Que pare el “Spiceworld”, que me bajo

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Duración lectura: 2m. 59s.

Neil McCormick comenta el éxito de las Spice Girls en The Daily Telegraph (27-X-97).

Vivimos, por lo que parece, en un Spiceworld. No hay sector de mercado donde no haya dejado su marca el más grande fenómeno del pop británico. Según la revista Forbes, Scary, Baby, Ginger, Posh y Sporty han sido las responsables de un merchandising de más de 330 millones de libras en 1997. (…) Los comercios ofrecen una enorme variedad de productos Spice: muñecas Spice, la cámara Spice (una Polaroid de color rosa), relojes, jarras de cerveza, encendedores y la consabida cornucopia de agendas, libros, vídeos y ropa. (…)

Ah, y también hay discos, claro.

Pese a haber vendido 18 millones de su primer álbum (Spice), en cierto sentido, la música es el elemento menos importante del atractivo casi universal de las Spice Girls. (…) Son cinco personajes de cómic, lo bastante guapas para ser sexy pero suficientemente sencillas para caer bien, cada una con rasgos claramente definidos capaces de cautivar a un determinado sector del público, que ofrecen a las chicas modelos que imitar y a los chicos, figurines con que soñar. (…) Ellas repiten ad nauseam eslóganes como “Girl Power” y le sacan la lengua a cualquier aguafiestas que ose señalar la paradoja de abrazar la causa de la promoción de la mujer y a la vez vestir como un maniquí de lencería. (…)

Spiceworld, su segundo álbum, es la idea de un especialista en marketing sobre cómo debe sonar un disco de pop: repleto de una jerga que pretende pasar por letra y de melodías memorables tan sólo por haberlas oído innumerables veces. (…)

Suelen eludir lo personal en favor de lo polémico, haciendo canciones con un bombardeo de tópicos que defienden la idea, no muy novedosa, de que el hedonismo es la libertad. Así, el vigoroso primer single, Spice Up Your Life, insiste a la audiencia en que baile para olvidar sus problemas; Never Give Up propone la teoría de que “echar una cana al aire es un estado de ánimo” y “tienes que creer en el amor que te encuentras”; mientras que Do It subraya que “las leyes son para saltárselas” (…). Y así sucesivamente. A veces parece como si toda su filosofía de “las chicas al poder” estuviera montada sobre ripios.

Para que nadie tenga dudas sobre su mensaje, las chicas han incluido las letras en el disco. Así, somos obsequiados con joyas poéticas como esta: “Wey hey / Vamos, vamos, vamos / Vamos, hazlo (bis) / Hey / Hazlo, hazlo, hazlo”. (…)

Quizá estoy ridiculizándolas. Sus fans, estoy seguro, me acusarán de no haber captado la broma. Pero las Spice Girls son todo fachada, no les interesa tanto su música como su propia mitologización. Sus canciones sólo hablan de ellas mismas. El absurdo egocentrismo que está en el fondo de su existencia viene subrayado por la impresionante última canción, Lady is a Vamp, un swing carente de inspiración en la que van enumerando a sus heroínas (incluidas las chicas Bond, los Ángeles de Charlie, Twiggy, Jackie Onassis y Marilyn Monroe) para luego sepultarlas en el pasado, después de lo cual cada Spice Girl dice su propio nombre, y concluyen “Somos las Spice Girls, listas para marchar”. Momento en el cual, he de confesarlo, yo mismo me sentí listo para marchar.

Las Spice Girls tal vez sean un curioso fenómeno cultural; pero como fenómeno musical, son imperdonablemente triviales. Ofrecen un artificial revoltijo narcisista de conocidos ingredientes pop.