”.

Con estos antecedentes, los actos de conmemoración que han tenido lugar el 1 de septiembre en Gdansk -donde comenzó el ataque alemán-, y a los que han asistido 22 jefes de Estado y de gobierno, podían haber dado lugar a posturas conflictivas entre rusos y polacos. Pero en su discurso Putin adoptó un tono más conciliador. Volvió a repetir que “todos los intentos desde 1934 a 1939 de lograr la paz con los nazis, firmando tratados y pactos, fueron moralmente inaceptables e inútiles y dañinos desde el punto de vista práctico”. En su visita también alabó la valentía de los soldados y ciudadanos polacos en la lucha contra el nazismo, y animó a dejar los debates históricos a los historiadores y a desarrollar la cooperación entre Polonia y Rusia.

Por parte polaca, el presidente Lech Kaczynski fue tajante al hablar de la “puñalada por la espalda” que supuso la invasión del este de Polonia por el Ejército rojo. El tono apaciguador corrió a cargo del primer ministro polaco, Donald Tusk, quien declaró que la visita de Putin refleja un creciente espíritu de cooperación, a pesar de los desacuerdos sobre la memoria histórica.

Desde que se liberaron del régimen comunista, los polacos han reaccionado frente a los intentos de Rusia por manipular el pasado y relativizar los crímenes de Stalin. Entre ellos, la matanza de Katyn en la que cerca de 23.000 polacos, principalmente oficiales, fueron asesinados por órdenes de Stalin, aunque luego se intentó atribuir la matanza a los nazis.

La Comisión rusa para la “memoria histórica”

Varios líderes rusos han acusado a los países occidentales de rescribir la historia y de subestimar los sacrificios de la Unión Soviética, que perdió unos 27 millones de personas en la guerra. En mayo pasado, Medvedev creó una “Comisión para contrarrestar los intentos de falsificar la historia para perjudicar los intereses de Rusia”, integrada por 28 miembros entre los cuales sólo tres son propiamente historiadores (dos investigadores y un archivista). Las otras 25 personas son todos funcionarios y políticos.

David R. Stone, profesor de Historia en la Kansas State University y miembro de The Russian Front, un grupo de profesionales especializados en temas de historia militar y diplomática rusa (http://russian-front.com/frontoviki/), ha señalado que a pesar de las discusiones en la comisión, la facultad de decidir sobre la falsedad o certeza de una tesis histórica “queda casi literalmente en las manos de Medvedev”. Ello, según explica, porque “el sancta sanctorum de los archivos rusos es el Archivo Presidencial”, y en última instancia es él quien decide si los historiadores pueden o no tener acceso a la información que allí se guarda. De hecho, el director de la comisión, Sergei Naryshkin, que es el Jefe de Personal del Kremlin, dirige también la agencia encargada de desclasificar el material de los archivos rusos.

Por su parte el portavoz del Consejo de la Federación, Sergei Mironov, ha propuesto que se adopten medidas para perseguir criminalmente a cualquiera que “repudie los resultados de la Segunda Guerra Mundial”, llamada todavía en Rusia “Gran Guerra Patriótica”. Si esta iniciativa se transforma en ley, ha comentado en su columna de The Moscow Times el opositor y antiguo diputado a la Duma Vladimir Ryzhkov, “un ciudadano ruso o extranjero que dude del ‘genio’ de Stalin como comandante en jefe durante la Segunda Guerra Mundial, o que cuestione si realmente los habitantes de las naciones del Pacto de Varsovia ‘obtuvieron la libertad’, podría ser enviado a prisión por un período de tres a cinco años”.

Ryzhkov añade que “la mayor ironía de esta farsa es que los peores falsificadores de la historia han sido con mucho las autoridades soviéticas y rusas”, y que la comisión de Medvedev “crea una amenaza directa contra los historiadores y los ciudadanos particulares que intentan investigar con objetividad en la historia de la Guerra”.

Stalin rehabilitado

Para recuperar el orgullo nacional ruso, maltrecho tras la desaparición de la URSS y la pérdida de estatus de gran potencia, Putin no ha dudado en rehabilitar en buena parte la figura de Stalin. Aunque no se niega que cometió errores, se prefiere presentarlo como el líder liberador que derrotó a la Alemania nazi e hizo posible la transformación de Rusia, en de vez recordarlo como el cruel déspota responsable de la muerte de millones de víctimas.

La reciente reinauguración de la estación de metro de Kurskaya, una de las de mayor tránsito de usuarios en el centro de Moscú, ha generado polémica entre historiadores, activistas de los derechos humanos, políticos y líderes religiosos, pues tras un año de trabajos de restauración exhibe nuevamente en el arquitrabe del vestíbulo las palabras del himno soviético que se cantaba cuando la estación fue abierta en 1950: “Stalin nos educó en la fidelidad al pueblo, nos inspiró el trabajo y las hazañas”. El autor de estos versos, el poeta ruso Sergei Miljakov, -fallecido precisamente por estos días a los 96 años- había revisado la letra del himno tras la muerte de Stalin para eliminar las referencias al dictador georgiano, y éstas habían desaparecido igualmente, desde hacía cerca de medio siglo, de la estación a la que ahora se ha devuelto su aspecto original.

Aunque las autoridades afirman que la restauración obedece simplemente a motivos artísticos, quienes la critican tienen indicios para creer que forma parte del programa de rehabilitación del líder soviético que ha venido haciéndose visible desde la llegada al poder de Vladimir Putin en 2000. Ese mismo año, en mayo, el Banco Central ruso emitió 500 piezas de plata con la efigie de Stalin.

Alertas de los obispos alemanes y polacos

La memoria histórica sirve a menudo para crear tensiones en el presente. En Alemania, el gobierno decidió el pasado mes de abril la creación de un memorial dedicado a los alemanes de los países del Este que sufrieron expulsiones tras la guerra; una iniciativa que atizó el antigermanismo de ciertos sectores políticos polacos.

Para evitar estos enfrentamientos, los obispos católicos de Alemania y de Polonia han redactado una declaración conjunta, presentada simultáneamente en Bonn y en Czestochowa, a propósito de la conmemoración de los 70 años, en la que condenan los crímenes cometidos durante el conflicto y las expulsiones que vinieron después. La idea de este documento es reafirmar lo expresado por los obispos de ambas naciones en la célebre carta publicada en 1965, cuando el Telón de Acero dividía Europa, y que fue un signo de reconciliación.

La declaración de ahora, ha dicho la Conferencia Episcopal alemana, “se orienta menos a mirar el pasado que a volverse hacia el futuro. Y es este sentido, se dirige sobre todo a los políticos de los dos países”. Según el texto, “es necesario vigilar para que las nuevas generaciones tengan y conserven un correcto conocimiento de la Segunda Guerra Mundial”. “No solamente tenemos necesidad de hacer un balance honrado de las atrocidades del pasado, sino también de renunciar a los estereotipos que vuelven más problemática una buena comprensión de aquellas épocas y pueden minar la confianza creada, más allá de las dificultades, entre polacos y alemanes”, afirma la exhortación suscrita por los presidentes de ambas conferencias episcopales, monseñor Robert Zollitsch y monseñor Jozef Michalik.

La memoria no debe quedarse “prisionera del pasado”, sostienen los obispos que se han referido también a “ciertas tendencias en la sociedad y la política que revelan aún la tentación de una utilización propagandística de las heridas recibidas, con el fin de despertar resentimientos a partir de una interpretación falsificada de la historia”. La carta, igual que la de 1965, recuerda al mismo tiempo la prioridad de la responsabilidad histórica.